Index   Back Top Print

[ DE  - EN  - ES  - FR  - IT  - PT ]

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS MIEMBROS DE LA ACADEMIA ECLESIÁSTICA PONTIFICIA


Sala del Consistorio
Viernes 10 de junio de 2011

 

Venerado hermano en el episcopado,
queridos sacerdotes:

Me alegra encontrarme también este año con la comunidad de los alumnos de la Academia eclesiástica pontificia. Saludo al presidente, monseñor Beniamino Stella, y le agradezco las amables palabras con las que ha interpretado también vuestros sentimientos. Os saludo con afecto a todos vosotros, que os preparáis para desempeñar un ministerio particular en la Iglesia.

La diplomacia pontificia, como se la suele llamar, tiene una larguísima tradición, y su actividad ha contribuido de modo notable a plasmar, en la edad moderna, la fisonomía misma de las relaciones diplomáticas entre los Estados. En la concepción tradicional, ya propia del mundo antiguo, el enviado, el embajador, es esencialmente el que ha recibido el encargo de llevar de manera autorizada la palabra del Soberano, y por esto, puede representarlo y negociar en su nombre. La solemnidad del ceremonial, los honores rendidos tradicionalmente a la persona del enviado, que asumían también rasgos religiosos, son en realidad un tributo dado a aquel que representa y al mensaje del que se hace intérprete. El respeto al enviado constituye una de las formas más altas de reconocimiento, por parte de una autoridad soberana, del derecho a existir, en un plano de igual dignidad, de sujetos distintos de sí mismo. Así pues, acoger a un enviado como interlocutor, recibir su palabra, significa poner las bases de la posibilidad de una coexistencia pacífica. Se trata de un papel delicado, que exige, por parte del enviado, la capacidad de transmitir esa palabra de manera fiel y, al mismo tiempo, lo más respetuosa posible de la sensibilidad y la opinión de los demás, y eficaz. Aquí radica la verdadera habilidad del diplomático y no, como a veces se cree erróneamente, en la astucia o en comportamientos que representan más bien degeneraciones de la práctica diplomática. Lealtad, coherencia y profunda humanidad son las virtudes fundamentales de todo enviado, que está llamado a poner no sólo su trabajo y sus cualidades, sino, en cierto modo, toda su persona al servicio de una palabra que no es suya.

Las rápidas transformaciones de nuestra época han cambiado profundamente la figura y el papel de los representantes diplomáticos, pero su misión sigue siendo esencialmente la misma: ser el intermediario de una correcta comunicación entre los que ejercen la función de gobierno y, por consiguiente, instrumento de construcción de la comunión posible entre los pueblos y de la consolidación entre ellos de relaciones pacíficas y solidarias.

¿Cómo se sitúan, en todo esto, la persona y la acción del diplomático de la Santa Sede, que obviamente presenta aspectos muy particulares? Este, en primer lugar —como se ha destacado muchas veces— es un sacerdote, un obispo, un hombre que ya ha elegido vivir al servicio de una Palabra que no es la suya. De hecho, es un servidor de la Palabra de Dios, y, como todo sacerdote, ha recibido una misión que no puede realizarse a tiempo parcial, sino que le exige ser, con toda su vida, una resonancia del mensaje que le ha sido confiado, el mensaje del Evangelio. Precisamente sobre la base de esta identidad sacerdotal, muy clara y vivida de modo profundo, se inserta, con cierta naturalidad, la tarea específica de hacerse portador de la palabra del Papa, del horizonte de su ministerio universal y de su caridad pastoral con respecto a las Iglesias particulares y frente a las instituciones en las que se ejerce legítimamente la soberanía en el ámbito estatal o de las organizaciones internacionales.

En el cumplimiento de esta misión, el diplomático de la Santa Sede está llamado a hacer fructificar sus dotes humanas y sobrenaturales. Se comprende bien que, en el ejercicio de un ministerio tan delicado, el cuidado de la propia vida espiritual, la práctica de las virtudes humanas y la formación de una sólida cultura vayan de la mano y se apoyen mutuamente. Son dimensiones que permiten mantener un profundo equilibrio interior, en un trabajo que exige, entre otras cosas, capacidad de apertura al otro, ecuanimidad de juicio, distancia crítica de las opiniones personales, sacrificio, paciencia, constancia y a veces también firmeza en el diálogo con todos. Por otro lado, el servicio a la persona del Sucesor de Pedro, que Cristo constituyó como principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión (cf. Concilio Vaticano I, Pastor aeternus, Denz. 1821 (3051); concilio Vaticano II, Lumen gentium, 18), permite vivir en constante y profunda referencia a la catolicidad de la Iglesia. Y donde hay apertura a la objetividad de la catolicidad, allí está también el principio de una auténtica personalización: la vida dedicada al servicio del Papa y de la comunión eclesial es, bajo este aspecto, sumamente enriquecedora.

Queridos alumnos de la Academia eclesiástica pontificia, al compartir con vosotros estos pensamientos, os exhorto a comprometeros a fondo en el camino de vuestra formación; y, en este momento, pienso, con particular reconocimiento, en los nuncios, en los delegados apostólicos, en los observadores permanentes y en todos los que prestan servicio en las representaciones pontificias esparcidas por el mundo. De buen grado os imparto la bendición apostólica a vosotros, al presidente, a sus colaboradores y a la comunidad de las religiosas Franciscanas Misioneras del Niño Jesús.

 

  



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana