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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS DE NUEVA ZELANDA Y DEL PACÍFICO
EN VISTA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sábado 17 de diciembre de 2011

 

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:

Me alegra daros una cordial y fraterna bienvenida con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. Este encuentro es un signo tangible de nuestra comunión en la fe y la caridad, en la única Iglesia de Cristo. Deseo agradecer a monseñor Dew y a monseñor Mafi las amables palabras que me han dirigido en vuestro nombre. Saludo cordialmente a los sacerdotes, a las personas consagradas, así como a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral. Aseguradles mis oraciones por su crecimiento en la santidad y mi afecto hacia ellos en el Señor.

Con gratitud a Dios todopoderoso, constato en vuestras relaciones las numerosas bendiciones que el Señor ha concedido a vuestras circunscripciones eclesiásticas. También soy consciente de los desafíos de la vida cristiana que afrontáis en común, a pesar de los diversos contextos sociales, económicos y culturales en los que actuáis. Habéis mencionado en particular el desafío que constituye para vosotros la secularización, característica de vuestras sociedades. Esta realidad tiene un impacto importante sobre la comprensión y la práctica de la fe católica. Eso resulta especialmente visible en un enfoque inadecuado de la naturaleza sagrada del matrimonio cristiano y de la estabilidad de la familia. En ese contexto, la lucha por llevar una vida digna de nuestra vocación bautismal (cf. Ef 4, 1) y por abstenerse de las pasiones terrenas que combaten contra el alma (cf. 1 P 2, 11), resulta cada vez más ardua. Además, y en último análisis, sabemos que la fe cristiana da a la vida una base más segura que la visión secularizada. «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

Por eso, recientemente se creó el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización. Dado que la fe cristiana está fundada en el Verbo encarnado, Jesucristo, la nueva evangelización no es un concepto abstracto, sino una renovación de la auténtica vida cristiana basada en las enseñanzas de la Iglesia. Vosotros, como obispos y pastores, estáis llamados a ser protagonistas al formular esta respuesta según las necesidades y las circunstancias locales en vuestros distintos países y entre vuestros pueblos. Reforzando los vínculos visibles de comunión eclesial, cread entre vosotros un sentido aún más fuerte de fe y de caridad, de forma que aquellos a quienes servís imiten, a su vez, vuestra caridad y sean embajadores de Cristo tanto en la Iglesia como en la sociedad civil.

Debéis afrontar este desafío histórico bajo la guía del Espíritu Santo, que está presente y que, además, llama, consagra y envía sacerdotes como «cooperadores del orden de los obispos, con los cuales están unidos en el oficio sacerdotal y juntamente con los cuales están llamados al servicio del pueblo de Dios» (Rito de ordenación sacerdotal). Queridos hermanos en el episcopado, os animo a tener una solicitud especial por vuestros sacerdotes. Como sabéis, uno de vuestros primeros deberes pastorales es con respecto a vuestros sacerdotes y su santificación, de modo especial con respecto a quienes están afrontando dificultades y a quienes tienen poco contacto con sus hermanos en el sacerdocio. Sed padres que los guíen a lo largo del camino hacia la santidad, de modo que su vida atraiga a otros al seguimiento de Cristo. Sabemos que sacerdotes buenos, sabios y santos son los mejores promotores de vocaciones al sacerdocio. Con la confianza que deriva de la fe, podemos afirmar que el Señor sigue llamando a hombres al sacerdocio, y vosotros sois conscientes de que animarlos a pensar en dedicar su vida plenamente a Cristo es una de vuestras prioridades. En nuestro tiempo, los jóvenes necesitan mayor asistencia y discernimiento espiritual, para que puedan conocer la voluntad del Señor. En un mundo golpeado por una «profunda crisis de fe» (Porta fidei, 2), asegurad también que vuestros seminaristas reciban una formación completa que los prepare para servir al Señor y amar a su rebaño según el corazón del Buen Pastor.

En este contexto, deseo reconocer la significativa contribución que dan a la difusión del Evangelio los religiosos y las religiosas presentes en toda vuestra región, incluidos quienes trabajan en los campos de la educación, la catequesis y la pastoral. Que, juntamente con quienes llevan una vida contemplativa, permanezcan fieles a los carismas de sus fundadores, que siempre están unidos a la vida y a la disciplina de toda la Iglesia, y que su testimonio de Dios siga siendo un faro que señala hacia una vida de fe, amor y rectitud.

Del mismo modo, el papel de los fieles laicos con vistas al bienestar de la Iglesia es esencial porque el Señor no espera que los pastores «por sí solos se hagan cargo de toda la misión de la Iglesia para salvar al mundo» (Lumen gentium, 30). Comprendo, a través de vuestras relaciones, que vuestra tarea de difundir el Evangelio depende a menudo de la ayuda de los misioneros y catequistas laicos. Seguid garantizándoles una formación sólida y permanente, de modo especial en el contexto de sus asociaciones. Al hacerlo así, los prepararéis para toda obra buena en la edificación del Cuerpo de Cristo (cf. 2 Tm 3, 17; Ef 4, 12). Su celo por la fe, gracias a vuestra guía y a vuestro apoyo constantes, dará ciertamente frutos abundantes en la viña del Señor.

Mis queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, al tener esta oportunidad de hablar con vosotros de la nueva evangelización, lo hago recordando la reciente proclamación del Año de la fe, que pretende precisamente «dar renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto en el que a menudo se encuentran» (Homilía, 16 de octubre de 2011: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de octubre de 2011, p. 7). Que este tiempo privilegiado sirva de inspiración para uniros a toda la Iglesia en los constantes esfuerzos de la nueva evangelización, porque, aunque estéis diseminados por muchas islas y nos separen grandes distancias, juntos profesamos «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4, 5-6). Seguid unidos entre vosotros y con el Sucesor de Pedro. Encomendándoos a la intercesión de Nuestra Señora, Estrella del mar, y asegurándoos mi afecto y mis oraciones por vosotros y por todos los que han sido confiados a vuestra solicitud pastoral, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

 

  



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