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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

La gracia de la vergüenza

Martes 21 de marzo de 2017

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 12, viernes 24 de marzo de 2017

 

Es necesario pedir a Dios «la gracia de la vergüenza», porque «es una gran gracia avergonzarse de los propios pecados y así recibir el perdón y la generosidad de darlo a los demás». Es la invitación del Papa Francisco en la misa celebrada el martes 21 de marzo, en Santa Marta.

Comentando como es habitual las lecturas del día, el Pontífice se detuvo en Mateo 18, 21-35. Jesús, explicó, habla «a sus discípulos sobre la corrección fraterna, sobre la oveja perdida, de la misericordia del pastor. Y Pedro piensa haber entendido todo y valiente como era él, también generoso, dice: “pero, entonces ¿cuántas veces debo perdonar, con esto que tú has dicho de la corrección fraterna y de la oveja perdida? ¿Siete veces está bien?”. Y Jesús dice: “siempre”, con esa forma “setenta veces siete”». En realidad, hizo notar el Papa «es difícil entender el misterio del perdón, porque es un misterio: ¿por qué debo perdonar —se preguntó— si la justicia me permite seguir adelante y pedir que esa justicia haga lo que tiene que hacer?».

La respuesta, sugirió el Papa, la ofrece la Iglesia, que «hoy nos hace entrar en este misterio del perdón, que es la gran obra de misericordia de Dios». Y lo hace ante todo con la primera lectura (Daniel 3, 25.34-43), a través de la cual «nos lleva a la oración de Azarías, momento muy triste de la historia del Pueblo de Dios. Son despojados de todo, han perdido todo y tienen la tentación de creer que Dios les ha abandonado». Descrita la escena, Francisco repitió sus palabras: «Pudiéramos ser acogidos con el corazón contrito y con el espíritu humillado. Pudiéramos encontrar misericordia, tal sea hoy el corazón contrito, el espíritu humillado y nuestro sacrificio delante de ti. Señor, no nos cubras de vergüenza, haz con nosotros según tu clemencia, tu gran misericordia. Sálvanos con tus prodigios».

En particular el Pontífice confirmó: «Señor no nos cubras de vergüenza». Ellos, comentó, «sentían la vergüenza dentro porque permanecieron así, como dice antes: “a causa de nuestros pecados”». En definitiva «Azarías entendió bien que esa situación del Pueblo de Dios es por los pecados. Y se avergüenza. Y por la vergüenza pide perdón». He aquí entonces el “primer paso” que hay que dar: “la gracia de la vergüenza. Para entrar en el misterio del perdón debemos avergonzarnos». Pero, precisó el Papa, «no podemos solos, la vergüenza es una gracia: “Señor, que yo tenga vergüenza de lo que he hecho”. Y así la Iglesia se pone ante este misterio del pecado y nos hace ver la salida, la oración, el arrepentimiento y la vergüenza».

Sucesivamente, prosiguió Francisco, «la Iglesia retoma el pasaje del Evangelio y explica qué significa ese “setenta veces siete”». Quiere decir, aclaró, «que siempre debemos perdonar. Y Jesús narra esta parábola de los dos siervos: el primero fue a ajustar cuentas con el señor y el señor quería hacer justicia y él le suplicaba: “ten paciencia”, pidió perdón y luego el señor tuvo compasión y le perdonó». Pero luego, al salir, encontró al otro, cuya deuda «era muy pequeña, le debía cien denarios, monedas». Y en lugar de perdonarle, «le toma por el cuello y: “¡págame, págame!”». Entonces «el señor, cuando se entera de esto, se ofende y llama a los captores y le hace ir a la cárcel»: “Así también mi Padre celeste lo hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno al propio hermano”». Por esto la necesidad de preguntarse: «¿por qué ha sucedido esto? Este hombre al que se le había perdonado pero mucho dinero, hasta el punto que debía ser vendido como esclavo él, la mujer, los hijos y vendido todo lo que tenía», después sale «y es incapaz de perdonar pequeñas cosas». En resumen, «no ha entendido el misterio del perdón».

Recurriendo a una especie de diálogo imaginario con los presentes, el Papa preguntó: «Si yo pregunto: “¿Pero todos vosotros sois pecadores?” — “Sí, padre, todos” — “¿Y para tener el perdón de los pecados?” — “Nos confesamos” — “¿Y cómo vas a confesarte?” — “Pues, yo voy, digo mis pecados, el sacerdote me perdona, me da tres Avemarías para rezar y después vuelvo en paz”». En este caso, advirtió el Pontífice, «tú no has entendido. Tú solamente has ido al confesionario a hacer una operación bancaria, a hacer una gestión de oficina. Tú no has ido ahí avergonzado de lo que has hecho. Has visto algunas manchas en tu conciencia y te has equivocado porque has creído que el confesionario era una tintorería» capaz solo de quitar «las manchas». La experiencia concreta de cada día lo enseña: «el misterio del perdón es muy difícil» de entender. Por eso, observó Francisco, «hoy la Iglesia es sabia cuando nos hace reflexionar sobre estos dos pasajes». De hecho, «yo puedo perdonar» solamente «si me siento perdonado. Si tú no tienes conciencia de ser perdonado nunca podrás perdonar, nunca». En el fondo, en cada persona «está siempre esa actitud de querer ajustar cuentas con los otros». Mientras «el perdón es total. Pero solamente se puede hacer cuando yo siento mi pecado, me avergüenzo, tengo vergüenza y pido el perdón a Dios y me siento perdonado por el Padre. Y así puedo perdonar. Si no, no se puede perdonar, somos incapaces. Por esto el perdón es un misterio». Esta es la enseñanza de la parábola del siervo, «al cual le han sido perdonadas muchas, muchas, muchas cosas», pero que aún «no ha entendido nada: ha salido feliz, se ha quitado un peso de encima, pero no ha entendido la generosidad de ese señor. Ha salido diciendo en su corazón: “¡No me ha ido mal, he sido astuto!” u otras cosas». Y actualizando la reflexión, el Pontífice advirtió: «saliendo del confesionario, cuántas veces no decimos pero sentimos que no nos ha ido mal». Pero, añadió, «esto no es recibir el perdón: esta es la hipocresía de robar un perdón, un perdón fingido. Y así, si como yo no tengo la experiencia de ser perdonado, no puedo perdonar a los otros, no tengo capacidad, como este hipócrita que ha sido incapaz de perdonar a su compañero». De aquí la conclusión del Papa: «Pidamos hoy al Señor la gracia de entender este “setenta veces siete”. Por otro lado, «si el Señor me ha perdonado tanto, ¿quién soy yo para no perdonar?».

 



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