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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

La alegría de un obispo?

Lunes 3 de noviembre de 2014

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 45, viernes 7 de noviembre de 2014

 

«Los sentimientos de un obispo» o «la alegría de un obispo». Ha sido el Papa Francisco quien indicó el título ideal para el pasaje de la Carta de san Pablo a los Filipenses (2, 1-4) propuesto por la liturgia del lunes 3 de noviembre. Y alertó acerca de las rivalidades y de la vanagloria que minan la vida de la Iglesia, donde, en cambio, hay que tomar en consideración las indicaciones de Jesús y también de Pablo: no buscar el propio interés sino servir humildemente a los demás sin pedir nada a cambio.

Pablo desarrolla estos consejos prácticos, explicó el Pontífice, en un texto donde «destaca cuáles son sus sentimientos hacia los filipenses: tal vez la Iglesia de Filipos era la que más quería». Y «comienza como si pediría un favor, una ayuda». En efecto, escribe: «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas», en definitiva, «dadme esta gran alegría».

Así, pues, Pablo pide expresamente a los Filipenses que «hagan plena la alegría del obispo». ¿Y «cuál es la alegría del obispo? ¿Cuál es la alegría que Pablo pide a la Iglesia de Filipos?». La respuesta es «tener un mismo sentir con la misma caridad, manteniéndose unánimes y concordes». He aquí que «Pablo, como pastor, sabía que esta es la senda de Jesús. Y, también, que esta es la gracia que Jesús, en la oración después de la Cena, pidió al Padre: la unidad; la concordia».

«Todos sabemos —explicó el Papa Francisco— que esta armonía es una gracia: la construye el Espíritu Santo, pero nosotros debemos hacer todo lo posible, por nuestra parte, para ayudar al Espíritu Santo en la realización de esta armonía en la Iglesia»; y también «para ayudar a comprender lo que Él pide a la Iglesia». El Espíritu, en efecto, «da consejos, por decirlo así, por vía negativa: es decir, no hagáis esto, no hagáis aquello». Y «¿qué cosa no deben hacer los Filipenses?». Lo dice Pablo: «No obréis por rivalidad ni por ostentación». Y así, destacó el Papa Francisco, «se ve que no es sólo cuestión de nuestra época» sino que «viene de lejos».

Pablo, por lo tanto, recomienda que nada se haga por «rivalidad», que «no luche uno contra otro». Y «cuántas veces —destacó el obispo de Roma— en nuestras instituciones, en la Iglesia, en las parroquias, por ejemplo, en los colegios, encontramos la rivalidad, el hacerse ver, la vanagloria». Se trata de «dos gusanos que comen los fundamentos de la Iglesia, la hacen débil: la rivalidad y la vanagloria van contra esta armonía, esta concordia».

Para no caer en estas tentaciones «¿qué aconseja Pablo?». Lo escribe a los Filipenses: «Cada uno de vosotros, con toda humildad —¿qué debe hacer con humildad?— considere a los demás superiores a sí mismo». Pablo «sentía esto», en tal medida que «él se califica no digno de ser llamado apóstol». Se define «el último» y, así, «incluso se humilla fuertemente».

En la misma línea, Francisco recordó el testimonio del santo peruano Martín de Porres, humilde fraile dominico, cuya memoria litúrgica se celebra el 3 de noviembre. «Su espiritualidad —explicó— se centraba en el servicio porque sentía que todos los demás, incluso los más grandes pecadores, eran superiores a él.

«La alegría del obispo —reafirmó luego el Papa— es esta humildad de la Iglesia: humildad, sin rivalidad o vanagloria». Y luego Pablo continúa: «No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás». Es necesario, por lo tanto, «buscar el bien del otro. Servir a los demás». Precisamente «esta es la alegría de un obispo cuando ve así a su Iglesia: los mismos sentimientos, la misma caridad, manteniéndose unánimes y concordes». «Este es el aire que Jesús quiere en la Iglesia. Se pueden tener opiniones distintas, está bien. Pero siempre dentro de esta atmósfera, este ambiente de humildad, caridad, sin despreciar a nadie».

Pablo recomienda claramente que «no se busque el propio interés, sino el de los demás». En definitiva, exhorta a «no buscar beneficios para sí mismos» mirando exclusivamente al propio interés. Y «no es bueno —dijo el Papa Francisco— cuando en las instituciones de la Iglesia, de una diócesis, encontramos en las parroquias gente que busca el propio interés». Es lo que también «Jesús nos dice en el Evangelio: no os encerréis en vuestros intereses, no vayáis por el camino de la recompensa, del do ut des». En definitiva, no decir: «Está bien, yo te hice este favor, pero tú me haces este». Jesús lo recuerda con la parábola del Evangelio de san Lucas (14, 12-14) que relata la invitación a la cena de «los que no pueden dar nada a cambio: es la gratuidad».

«Cuando en una Iglesia —destacó el Pontífice— hay armonía, hay unidad, no se busca el propio interés, está esa actitud de gratuidad». De este modo «yo hago el bien» y no «un negocio con el bien».

El Papa Francisco sugirió pensar durante el día en «cómo es mi parroquia» o «cómo es mi comunidad». Y preguntarse si estas realidades y todas nuestras instituciones, tienen «este espíritu de sentimientos de amor, de unanimidad, de concordia, sin rivalidad o vanagloria». ¿Existe de verdad «este espíritu» o «tal vez encontraremos que hay algo por mejorar?». Y seguir así el consejo de Pablo, «para que la alegría del obispo sea plena; para que la alegría de Jesús sea plena».

 



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