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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL CUERPO DE LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA


Sala Clementina
Jueves 7 de mayo de 2009

 

Ilustre comandante;
reverendo capellán;
queridos guardias suizos;
queridos familiares:

Me alegra acogeros en el palacio apostólico con ocasión del juramento de los reclutas de la Guardia Suiza. Doy la bienvenida en particular a los nuevos guardias, así como a sus padres, parientes y amigos. Saludo con afecto al nuevo comandante, coronel Anrig, y le agradezco vivamente su compromiso responsable al servicio del Sucesor de Pedro y de la Iglesia. Asimismo, doy las gracias al capellán de la Guardia Suiza, monseñor De Raemy, que con participación emotiva sigue la convivencia diaria de los guardias y el camino de fe de cada uno de ellos.

Queridos guardias, vuestro servicio, prestado día y noche en el palacio apostólico y en los puestos exteriores de la Ciudad del Vaticano, es muy visible y ciertamente también universal. Rápidamente aprenderéis las tres dimensiones que se forman en torno a vosotros como círculos concéntricos: tenéis la misión de proteger al Sucesor del apóstol san Pedro. Lo hacéis sobre todo en la casa del Papa. Lo hacéis en Roma, una ciudad a la que desde siempre se suele llamar "ciudad eterna". Aquí, junto a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, donde vive el Papa, se encuentra el corazón de la Iglesia católica; y donde están el corazón y el centro, también está todo el mundo.

Consideremos ante todo la casa del Papa, el palacio apostólico. Vosotros debéis velar sobre esta casa, no sólo sobre el edificio mismo, y sobre sus prestigiosos apartamentos, sino más aún sobre las personas con las que os cruzaréis y a las que haréis el bien con vuestra amabilidad y vuestra atención. Eso vale, en primer lugar, para el Papa mismo, para las personas que habitan con él y para sus colaboradores en el palacio, así como para sus huéspedes. Y vale también para la vida en común con vuestros compañeros, los que comparten vuestro servicio y tienen el mismo objetivo, es decir, servir al Sumo Pontífice "con fidelidad, con lealtad y de buena fe", y dar la vida por él, si fuese necesario.

Dirijamos ahora nuestra atención a Roma, la ciudad eterna, que se distingue por su rica historia y por su cultura. No sólo sentimos admiración por los testimonios de la antigüedad. En cierto sentido, en esta ciudad la fe misma y la oración de muchos siglos se han transformado en piedras y formas. Este lugar nos acoge y nos impulsa a tomar como modelos a los innumerables santos que han vivido aquí y, gracias a ellos, nosotros podemos avanzar en nuestra vida de fe.

Por último, en esta ciudad de Roma, en la que se encuentra el centro de la Iglesia universal, encontramos cristianos de todo el mundo. La Iglesia católica es internacional, pero en su multiplicidad sigue siendo una sola Iglesia, que se expresa en la misma confesión de fe y está unida también muy concretamente en su vínculo con san Pedro y con su Sucesor, el Papa. La Iglesia congrega a hombres y mujeres de culturas muy diversas; todos formamos una comunidad en la que vivimos y creemos juntos y, en las cosas esenciales de la vida, nos comprendemos recíprocamente. Esta es una experiencia muy importante, que aquí la Iglesia quiere comunicaros a vosotros, para que vosotros la hagáis vuestra y la transmitáis a los demás, es decir, la experiencia de que, en la fe en Jesucristo y en su amor a los hombres, incluso mundos tan diversos pueden llegar a ser una sola cosa, creando así puentes de paz y de solidaridad entre los pueblos.

Con la esperanza de que vuestra permanencia aquí en Roma sea espiritual y humanamente edificante, os aseguro mi oración y os encomiendo a la intercesión de la santísima Virgen María y de vuestros patronos, los santos Martín y Sebastián, así como al santo protector de vuestra patria, san Nicolás de Flüe. Os imparto de corazón mi bendición apostólica a vosotros, a vuestras familias, a vuestros amigos y a todos los que han venido a Roma con ocasión del juramento.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 



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