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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Instrucciones para los momentos de tinieblas

Lunes
3 de febrero de 2014

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 6, viernes 7 de febrero de 2014

 

En los momentos difíciles de la vida no se debe «negociar a Dios» usando a los demás para salvarse a sí mismo: la actitud correcta es hacer penitencia, reconociendo los propios pecados y encomendándose al Señor, sin ceder a la tentación de «hacer justicia con las propias manos». En la misa celebrada el lunes 3 de febrero el Papa Francisco propuso nuevamente el testimonio del rey David, «santo y pecador», en el «momento de oscuridad» de la huida de Jerusalén por la traición del hijo Absalón. Al término de la celebración, el día de la memoria litúrgica de san Blas, dos sacerdotes impartieron al Papa y a todos los presentes la tradicional bendición con dos candelas puestas en la garganta en forma de cruz.

Para su meditación el Pontífice partió de la primera lectura, tomada del segundo libro de Samuel (15, 13-14.30; 16, 5-13a). «Hemos escuchado —dijo— la historia de ese momento tan triste de David, cuando tuvo que huir porque su hijo lo traicionó». Son elocuentes las palabras de David, que llama a Absalón «hijo nacido de mis entrañas». Estamos ante «una gran traición»: incluso la mayor parte del pueblo se agrupa «con el hijo contra el rey». Se lee, en efecto, en la Escritura: «el corazón de los israelitas sigue a Absalón». Verdaderamente para David era «como si este hijo estuviese muerto».

¿Qué hace David ante la traición del hijo? El Papa indicó «tres actitudes». Ante todo, explicó, «David, hombre de gobierno, acoge la realidad como es. Sabe que esta guerra será muy dura, sabe que allí habrá muchos muertos del pueblo», porque está «una parte del pueblo contra la otra». Y con realismo realiza «la opción de no hacer morir a su pueblo». Cierto, hubiese podido «luchar en Jerusalén contra las fuerzas de su hijo. Pero dijo: no, no quiero que Jerusalén sea destruida». Y se opuso incluso a los suyos que querían llevar el arca, ordenándoles que la dejaran en su sitio: «Que el arca de Dios permanezca en la ciudad». Todo esto muestra «la primera actitud» de David, que «para defenderse no usa ni a Dios ni a su pueblo», porque sentía por ambos un «amor muy grande».

«En los momentos malos de la vida —destacó el Pontífice— sucede que, tal vez, en la desesperación uno busca defenderse como puede», incluso «usando a Dios y a la gente». En cambio David nos muestra cómo su «primera actitud» es precisamente «la de no usar a Dios y a su pueblo».

La segunda es una «actitud penitencial», que David asume mientras huye de Jerusalén. Se lee en el pasaje del libro de Samuel: «Subía llorando» por la montaña «y caminaba con la cabeza cubierta y descalzo». Pero, comentó el Papa, «pensad lo que significa subir el monte descalzo». Lo mismo hacía la gente que estaba con él: «llevaban cubierta la cabeza y subían llorando».

Se trata de «un camino penitencial». Tal vez, continuó el Pontífice, David en ese momento «en su corazón» pensaba en «muchas cosas malas» y en los «numerosos pecados que había cometido». Y probablemente se decía a sí mismo: «Pero yo no soy inocente. No es justo que mi hijo me haga esto, pero yo no soy santo». Con este espíritu David «elige la penitencia: llora, hace penitencia». Y su «subida al monte», indicó una vez más el Papa, «nos hace pensar en la subida de Jesús. También Él dolido y descalzo, con su cruz, subía al monte».

David, sin embargo, vive una «actitud penitencial». Cuando a nosotros, en cambio, dijo el Papa, «nos sucede algo por el estilo en nuestra vida, siempre buscamos —es un instinto que tenemos— justificarnos». Al contrario, «David no se justifica. Es realista. Busca salvar el arca de Dios, a su pueblo. Y hace penitencia» subiendo al monte. Por esta razón «es un grande: un gran pecador y un gran santo». Cierto, añadió el Santo Padre, «cómo vayan juntas estas dos cosas» sólo «Dios lo sabe. Pero ésta es la verdad».

A lo largo de su camino penitencial el rey encuentra a un hombre de nombre Semeí, que le «arrojaba piedras» a él y a quienes le acompañaban. Es «un enemigo» que «lanzaba maldiciones» dirigidas a David. Así, Abisay, «uno de los amigos de David», propuso al rey capturarlo y matarlo: «Éste es un perro muerto» le dijo con el lenguaje de su tiempo para remarcar en qué sentido Semeí era «una persona mala». Pero David se lo impidió y «en lugar de elegir la venganza contra tantos insultos, eligió encomendarse a Dios». Se lee, en efecto, en el pasaje bíblico: «Un hijo mío, salido de mis entrañas, busca mi vida. Cuánto más este benjaminita —este Semeí—. Dejadle que me maldiga, si se lo ha ordenado el Señor. Quizá el Señor vea mi humillación y me pague con bendiciones la maldición de este día». He aquí la tercera actitud: David «se encomienda al Señor».

Precisamente «estas tres actitudes de David en el momento de la oscuridad, en el momento de la prueba, pueden ayudarnos a todos nosotros» cuando nos encontramos en situaciones difíciles. No se debe «negociar nuestra pertenencia». Luego, repitió el Pontífice, es necesario «aceptar la penitencia», comprender las razones por las cuales se «necesita hacer penitencia», y así saber «llorar sobre nuestros errores, sobre nuestros pecados». Por último, no se debe buscar hacer justicia con las propias manos, sino más «encomendarse a Dios».

El Papa Francisco concluyó la homilía invitando a invocar a David, que nosotros «veneramos como santo», pidiéndole que nos enseñe a vivir «estas actitudes en los momentos difíciles de la vida». Para que cada uno sea «un hombre que ama a Dios, que ama a su pueblo y no lo negocia; un hombre que sabe que es pecador y hace penitencia; un hombre que está seguro de su Dios y se encomienda a Él».



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