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PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE LA AUDIENCIA A LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA
CON OCASIÓN DEL JURAMENTO DE LOS NUEVOS RECLUTAS

Sala Clementina
Lunes 7 de mayo de 2012

 

Señor comandante,
monseñor capellán,
queridos oficiales y miembros de la Guardia Suiza,
ilustres huéspedes,
queridos hermanos y hermanas:

Deseo dirigiros a todos vosotros un cordial saludo. En particular doy mi bienvenida a los reclutas, hoy rodeados de sus padres, familiares y amigos; así como a los representantes de las autoridades suizas, llegados para esta feliz circunstancia. Vosotros, queridos guardias, tenéis el privilegio de trabajar durante algunos años en el corazón de la cristiandad y vivir en la «Ciudad Eterna». Vuestros familiares, y cuantos han querido compartir con vosotros estos días de fiesta, han asociado su participación en la ceremonia de juramento a una peregrinación a la tumba de los Apóstoles. A todos deseo que tengáis aquí, en Roma, la singular experiencia de la universalidad de la Iglesia y que os fortalezcáis y profundicéis en la fe, sobre todo con los momentos de oración y los encuentros que caracterizan esta jornada.

Las funciones que cumple la Guardia Suiza constituyen un servicio directo al Sumo Pontífice y a la Sede Apostólica. Por ello es motivo de vivo aprecio el hecho de que haya jóvenes que elijan consagrar algunos años de su existencia en total disponibilidad al Sucesor de Pedro y a sus colaboradores. Vuestro trabajo se sitúa en el surco de una indiscutida fidelidad al Papa, que fue heroica en el «Saqueo de Roma» en 1527, cuando, el 6 de mayo, vuestros predecesores sacrificaron su vida. El peculiar servicio de la Guardia Suiza no podía entonces ni puede tampoco hoy llevarse a cabo sin aquellas características que distinguen a cada miembro del cuerpo: solidez en la fe católica, fidelidad y amor hacia la Iglesia de Jesucristo, diligencia y perseverancia en las pequeñas y grandes tareas cotidianas, valentía y humildad, altruismo y disponibilidad. De estas virtudes debe estar lleno vuestro corazón cuando prestáis el servicio de honor y de seguridad en el Vaticano.

Sed atentos los unos con los otros, para sosteneros en el trabajo cotidiano y edificaros recíprocamente, y conservad el estilo de caridad evangélica con las personas que encontréis cada día. En la Sagrada Escritura la llamada al amor del prójimo está vinculada al mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Mc 12, 29-31). Para dar amor a los hermanos es necesario sacarlo de la forja de la caridad divina, gracias a pausas prolongadas de oración, a la constante escucha de la Palabra de Dios y a una existencia totalmente centrada en el misterio de la Eucaristía.

El secreto de la eficacia de vuestro trabajo aquí, en el Vaticano, así como de cada proyecto vuestro es, por lo tanto, la continua referencia a Cristo. Este es también el testimonio de no pocos de vuestros predecesores, que se caracterizaron no sólo en el cumplimiento de su trabajo, sino también en el compromiso de vida cristiana. Algunos han sido llamados a seguir al Señor en el camino del sacerdocio o de la vida consagrada, y han respondido con prontitud y entusiasmo. Otros coronaron felizmente con el sacramento del Matrimonio su vocación conyugal. Doy gracias a Dios, fuente de todo bien, por los diversos dones y las distintas misiones que él os confía, y ruego para que también vosotros, que iniciáis vuestro servicio, respondáis plenamente a la llamada de Cristo siguiéndole con fiel generosidad.

Queridos amigos, aprovechad el tiempo que paséis aquí, en Roma, para crecer en la amistad con Cristo, amar cada vez más a su Iglesia y caminar hacia la meta de toda verdadera vida cristiana: la santidad.

Que os ayude la Virgen María, a quien honramos de modo especial en el mes de mayo, a experimentar cada día más la comunión profunda con Dios, que para nosotros, creyentes, empieza en la tierra y será completa en el cielo. De hecho estamos llamados, como recuerda san Pablo, a ser «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Ef 2, 19). Con estos sentimientos os aseguro mi constante recuerdo en la oración y de corazón os imparto a cada uno la bendición apostólica.

 

  



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