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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEÑOR NIKOLA IVANOV KADULOV,
NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE BULGARIA
ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 31 de octubre de 2009

 

Señor embajador:

Me alegra recibirlo en esta solemne circunstancia de la presentación de las cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Bulgaria ante la Santa Sede. Le agradezco, señor embajador, las amables palabras que me ha dirigido. Por mi parte, le agradecería que transmita al presidente de la República, Georgi Parvanov, mis más cordiales deseos para su persona, como también para la felicidad y el éxito del pueblo búlgaro.

Me congratulo, asimismo, por las buenas relaciones que mantienen Bulgaria y la Santa Sede, en la dinámica que creó el viaje de mi predecesor el Papa Juan Pablo II a su país en 2002. Merece la pena intensificar estas relaciones y me alegra saber que su deseo es trabajar con empeño para fortalecerlas y ampliar su campo.

Este otoño celebramos el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, que permitió a Bulgaria optar por la democracia y restablecer relaciones libres y autónomas con el conjunto del continente europeo. Sé que su país está realizando hoy grandes esfuerzos con vistas a una mayor integración en la Unión Europea, de la que forma parte desde el 1 de enero de 2007. Es importante que en este proceso de la construcción europea cada pueblo no sacrifique su propia identidad cultural, sino que, al contrario, encuentre los medios para hacer que dé buenos frutos, que enriquezcan a las instituciones comunitarias. Dada su situación geográfica y cultural, es especialmente positivo, como usted acaba de expresar, que su nación no sólo se preocupe de su propio destino, sino que manifieste también una gran atención por sus países vecinos y trabaje por favorecer sus lazos con la Unión Europea. Bulgaria, sin duda, también tiene un papel importante por desempeñar tanto en la construcción de relaciones serenas entre los países que la rodean, como en la defensa y promoción de los derechos humanos.

Como usted ha subrayado hace unos instantes, esta preocupación por el bien común de los pueblos no se puede limitar a las fronteras del continente; también es necesario estar atentos a crear las condiciones para una globalización exitosa. De hecho, para que esta se pueda vivir positivamente, es preciso que sirva "a todo el hombre y a todos los hombres". Este es el principio que quise destacar con fuerza en mi reciente encíclica Caritas in veritate. Es esencial que el desarrollo que se busca de forma legítima no ataña exclusivamente al ámbito económico, sino que también tenga en cuenta la integridad de la persona humana. El valor del hombre no consiste en lo que tiene, sino en el desarrollo de su ser de acuerdo con todas las potencialidades que encierra su naturaleza. Este principio tiene su razón última en el amor creador de Dios, que revela plenamente la Palabra divina. En este sentido, para que el desarrollo del hombre y de la sociedad sea auténtico, necesariamente debe conllevar una dimensión espiritual (cf. nn. 76-77). Asimismo, requiere que todos los responsables públicos sean moralmente exigentes consigo mismos, a fin de administrar de manera eficaz y desinteresada la parte de autoridad que se les ha encomendado. La cultura cristiana que impregna profundamente su pueblo no es únicamente un tesoro del pasado que hay que conservar, sino también la prenda de un futuro realmente prometedor pues protege al hombre de las tentaciones —que lo amenazan siempre— de hacerle olvidar su propia grandeza, así como la unidad del género humano y las exigencias de solidaridad que implica.

La comunidad católica de Bulgaria, animada por esta intención, desea contribuir al progreso de toda la población. Esta preocupación compartida por el bien común constituye uno de los elementos que deberían facilitar el diálogo entre las distintas y numerosas comunidades religiosas que componen el paisaje cultural de su antigua nación. Este diálogo, para que sea sincero y constructivo, requiere un conocimiento y una estima mutuos, que los poderes públicos pueden favorecer en gran medida mediante la consideración con la que tratan a las diferentes familias espirituales. Por su parte, la comunidad católica expresa el deseo de estar abierta generosamente a todos y de trabajar con todos; lo demuestra concretamente con sus obras sociales, cuyos beneficios no quiere reservar únicamente para sus miembros.

Deseo dirigir un cordial saludo, a través de su persona, señor embajador, a los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos y a todos los fieles que forman la comunidad católica de su país. Los invito a considerar las grandes riquezas que Dios, en su infinita misericordia, ha puesto en su corazón de creyentes y, por esa razón, a comprometerse con audacia, mediante una cooperación tan estrecha como sea posible con todos los ciudadanos de buena voluntad, y a testimoniar en todos los campos la dignidad que Dios ha inscrito en el ser del hombre.

En este día en el que usted, excelencia, inaugura oficialmente su misión ante la Santa Sede, le expreso mis mejores deseos para un feliz cumplimiento de su misión. Puede estar seguro, señor embajador, de que encontrará siempre entre mis colaboradores la atención y la comprensión cordiales que merece su alta función, al igual que el afecto del Sucesor de Pedro por su país. Invoco la intercesión de la Virgen María y de san Cirilo y san Metodio, y pido al Señor que derrame generosas bendiciones sobre usted, sobre su familia y sobre sus colaboradores, como también sobre el pueblo búlgaro y sobre sus autoridades.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.46 p.13.

 

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 



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