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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 24 de agosto de 2014

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) es el célebre pasaje, centrado en el relato de Mateo, en el cual Simón, en nombre de los Doce, profesa su fe en Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; y Jesús llamó «bienaventurado» a Simón por su fe, reconociendo en ella un don especial del Padre, y le dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Detengámonos un momento precisamente en este punto, en el hecho de que Jesús asigna a Simón este nuevo nombre: «Pedro», que en la lengua de Jesús suena «Kefa», una palabra que significa «roca». En la Biblia este término, «roca», se refiere a Dios. Jesús lo asigna a Simón no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le es dada de lo alto.

Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre dio a Simón una fe «fiable», sobre la cual Él, Jesús, podrá construir su Iglesia, es decir, su comunidad, con todos nosotros. Jesús tiene el propósito de dar vida a «su» Iglesia, un pueblo fundado ya no en la descendencia, sino en la fe, lo que quiere decir en la relación con Él mismo, una relación de amor y de confianza. Nuestra relación con Jesús construye la Iglesia. Y, por lo tanto, para iniciar su Iglesia Jesús necesita encontrar en los discípulos una fe sólida, una fe «fiable». Es esto lo que Él debe verificar en este punto del camino.

El Señor tiene en la mente la imagen de construir, la imagen de la comunidad como un edificio. He aquí por qué, cuando escucha la profesión de fe franca de Simón, lo llama «roca», y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe.

Hermanos y hermanas, esto que sucedió de modo único en san Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Evangelio de hoy interpela también a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? Que cada uno responda en su corazón. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo encuentra el Señor nuestro corazón? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, desconfiado, incrédulo? Nos hará bien hoy pensar en esto. Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe no digo perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros las piedras vivas con la cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra, en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado está llamado a ofrecer a Jesús la propia fe, pobre pero sincera, para que Él pueda seguir construyendo su Iglesia, hoy, en todas las partes del mundo.

También hoy mucha gente piensa que Jesús es un gran profeta, un maestro de sabiduría, un modelo de justicia... Y también hoy Jesús pregunta a sus discípulos, es decir a todos nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». ¿Qué responderemos? Pensemos en ello. Pero sobre todo recemos a Dios Padre, por intercesión de la Virgen María; pidámosle que nos dé la gracia de responder, con corazón sincero: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Esta es una confesión de fe, este es precisamente «el credo». Repitámoslo juntos tres veces: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».

 


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Mi pensamiento se dirige hoy de modo particular a la amada tierra de Ucrania, de la cual se recuerda hoy la fiesta nacional, a todos sus hijos e hijas, a sus deseos de paz y serenidad, amenazados por una situación de tensión y de conflicto que no da señales de aplacarse, generando mucho sufrimiento en la población civil. Encomendamos al Señor Jesús y a la Virgen a toda la nación y rezamos unidos sobre todo por las víctimas, sus familias y cuantos sufren. He recibido una carta de un obispo que relata todo este dolor. Recemos juntos a la Virgen por esta amada tierra de Ucrania en el día de la fiesta nacional: Ave María... María, Reina de la paz, ruega por nosotros.

Saludo cordialmente a todos los peregrinos romanos y a los procedentes de diversos países, en especial a los fieles de Santiago de Compostela (España), a los niños de Maipú (Chile), a los jóvenes de Chiry-Ourscamp (Francia) y a cuantos participan en el encuentro internacional promovido por la diócesis de Palestrina.

Saludo con afecto a los nuevos seminaristas del Pontificio Colegio de América del Norte, llegados a Roma para iniciar los estudios teológicos.

Saludo a los seiscientos jóvenes de Bérgamo, que a pie, juntamente con su obispo, llegaron a Roma desde Asís, es decir «de Francisco a Francisco», como está escrito allí. ¡Sois geniales vosotros bergamascos! Ayer por la tarde vuestro obispo, junto con uno de los sacerdotes que os acompañan, me contaba cómo habéis vivido estos días de peregrinación: ¡felicitaciones! Queridos jóvenes, volved a casa con el deseo de testimoniar a todos la belleza de la fe cristiana. Saludo a los jóvenes de Verona, Montegrotto Terme y de Valle Liona, así como a lo fieles de Giussano y de Bassano del Grappa.

Os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Os deseo un feliz domingo y un buen almuerzo. ¡Hasta la vista!

 


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