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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
LI JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Lunes 1 de enero de 201
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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la primera página del calendario del año nuevo que el Señor nos dona, la Iglesia pone, como una hermosa miniatura, la solemnidad litúrgica de María Santísima Madre de Dios. En este primer día del año solar, fijamos la mirada en Ella, para retomar, bajo su materna protección, el camino a lo largo de los senderos del tiempo. El Evangelio de hoy (cf Lucas 2, 16-21) nos reconduce al establo de Belén. Los pastores llegan a toda prisa y encuentran a María, José y el Niño; e informan del anuncio que les han dado los ángeles, es decir que ese recién nacido es el Salvador. Todos se sorprenden, mientras que «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (v. 19). La Virgen nos hace entender cómo acoger el evento de la Navidad: no superficialmente sino en el corazón. Nos indica el verdadero modo de recibir el don de Dios: conservarlo en el corazón y meditarlo. Es una invitación dirigida a cada uno de nosotros a rezar contemplando y gustando este don que es Jesús mismo.

Es mediante María que el Hijo asume la corporeidad. Pero la maternidad de María no se reduce a esto: gracias a su fe, Ella es también la primera discípula de Jesús y esto «dilata» su maternidad. Será la fe de María la que provoque en Caná el primer «signo» milagroso, que contribuye a suscitar la fe de los discípulos. Con la misma fe, María está presente a los pies de la cruz y recibe como hijo al apóstol Juan; y finalmente, después de la Resurrección, se convierte en madre orante de la Iglesia sobre la cual desciende con poder el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Como madre, María cumple una función muy especial: se pone entre su Hijo Jesús y los hombres en la realidad de su privación, en la realidad de sus indiferencias y sufrimientos. María intercede, como en Caná, consciente que en cuanto madre puede, es más, debe hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres, especialmente de los más débiles y desfavorecidos. Y precisamente a estas personas está dedicado el tema de la Jornada mundial de la paz que hoy celebramos: «Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz», este es el lema de esta Jornada. Deseo, una vez más, hacerme voz de estos hermanos y hermanas nuestras que invocan para su futuro un horizonte de paz. Para esta paz, que es derecho de todos, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar la vida en un viaje que en gran parte de los casos es largo y peligroso; están dispuestos a afrontar fatigas y sufrimientos (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la Paz 2018, 1).

Por favor, no apaguemos la esperanza en sus corazones; ¡no sofoquemos sus expectativas de paz! Es importante que de parte de todos, instituciones civiles, realidades educativas, asistenciales y eclesiales; haya un compromiso para asegurar a los refugiados, a los migrantes, a todos un futuro de paz. Que el Señor nos conceda trabajar en este nuevo año con generosidad, con generosidad, para realizar un mundo más solidario y acogedor. Os invito a rezar por esto, mientras que junto con vosotros encomiendo a María, Madre de Dios y Madre nuestra, el 2018 que acaba de empezar. Los viejos monjes rusos, místicos, decían que en tiempo de turbulencias espirituales era necesario recogerse bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Pensando en tantas turbulencias de hoy, y sobre todo de los migrantes y de los refugiados, rezamos como ellos nos han enseñado a rezar: «Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios: no despreciar nuestras súplicas que estamos en la prueba, sino líbranos de todo peligro, oh Virgen, gloriosa y bendita».

 


Después del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas:

¡En el umbral del 2018, dirijo a todos mi cordial deseo de todo bien para el año nuevo, a todos vosotros!

Deseo dar las gracias al presidente de la República Italiana por la felicitación que me dirigió anoche en su Mensaje de final de año y que devuelvo de corazón, deseando para el pueblo italiano un año de serenidad y de santa paz, iluminado por la constante bendición de Dios.

Expreso mi aprecio por las múltiples iniciativas de oración y de acción por la paz, organizadas en todas las partes del mundo con ocasión de la actual Jornada mundial de la paz. Pienso, en particular, en la Marcha nacional que se desarrolló ayer por la noche en Sotto il Monte, promovida por la Conferencia Episcopal Italiana, Caritas Italiana, Pax Christi y Acción Católica. Y saludo a los participantes de la manifestación «Paz en todas las tierras», promovida en Roma y en muchos países por la Comunidad de San Egidio. Queridos amigos, os animo a llevar adelante con alegría vuestro compromiso de solidaridad, especialmente en las periferias de las ciudades, para favorecer la convivencia pacífica. Dirijo mi saludo a todos vosotros, queridos peregrinos aquí presentes, en particular a los de Nueva York, a la banda musical procedente de California y al grupo de la «Pro Loco» de Massalengo.

A todos renuevo el deseo de un año de paz en la gracia del Señor y con la protección materna de María, la Santa Madre de Dios. Buen año, buen almuerzo, y no os olvidéis de rezar por mí. ¡Hasta pronto!

 



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