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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

¿No estoy vivo por dentro?

Martes 18 de noviembre de 2014

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 47, viernes 21 de noviembre de 2014

«La Palabra de Dios es capaz de cambiar todo» pero nosotros «no siempre tenemos la valentía de creer» en ella. En la homilía del martes 18 de noviembre, el Papa Francisco habló de la conversión y, al comentar la liturgia del día, abordó el tema en tres categorías: «tres llamadas a la conversión». Porque, explicó, «convertirse no es un acto de voluntad»; no se piensa: «ahora me convierto, me conviene...», o bien: «debo hacerlo...». No, la conversión «es una gracia», es «una visita de Dios», es Jesús «que llama a nuestra puerta, al corazón, y dice: “Ven”».

¿Cuáles son, entonces, estas tres llamadas? La primera está en el libro del Apocalipsis (3, 1-6, 14-22), cuando el Señor pide la conversión a los cristianos porque pasaron a ser «tibios». Es «el cristianismo, la espiritualidad de la comodidad», explicó el Pontífice. Es el caso de quien se siente cómodo y afirma: «No me falta nada. Voy a misa los domingos, rezo algunas veces, me siento bien, estoy “en gracia de Dios”, soy rico, me he enriquecido con la gracia, no necesito nada, estoy bien».

Este estado de ánimo, destacó el Papa, «es un estado de pecado: la comodidad espiritual es un estado de pecado». En el Apocalipsis se lee: «Tú dices: “yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada”, y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, un pobre, ciego y desnudo». El Señor no ahorra palabras «a estos cristianos cómodos», «dice todo, y de frente». En la Escritura se lee también: «porque eres tibio estoy a punto de vomitarte de mi boca». Una expresión, destacó el Papa, «muy fuerte». Luego, tras la palabra dura, el Señor «se acerca y habla con ternura: “Ten, pues, celo y conviértete”»: es esta, dijo el Pontífice, «la llamada a la conversión: “Estoy de pie a la puerta y llamo”». Así, el Señor se dirige al «partido de los cómodos, de los tibios» e invita a «convertirse de la tibieza espiritual, de ese estado de mediocridad».

Luego, hay una segunda llamada: y es la llamada para quienes «viven de las apariencias». Es también el Apocalipsis quien las enumera: «Tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto». A quien piensa que está vivo sólo gracias al aparentar, el Señor dice: «“Sé vigilante”, por favor, “reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir”: todavía hay algo que está vivo, reanima eso». Y añade un consejo de ternura: «Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete. Si no vigilas, vendré como ladrón». Tres, en este caso las palabras —«memoria», «custodia» y «vigilancia»—, subrayadas por el Papa, que imagina que este tipo de hombre piensa: «Aparento ser cristiano, pero dentro estoy muerto». Las apariencias, dijo, «son el sudario de estos cristianos: están muertos». Y el Señor «los llama a la conversión: “Acuérdate, sé vigilante y sigue adelante. Aún hay algo vivo en ti: reanímalo”».

Cada uno de nosotros, entonces, está llamado a preguntarse: «¿Soy de estos cristianos de las apariencias? ¿Estoy vivo por dentro, tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo», ¿lo escucho?».

Está, por último, la tercera llamada a la conversión, la de Zaqueo. ¿Quién era? «Era jefe de los publicanos y rico»; un «corrupto» que «trabajaba para los extranjeros, para los romanos, traicionaba a su patria. Buscaba el dinero en la aduana» y de ello daba «una parte al enemigo de la patria». Es decir, era «uno como tantos dirigentes que nosotros conocemos: corruptos»; personas que, «en lugar de servir al pueblo», lo explotan «para servirse a sí mismos». Zaqueo, comentó el Papa, «no era tibio; no estaba muerto. Estaba en estado de putrefacción. Precisamente corrupto». Sin embargo, ante Cristo «sintió algo dentro: a este hombre capaz de curar, a este profeta que dicen que habla tan bien, yo quisiera verlo, por curiosidad». Aquí se ve la acción del Espíritu: «el Espíritu Santo es astuto y sembró la semilla de la curiosidad»; y ese hombre para ver a Jesús hizo «un poco el ridículo»: un dirigente, un «jefe de los dirigentes» subió «a un árbol para ver una procesión». Es un poco ridículo «comportarse así». Sin embargo, él hizo precisamente eso, «no tuvo vergüenza. “Yo quiero verlo”».

Dentro de él —explicó el Papa—, que era alguien seguro de sí, «trabajaba el Espíritu Santo. Y luego sucedió lo que sucedió: la Palabra de Dios entró en ese corazón y con la Palabra, la alegría». Es más, los hombres que vivían en la «comodidad» y los «de la apariencia habían olvidado lo que era la alegría»; mientras que «este corrupto la recibe inmediatamente».

El Evangelio de san Lucas relata que él «bajó de prisa y lo acogió lleno de alegría»: es decir, acogió «la Palabra de Dios, que era Jesús». Y en él tuvo lugar «inmediatamente» lo que sucedió a Mateo (tenían «la misma profesión»): «el corazón cambió, se convirtió, y pronunció su palabra auténtica: “He aquí, Señor, yo doy la mitad de lo que poseo a los pobres, y si he robado a alguien” —mucho— “restituyo cuatro veces más”». Un pasaje iluminador según el Papa Francisco: «esta es una regla de oro. Cuando la conversión llega a los bolsillos, es segura», y explicó: «¿Cristianos de corazón? Todos. ¿Cristianos de alma? Todos. Pero, ¿cristianos de bolsillos? Pocos». Sin embargo, ante la «palabra auténtica» la conversión «llegó inmediatamente». Y está «la otra palabra», la de los que no querían convertirse: «Viendo esto, murmuraban: “Entró en la casa de un pecador”. Se ensució, perdió la pureza. Debe purificarse porque entró en la casa de un pecador».

Como conclusión, tres llamadas a la conversión realizadas «por Jesús mismo»: «a los tibios, a los de la comodidad», luego «a los de la apariencia, a los que se creen ricos pero son pobres», es más, «no tienen nada, están muertos» y, por último, a quien está más allá de la muerte: en la corrupción». Ante estos «la Palabra de Dios es capaz de cambiar todo. Pero la verdad —dijo el Pontífice— es que no siempre tenemos el valor de creer en la Palabra de Dios», de recibir esa Palabra que nos cura dentro» y por la cual «el Señor llama a la puerta de nuestro corazón».

Esta, concluyó el Papa, «es la conversión». Conversión en la cual «la Iglesia quiere que en estas últimas semanas del año litúrgico pensemos muy seriamente» a fin de que «podamos seguir adelante en el camino de nuestra vida cristiana». Por ello debemos «recordar la Palabra de Dios», «remitirnos a la memoria», «custodiarla», «obedecerle» y «vigilar», para comenzar «una vida nueva, convertida».

 



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