Index   Back Top Print

[ AR  - DE  - EN  - ES  - FR  - HR  - IT  - PT ]

PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
Domingo 17 de abril de 2016

[Multimedia]


 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El evangelio de hoy (Jn 10, 27-30) nos ofrece algunas expresiones pronunciadas por Jesús durante la fiesta de la dedicación del templo de Jerusalén, que se celebraba a finales de diciembre. Él se encontraba precisamente en la zona del templo, y quizás aquel espacio sagrado cercado le sugiere la imagen del rebaño y del pastor. Jesús se presenta como «el buen pastor» y dice: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (vv. 27-28). Estas palabras nos ayudan a comprender que nadie puede decirse seguidor de Jesús si no escucha su voz. Y este «escuchar» no hay que entenderlo de una manera superficial, sino comprometedora, al punto que vuelve posible un verdadero conocimiento recíproco, del cual pueden surgir un seguimiento generoso, expresada en las palabras «y ellas me siguen» (v.27). Se trata de un escuchar no solamente con el oído, sino ¡una escucha del corazón!

Por lo tanto, la imagen del pastor y de las ovejas indica la estrecha relación que Jesús quiere establecer con cada uno de nosotros. Él es nuestra guía, nuestro maestro, nuestro amigo, nuestro modelo, pero sobre todo es nuestro salvador. De hecho la frase sucesiva del pasaje evangélico afirma: «Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (v. 28). ¿Quién puede hablar así? Solamente Jesús, porque la «mano» de Jesús es una sola cosa con la «mano» del Padre, y el Padre es «más grande que todos» (v. 29).

Estas palabras nos comunican un sentido de absoluta seguridad y de inmensa ternura. Nuestra vida está totalmente segura en las manos de Jesús y del Padre, que son una sola cosa: un único amor, una única misericordia, reveladas de una vez y para siempre en el sacrificio de la cruz. Para salvar a las ovejas perdidas que somos todos nosotros, el Pastor se hizo cordero y se dejó inmolar para tomar sobre sí y quitar el pecado del mundo. De esta manera Él nos ha dado la vida, pero la vida en abundancia De esta manera Él nos ha dado la vida, pero ¡la vida en abundancia! (cf. Jn 10, 10). Este misterio se renueva, en una humildad siempre sorprendente, en la mesa eucarística. Es allí que las ovejas se reúnen para nutrirse; es allí que se vuelven una sola cosa, entre ellas y con el Buen Pastor.

Por esto no tenemos más miedo: nuestra vida ya se ha salvado de la perdición. Nada ni nadie podrá arrancarnos de las manos de Jesús, porque nada ni nadie puede vencer su amor. ¡El amor de Jesús es invencible! El maligno, el gran enemigo de Dios y de sus criaturas, intenta de muchas maneras arrebatarnos la vida eterna. Pero el maligno no puede nada si nosotros no le abrimos las puertas de nuestra alma, siguiendo sus halagos engañosos.

La Virgen María ha escuchado y seguido dócilmente la voz del Buen Pastor. Que Ella nos ayude a acoger con alegría la invitación de Jesús a convertirnos en sus discípulos y a vivir siempre en la certeza de estar en las manos paternas de Dios.

 


Después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Les doy las gracias a quienes han acompañado con la oración la visita que realicé ayer a la isla de Lesbos en Grecia. A los refugiados y al pueblo griego he llevado la solidaridad de la Iglesia. Estaban conmigo el patriarca ecuménico Bartolomé y el arzobispo Jerónimo de Atenas y de toda Grecia, para simbolizar la unidad en la caridad de todos los discípulos del Señor. Hemos visitado uno de los campos de refugiados: provenían de Irak, Afganistán, Siria, África y de muchos países… Hemos saludado a cerca de trescientos refugiados, uno por uno. Los tres: el patriarca Bartolomé, el arzobispo Jerónimo y yo. Muchos entre ellos eran niños; alguno de ellos —de estos niños— asistieron a la muerte de sus padres y de sus compañeros, algunos murieron ahogados en el mar. ¡He visto mucho dolor! Y quiero contar un caso particular, de un hombre joven, no tiene aún 40 años. Lo encontré ayer con sus dos hijos. Él es musulmán y me contó que estaba casado con una joven cristiana, se amaban y se respetaban mutuamente. Pero lamentablemente esta joven fue degollada por los terroristas, porque no quiso renegar a Cristo y abandonar su fe. ¡Es una mártir! Y ese hombre lloraba mucho…

Esta noche un violento terremoto ha golpeado Ecuador, causando numerosas víctimas y enormes daños. Rezamos por esas poblaciones; y también por las del Japón, donde se han registrado también algunos terremotos durante estos días. Que la ayuda de Dios y de los hermanos les dé fuerza y apoyo.

Hoy es la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Estamos invitados a rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Y en esta Jornada he ordenado esta mañana a once nuevos sacerdotes. Renuevo mi saludo a los nuevos presbíteros, familiares y amigos; e invito a todos los sacerdotes y seminaristas a participar en su Jubileo, los tres primeros días de junio. Y a vosotros, chicos y chicas, que os encontráis en la plaza: pensad si el Señor no os llama a consagrar la vida a su servicio, sea en el sacerdocio o en la vida consagrada.

Saludo con cariño a todos vosotros, peregrinos provenientes de Italia y de muchas partes del mundo. Están presentes familias, grupos parroquiales, escuelas y asociaciones: os bendigo a todos.

Acompaño a las muchas familias preocupadas por el problema del trabajo. Pienso en particular a las situación precaria de los trabajadores italianos de los Call Center: deseo que sobre todo prevalezca siempre la dignidad de la persona humana y no los intereses particulares.

Y a todos os deseo un feliz domingo. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. Que tengan un ¡buen almuerzo y hasta pronto!



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana