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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

El salario de Jesús

Martes 26 de mayo de 2015

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 22, viernes 29 de mayo de 2015

 

El «salario» del cristiano es «asemejarse a Jesús»: no hay una recompensa en dinero o en poder para quien sigue de verdad al Señor, porque el camino es sólo el del servicio y en la gratuidad. Buscando en cambio un «buen negocio» mundano, con «la riqueza, la vanidad y el orgullo», se «nos sube a la cabeza» y se produce también un «contra-testimonio» en la Iglesia. De esta tentación puso en guardia el Papa durante la misa que celebró el martes 26 de mayo.

El «diálogo entre Pedro y Jesús» inspiró la meditación del Pontífice, que partió precisamente del pasaje evangélico de san Marcos (10, 28-31) propuesto por la liturgia del día. Un diálogo, explicó, que tiene lugar tras el encuentro con «el joven que quería seguir a Jesús: era bueno, Jesús lo amó», como relata el Evangelio. Pero el Señor «le dijo que le faltaba una cosa: vender todo lo que tenía» para darlo «a los pobres: “tendrás un tesoro en el cielo”». Pero «ante estas palabras —afirmó el Papa— el joven frunció el ceño y se marchó triste».

Así, pues, «Jesús retomó el discurso y dijo a los discípulos: “¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!”». Y «los discípulos quedaron desconcertados por sus palabras». Pero «Jesús retomó el discurso y les dijo: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios. Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”».

Y he aquí el pasaje evangélico de la liturgia, con Pedro que asegura a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Como si dijese: «Y a nosotros, ¿qué? ¿Cuál será nuestro salario? Lo hemos dejado todo». En pocas palabras, «los ricos que no han dejado nada —el joven que no quería dejar sus riquezas— no entrarán en el reino de Dio, y para nosotros ¿cuál será la ganancia?».

La cuestión, destacó el Papa Francisco, es que «los discípulos entendían a Jesús a medias, porque el conocimiento de Jesús, plenamente, tiene lugar con la venida del Espíritu Santo». Y, en efecto, Jesús les responde: «En verdad os digo que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más, con persecuciones». En realidad, «Jesús responde indicando otra dirección» y no promete «las mismas riquezas que tenía el joven». Precisamente «el hecho de tener muchos hermanos, hermanas, madres, padres, bienes es la herencia del reino, pero con la persecución, con la cruz. Y esto cambia».

He aquí porqué, explicó el Papa, «cuando un cristiano está apegado a los bienes, hace el mal papel de un cristiano que quiere tener dos cosas: el cielo y la tierra». Y «el punto de confrontación es precisamente lo que dice Jesús: la cruz, las persecuciones, quiere decir negarse a sí mismo, sufrir la cruz cada día».

Por su parte, «los discípulos tenían esta tentación: seguir a Jesús, ¿pero cuál será el final de este buen negocio?». Y, añadió el Pontífice, «pensemos en la madre de Santiago y Juan cuando pidió a Jesús un sitio para sus hijos: “Ah, a este nómbralo primer ministro y a este ministro de economía”». Era «el interés mundano en el seguimiento de Jesús»: pero luego «el corazón de estos discípulos fue purificado, purificado, purificado hasta Pentecostés, cuando lo comprendieron todo».

«La gratuidad en el seguimiento de Jesús es la respuesta a la gratuidad del amor y salvación que nos da Él», recordó el Papa. «Cuando se quiere estar con Jesús y con el mundo, con la pobreza y con la riqueza», surge «un cristianismo a medias, que busca la ganancia material: es el espíritu de la mundanidad». Y «ese cristiano, decía el profeta Elías, “cojea con ambas piernas”», pues «no sabe lo que quiere».

Así, sugirió el Papa Francisco, «la clave para comprender este discurso de Jesús —cien veces más, pero con la cruz— es la última expresión: “Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros”». Y «esto es lo que dice del servicio: “Quien se cree o quien es el más grande entre vosotros, que sea servidor: el más pequeño». No por casualidad, recordó el Papa, al decir estas palabras Jesús «tomó un niño y lo mostró».

«Seguir a Jesús desde el punto de vista humano no es un buen negocio: se trata de servir», insistió el Pontífice. Por lo demás, es exactamente lo que «hizo Él: y si el Señor te da la posibilidad de ser el primero, tú debes comportarte como el último, es decir, con actitud de servicio. Y si el Señor te da la posibilidad de tener bienes, te debes comportar con actitud de servicio, es decir, para los demás».

«Son tres cosas, tres escalones, los que nos alejan de Jesús: las riquezas, la vanidad y el orgullo», afirmó el Papa. «Por ello —explicó— las riquezas son tan peligrosas: te llevan inmediatamente a la vanidad y te crees importante»; pero «cuando te crees importante, se te sube a la cabeza y te pierdes». Es por ello que Jesús nos recuerda el camino: «Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros, y quien es el primero entre vosotros que sea el servidor de todos». Es «un camino de abajamiento», el mismo camino «recorrido por Él».

A «Jesús este trabajo de catequesis a los discípulos le costó mucho, mucho tiempo porque no entendían bien». Así hoy, recomendó el Papa Francisco, «también nosotros tenemos que pedir a Él que nos enseñe este camino, esta ciencia del servicio, esta ciencia de la humildad, esta ciencia de ser los últimos para servir a los hermanos y a las hermanas de la Iglesia».

Para el Pontífice «no es algo bueno ver a un cristiano —laico, consagrado, sacerdote, obispo— que quiera las dos cosas: seguir a Jesús y los bienes, seguir a Jesús y la mundanidad». Es «un contra-testimonio que aleja a la gente de Jesús». Antes de continuar con la celebración de la Eucaristía, el Papa invitó a pensar de nuevo en la pregunta de Pedro: «Lo hemos dejado todo, ¿cómo nos pagarás?». Y a tener bien presente la respuesta de Jesús, porque «el precio que Él nos dará será asemejarnos a Él: este será el “salario”». Y «asemejarse a Jesús», concluyó, es un «gran salario».

 



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