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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL CONGRESO PANAFRICANO DE LOS LAICOS CATÓLICOS

 

Al señor cardenal
Stanisław Ryłko
Presidente del Consejo pontificio para los laicos

Me alegra dirigir mi cordial saludo a usted, venerado hermano, a los cardenales, a los obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas y, de modo especial, a todos los fieles laicos reunidos en Yaundé del 4 al 9 de septiembre para el importante Congreso de los laicos católicos de África, organizado por el Consejo pontificio para los laicos con la colaboración de la Conferencia episcopal de Camerún, sobre el tema: «Testigos de Jesucristo en África hoy. Sal de la tierra..., luz del mundo (Mt 5, 13.14)». El tema recuerda expresamente la Exhortación apostólica postsinodal Africae munus, que tiene como subtítulo esa misma cita tomada del Evangelio de san Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo». Al entregar personalmente este importante documento a los obispos de África en Cotonú, el 20 de noviembre del año pasado, quise ofrecer algunas líneas teológicas y pastorales para el camino de la Iglesia en el continente.

Vuestro congreso se presenta como una etapa significativa para realizar lo que el Espíritu Santo inspiró a los padres sinodales durante la II Asamblea especial para África, celebrada en octubre de 2009 en Roma. En Cotonú manifesté el deseo de que la Exhortación Africae munus sirva de guía sobre todo en el anuncio del Evangelio a través del compromiso de todo el pueblo de Dios. Por esto me ha complacido la iniciativa del Consejo pontificio de convocar un congreso dedicado a los fieles laicos africanos, llamados de modo especial en nuestros tiempos a un trabajo cada vez más intenso en la viña del Señor (cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Christifideles laici, 2).

Durante mis viajes a ese continente afirmé en varias ocasiones que África está llamada a ser el «continente de la esperanza». No eran palabras circunstanciales, sino que indicaban el horizonte luminoso que se abre a la mirada de la fe. Ciertamente, a primera vista los problemas de África parecen graves y de difícil solución, y no sólo por las dificultades materiales, sino también por obstáculos espirituales y morales que afronta también la Iglesia. Además, es verdad que incluso los valores tradicionales más válidos de la cultura africana hoy se ven amenazados por la secularización, que provoca desorientación, laceraciones en el tejido personal y social, exasperación del tribalismo, violencia, corrupción en la vida pública, humillación y explotación de las mujeres y de los niños, y crecimiento de la miseria y del hambre. A esto se añade también la sombra del terrorismo fundamentalista, que recientemente ha dirigido sus ataques contra las comunidades cristianas de algunos países africanos. A pesar de ello, si miramos al corazón de los pueblos africanos con una mirada más profunda, descubrimos una gran riqueza de recursos espirituales, muy valiosos para nuestro tiempo: el amor a la vida y a la familia, el sentido de la alegría y de la comunión, el entusiasmo al vivir la fe en el Señor, que pude constatar en mis viajes a África, siguen aún grabados en mi corazón. Nunca dejéis que la sombría mentalidad relativista y nihilista que afecta a varias partes de nuestro mundo, abra una brecha en vuestra realidad. Acoged y difundid con fuerza renovada el mensaje de alegría y de esperanza que trae Cristo, mensaje capaz de purificar y reforzar los grandes valores de vuestras culturas. Por esto, en la encíclica Spe salvi quise presentar a la santa sudanesa Josefina Bakhita como testigo de esperanza (cf. n. 3), para mostrar cómo el encuentro con el Dios de Jesucristo es capaz de transformar profundamente a todo ser humano, incluso en las condiciones más pobres —Bakhita era una esclava—, para conferirle la dignidad suprema de hijo de Dios. Precisamente «a través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios» (ib.). Y el descubrimiento de la esperanza cristiana suscitó en ella un deseo nuevo e incontenible: «Sentía el deber de extender la liberación que había recibido mediante el encuentro con el Dios de Jesucristo; que la debían recibir otros, el mayor número posible de personas. No podía guardarse sólo para sí la esperanza que en ella había nacido y la había “redimido”; esta esperanza debía llegar a muchos, debía llegar a todos» (ib.). El encuentro con Cristo da el impulso para vencer incluso las dificultades aparentemente más insuperables. Es la experiencia de santa Bakhita, pero también es la experiencia que numerosos jóvenes africanos —gracias a Dios, la gran mayoría de la población— están llamados a vivir hoy en el fiel seguimiento del Señor. Convertir a África en «continente de la esperanza» es un compromiso que debe orientar hoy la misión de los fieles laicos africanos, así como el congreso mismo que estáis celebrando.

En esta perspectiva, vuestro congreso constituye un momento significativo en la preparación de dos eventos eclesiales de alcance universal ya inminentes: el Sínodo de los obispos sobre la nueva evangelización y el «Año de la fe». En Cotonú, al entregar la Exhortación Africae munus, recordé que «todos los que han recibido ese don maravilloso de la fe, el don del encuentro con el Señor resucitado, sienten también la necesidad de anunciarlo a los demás» (Homilía en la santa misa en el estadio de la Amistad, Cotonú, Benin, 20 de noviembre de 2011: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de noviembre de 2011, p. 7). De hecho, la misión brota de la fe, don de Dios que es preciso acoger, alimentar y profundizar porque «no podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta» (Motu proprio Porta fidei, 3). La prioridad de la fe naturalmente tiene un significado más lógico que cronológico. En efecto, la acogida de este don divino va unida al compromiso por el anuncio del Evangelio, en una especie de «círculo virtuoso», donde la fe impulsa el anuncio y el anuncio fortalece la fe: «La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y de gozo» (ib., n. 7). En verdad, «la fe se fortalece dándola», según las inolvidables palabras del beato Juan Pablo II (carta enc. Redemptoris missio, 2).

Quiero recordar, por último, algunas palabras del siervo de Dios Pablo VI, fiel intérprete del Concilio: «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 18). En esta obra de transformación de toda la sociedad, tan urgente para el África de hoy, los fieles laicos desempeñan un papel insustituible: «La Iglesia se hace presente y activa en la vida del mundo a través de sus miembros laicos. Ellos tienen un gran papel que desempeñar en la Iglesia y en la sociedad. [...] En efecto, los fieles laicos son “embajadores de Cristo” (2 Co 5, 20) en el ámbito público, en el corazón del mundo» (Exhort. ap. postsin. Africae munus, 128). Mujeres y hombres, jóvenes, ancianos y niños, enteras familias y sociedades, toda África hoy espera los «embajadores» de la Buena Nueva, fieles laicos procedentes de las parroquias, de las comunidades eclesiales vivas, de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades, enamorados de Cristo y de la Iglesia, llenos de alegría y gratitud por el Bautismo que han recibido, constructores valientes de paz y anunciadores de auténtica esperanza.

Encomendando el Congreso a la intercesión solícita y materna de la santísima Virgen María, que, como reza la oración de vuestro Congreso, es «Nuestra Señora de África, Reina de la paz y Estrella de la nueva evangelización», de buen grado imparto a todos los participantes mi bendición apostólica.

Vaticano, 20 de agosto de 2012

BENEDICTUS PP XVI

  



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