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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS FIELES DE LA DIÓCESIS ITALIANA
DE ALTAMURA-GRAVINA-ACQUAVIVA DELLE FONTI


Sala Pablo VI
sábado 2 de julio

 

Excelencia,
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra realmente acogeros a vosotros en tan gran número y tan llenos del entusiasmo de la fe. ¡Gracias a vosotros! Agradezco al obispo, monseñor Mario Paciello, las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo a las autoridades civiles, a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, a los seminaristas y a cada uno de vosotros, extendiendo mi pensamiento y afecto a vuestra comunidad diocesana, en particular a los que viven situaciones de sufrimiento y dificultad. Estoy agradecido al Señor porque vuestra visita me ofrece la posibilidad de compartir un momento del camino sinodal de la Iglesia que está en Altamura-Gravina-Acquaviva delle Fonti. El Sínodo es un acontecimiento que hace vivir concretamente la experiencia de ser «pueblo de Dios» en camino, de ser Iglesia, comunidad peregrina en la historia hacia su cumplimiento escatológico en Dios. Esto significa reconocer que la Iglesia no posee en sí misma el principio vital, sino que depende de Cristo, de quien es signo e instrumento eficaz. En la relación con el Señor Jesús encuentra su identidad más profunda: ser don de Dios para la humanidad, prolongando la presencia y la obra de salvación del Hijo de Dios por medio del Espíritu Santo. En este horizonte comprendemos que la Iglesia es esencialmente un misterio de amor al servicio de la humanidad con vistas a su santificación. El concilio Vaticano II afirmó sobre este punto: «Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa» (Lumen gentium, 9). Vemos aquí que realmente la Palabra de Dios ha creado un pueblo, una comunidad, ha creado una alegría común, una peregrinación común hacia el Señor. El ser Iglesia, por tanto, no viene sólo de una fuerza organizativa nuestra, humana, sino que encuentra su manantial y su verdadero significado en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: este amor eterno es la fuente de la que procede la Iglesia, y la Trinidad santísima es el modelo de unidad en la diversidad y genera y plasma la Iglesia como misterio de comunión.

Es necesario partir siempre y de un modo nuevo de esta verdad para comprender y vivir más intensamente el ser Iglesia, «Pueblo de Dios», «Cuerpo de Cristo», «Comunión». De otra manera se corre el riesgo de reducirlo todo a una dimensión horizontal, que desvirtúe la identidad de la Iglesia y el anuncio de la fe y haga más pobre nuestra vida y la vida de la Iglesia. Es importante destacar que la Iglesia no es una organización social, filantrópica, como muchas otras: es la comunidad de Dios, es la comunidad que cree, que ama, que adora al Señor Jesús y abre las «velas» al soplo del Espíritu Santo, y por esto es una comunidad capaz de evangelizar y de humanizar. La relación profunda con Cristo, vivida y alimentada por la Palabra y por la Eucaristía, hace eficaz el anuncio, motiva el compromiso por la catequesis y anima el testimonio de la caridad. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan encontrarse con Dios, encontrarse con Cristo o redescubrir la belleza del Dios cercano, del Dios que en Jesucristo ha mostrado su rostro de Padre y que llama a reconocer el sentido y el valor de la existencia. Hacer entender que es un bien vivir como hombre. El momento histórico actual, como sabemos, está marcado por luces y sombras. Asistimos a comportamientos complejos: encerramiento en sí mismo, narcisismo, deseo de poseer y de consumir, sentimientos y afectos desligados de la responsabilidad. Muchas son las causas de esta desorientación, que se manifiesta en un profundo malestar existencial, pero en el fondo de todo se puede entrever la negación de la dimensión trascendente del hombre y de la relación fundamental con Dios. Por esto es decisivo que las comunidades cristianas promuevan itinerarios de fe válidos y comprometidos.

Queridos amigos, hay que prestar particular atención al modo de considerar la educación a la vida cristiana para que toda persona pueda realizar un auténtico camino de fe, a través de las diversas edades de la vida; un camino en el cual —como la Virgen María— la persona acoge profundamente la Palabra de Dios y la pone en práctica, convirtiéndose en testigo del Evangelio. El concilio Vaticano II en la declaración Gravissimum educationis, afirma: «La educación cristiana busca que los bautizados, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación, sean cada vez más conscientes del don recibido de la fe (...) y se dispongan a vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad» (n. 2). En este compromiso educativo la familia es la primera responsable. Queridos padres, ¡sois los primeros testigos de la fe! No tengáis miedo de las dificultades en las que estáis llamados a realizar vuestra misión. ¡No estáis solos! La comunidad cristiana está cerca de vosotros y os sostiene. La catequesis acompaña a vuestros hijos en su crecimiento humano y espiritual, pero se ha de considerar como una formación permanente, no limitada a la preparación para recibir los sacramentos; en toda nuestra vida debemos crecer en el conocimiento de Dios y en el conocimiento de lo que significa ser hombre. Sabed sacar siempre fuerza y luz de la liturgia: la participación en la celebración eucarística en el día del Señor es decisiva para la familia, para toda la comunidad; es la estructura de nuestro tiempo. Recordemos siempre que en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, el Señor Jesús actúa para la transformación de los hombres haciéndonos semejantes a sí. Gracias al encuentro con Cristo, a la comunión con él, la comunidad cristiana puede testimoniar la comunión, abriéndose al servicio, acogiendo a los pobres y a los últimos, reconociendo el rostro de Dios en los enfermos y en todos los necesitados. Os invito, por tanto, partiendo del contacto con el Señor en la oración cotidiana y sobre todo en la Eucaristía, a valorar de modo adecuado las propuestas educativas y los caminos de voluntariado existentes en la diócesis, para formar personas solidarias, abiertas y atentas a las situaciones de malestar espiritual y material. En definitiva, la acción pastoral debe orientarse a formar personas maduras en la fe, para vivir en contextos en los que a menudo se ignora a Dios; personas coherentes con la fe, para que se lleve a todos los ambientes la luz de Cristo; personas que vivan con alegría la fe, para transmitir la belleza del ser cristianos.

Por último, deseo dirigir un pensamiento especial a vosotros, queridos sacerdotes. Agradeced siempre el don recibido, para que podáis servir, con amor y entrega, al pueblo de Dios encomendado a vuestros cuidados. Anunciad el Evangelio con valentía y fidelidad, sed testigos de la misericordia de Dios y, guiados por el Espíritu Santo, sabed indicar la verdad, sin temer el diálogo con la cultura y con los que buscan a Dios.

Queridos hermanos y hermanas, encomendamos el camino de vuestra comunidad diocesana a María santísima, Madre del Señor y Madre de la Iglesia, Madre nuestra. En ella contemplamos lo que la Iglesia está llamada a ser. Con su «sí» dio al mundo a Jesús y ahora participa plenamente de la gloria de Dios. También nosotros estamos llamados a dar al Señor Jesús a la humanidad, sin olvidar ser siempre sus discípulos. Os agradezco de nuevo vuestra bella visita y de todo corazón os agradezco vuestra fe y os acompaño con la oración, impartiéndoos a todos vosotros y a toda la diócesis la bendición apostólica.

 



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