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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Como una gallina con sus polluelos

Jueves 29 de octubre de 2015

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 45, viernes 6 de noviembre de 2015

 

«Con ternura de padre». En la homilía en Santa Marta el 29 de octubre, el Papa recordó una certeza: Dios no logra no amarnos, no logra «despegarse de nosotros». Podemos incluso rechazar ese amor, pero Él nos espera, «no nos condena», en cambio sufre por nuestra lejanía.

La meditación del Pontífice partió de la carta a los Romanos (8, 31-39), donde san Pablo «hace como un resumen de todo lo que había explicado sobre nuestra salvación, sobre el don de Dios en nosotros, lo que el Señor nos ha dado». La relación del apóstol, destacó el Papa, se ve «un poco triunfalista», como si dijese: «¡Hemos ganado el partido!». Es una seguridad expresada por una serie de constataciones: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si Dios nos ha dado este don, con este don nadie podrá contra nosotros. ¿Quién nos acusará? ¿Quién nos condenará?». Parece, comentó el Pontífice, «que la fuerza de esta seguridad de ganador» Pablo la tenga «en sus propias manos, como una propiedad». Como si dijese: «¡Ahora nosotros somos “campeones”!». Y, en efecto, afirma: «Pero en todas estas cosas somos más que vencedores».

Pero tal vez el apóstol, alertó el Papa, «quería decirnos una cosa más profunda» y no simplemente que nosotros somos los vencedores, «porque tenemos este don en nuestras manos pero para otra cosa». ¿Cuál? La respuesta hay que buscarla en el pasaje sucesivo de la carta paulina, donde el apóstol «comienza a razonar así: “Pues estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”». Es decir, explicó el Pontífice, «no es que nosotros somos vencedores respecto a nuestros enemigos, al pecado»; es verdad más bien que «nosotros estamos tan unidos al amor de Dios, que ninguna persona, ninguna potencia, ninguna otra cosa nos podrá separar de este amor».

Así, pues, Pablo, en ese «don de la recreación», de la «regeneración en Cristo Jesús», ha visto algo más: «a quién da el don». Ha visto «el amor de Dios. Un amor que no se puede explicar».De aquí parte la reflexión que toca la vida cotidiana del cristiano. «Cada hombre, cada mujer —dijo el Papa Francisco— puede rechazar el don: “¡No lo quiero! Prefiero mi vanidad, mi orgullo, mi pecado...”. ¡Pero el don está!». Ese don «es el amor de Dios, un Dios que no puede separarse de nosotros». He aquí, añadió el Papa, «la “impotencia” de Dios. Nosotros decimos que “Dios es poderoso, que lo puede hacer todo”. Menos una cosa: ¡separarse de nosotros!».

Se trata de un concepto tan grande que requiere un ejemplo, inmediatamente presentado por el Pontífice. Así, recordó una imagen evangélica —la de Jesús que llora sobre Jerusalén— que «nos hace comprender algo de este amor». En el llanto de Jesús, explicó el Papa Francisco, está «toda la “impotencia” de Dios: su incapacidad de no amar, de no separarse de nosotros».

En el Evangelio de san Lucas (13, 34-35) se lee la lamentación de Jesús sobre la ciudad: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían». Es un lamento, destacó el Papa, que el Señor dirige no sólo a esa ciudad sino a todos, recurriendo a «una imagen de ternura: “Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido”». Como si dijese: «Cuántas veces he querido hacerte sentir esta ternura, este amor, como la gallina con sus polluelos, y vosotros lo habéis rechazado...».

He aquí, entonces, por qué Pablo, habiendo comprendido esto, «puede decir que está convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos de este amor». Dios, en efecto, recordó el Papa, «no puede no amar. Y esta es nuestra seguridad». Una seguridad que es para todos, sin exclusión de clases. «Yo —añadió el Papa Francisco— puedo rechazar ese amor», pero viviré la misma experiencia del buen ladrón que lo rechazó «hasta el final de su vida» y precisamente «allí lo esperaba ese amor». Incluso el hombre «más malo, el más blasfemo es amado por Dios con una ternura de padre, de papá» o, para usar las palabras de Jesús, «como una gallina a sus polluelos». Así, pues, el Papa resumió su meditación: «Dios el poderoso, el creador lo puede hacer todo»; sin embargo «Dios llora» y «en esas lágrimas» está todo su amor. «Dios —concluyó— llora por mí, cuando yo me alejo; llora por cada uno de nosotros; Dios llora por los malvados, los que hacen muchas cosas malas, mucho mal a la humanidad...». Él, en efecto, «espera, no condena, llora. ¿Por qué? ¡Porque ama!».

 



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