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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Castelgandolfo
Domingo 14 de julio de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nuestra cita dominical para el Ángelus hoy la vivimos aquí, en Castelgandolfo. Saludo a los habitantes de esta bonita ciudad. Quiero agradecer sobre todo vuestras oraciones, y lo mismo hago con todos vosotros, peregrinos que habéis venido aquí numerosos.

El Evangelio de hoy —estamos en el capítulo 10 de Lucas— es la famosa parábola del buen samaritano. ¿Quién era este hombre? Era una persona cualquiera, que bajaba de Jerusalén hacia Jericó por el camino que atravesaba el desierto de Judea. Poco antes, por ese camino, un hombre había sido asaltado por bandidos, le robaron, golpearon y abandonaron medio muerto. Antes del samaritano pasó un sacerdote y un levita, es decir, dos personas relacionadas con el culto del Templo del Señor. Vieron al pobrecillo, pero siguieron su camino sin detenerse. En cambio el samaritano, cuando vio a ese hombre, «sintió compasión» (Lc 10, 33) dice el Evangelio. Se acercó, le vendó las heridas, poniendo sobre ellas un poco de aceite y de vino; luego lo cargó sobre su cabalgadura, lo llevó a un albergue y pagó el hospedaje por él... En definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor al prójimo. Pero, ¿por qué Jesús elige a un samaritano como protagonista de la parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, por las diversas tradiciones religiosas. Sin embargo, Jesús muestra que el corazón de ese samaritano es bueno y generoso y que —a diferencia del sacerdote y del levita— él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia más que los sacrificios (cf. Mc 12, 33). Dios siempre quiere la misericordia y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. A todos nos da este corazón misericordioso. El Samaritano hace precisamente esto: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia quien está necesitado.

Un hombre que vivió plenamente este Evangelio del buen samaritano es el santo que recordamos hoy: san Camilo de Lellis, fundador de los Ministros de los enfermos, patrono de los enfermos y de los agentes sanitarios. San Camilo murió el 14 de julio de 1614: precisamente hoy se abre su iv centenario, que culminará dentro de un año. Saludo con gran afecto a todos los hijos y las hijas espirituales de san Camilo, que viven su carisma de caridad en contacto cotidiano con los enfermos. ¡Sed como él buenos samaritanos! Y también a los médicos, enfermeros y a todos aquellos que trabajan en los hospitales y en las residencias, deseo que les anime ese mismo espíritu. Confiamos esta intención a la intercesión de María santísima.

Otra intención desearía confiar a la Virgen, junto a vosotros. Está ya muy cerca la Jornada mundial de la juventud de Río de Janeiro. Se ve que hay muchos jóvenes en edad, pero todos sois jóvenes en el corazón. Yo partiré dentro de ocho días, pero muchos jóvenes partirán hacia Brasil incluso antes. Recemos entonces por esta gran peregrinación que comienza, para que Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, guíe los pasos de los participantes, y abra su corazón para acoger la misión que Cristo les dará.

 


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Me uno en la oración a los obispos y a los fieles de la Iglesia en Ucrania reunidos en la catedral de Lutsk para la santa misa de sufragio, con ocasión del 70° aniversario de las matanzas de Volinia. Tales hechos, provocados por la ideología nacionalista en el trágico contexto de la segunda Guerra mundial, causaron decenas de miles de víctimas e hirieron la fraternidad de dos pueblos: el polaco y el ucraniano. Confío a la misericordia de Dios las almas de las víctimas y, para sus pueblos, pido la gracia de una profunda reconciliación y de un futuro sereno en la esperanza y en la sincera colaboración para la edificación común del Reino de Dios.

Saludo con afecto a los fieles de la diócesis de Albano. Invoco sobre ellos la protección de san Buenaventura, su patrono, de quien mañana la Iglesia celebra la fiesta. ¡Que sea una hermosa fiesta y muchas felicidades! Quisiera enviaros un pastel, pero no sé si lo podrán hacer tan grande. Saludo a todos los peregrinos aquí presentes: a los grupos parroquiales, las familias y los jóvenes, especialmente los que han venido de Irlanda; a los jóvenes sordos que están viviendo en Roma un encuentro internacional.

 


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