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DESDE LA CAPILLA DE LA CASA SANTA MARTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

"Fiarse de la misericordia de Dios"

Lunes, 30 de marzo de 2020

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Introducción

Oremos hoy por tantas personas que no logran reaccionar: que están asustadas por esta pandemia. Que el Señor las ayude a levantarse, a reaccionar por el bien de toda la sociedad, de toda la comunidad.

Homilía

En el Salmo Responsorial rezamos: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace reposar. Me conduce a fuentes tranquilas y allí reparo mis fuerzas. Me guía por cañadas seguras haciendo honor a su nombre. Aunque fuese por valle tenebroso, ningún mal temería, pues tú vienes conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 23,1-4). 

Esta es la experiencia de estas dos mujeres, cuya historia leímos en las dos Lecturas. Una mujer inocente, falsamente acusada, calumniada, y una mujer pecadora. Ambas condenadas a muerte. La inocente y la pecadora. Algunos Padres de la Iglesia vieron en estas mujeres una figura de la Iglesia: santa, pero con hijos pecadores. Decían en una hermosa expresión latina: “La Iglesia es la casta meretriz”, la santa con los hijos pecadores.

Ambas mujeres estaban desesperadas, humanamente desesperadas. Pero Susana confía en Dios. También hay dos grupos de personas, de hombres; ambos al servicio de la Iglesia: los jueces y los maestros de la Ley. No eran clérigos, pero estaban al servicio de la Iglesia, en el tribunal y en la enseñanza de la Ley. Diferentes. Los primeros, los que acusaron a Susana, eran corruptos: el juez corrupto, la figura emblemática de la historia. También en el Evangelio, Jesús retoma, en la parábola de la viuda insistente, al juez corrupto que no creía en Dios y no se preocupaba por los demás. Los corruptos. Los doctores de la ley no eran corruptos, sino hipócritas.

Y de estas mujeres, una cayó en manos de hipócritas y la otra en manos de corruptos: no había salida. “Aunque fuese por valle tenebroso, ningún mal temería, pues tú vienes conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 23,4). Ambas mujeres iban por un valle tenebroso, estaban allí: un valle tenebroso, hacia la muerte. La primera confía explícitamente en Dios y el Señor interviene. La segunda, pobrecita, sabe que es culpable, afeada su conducta ante todo el pueblo —porque el pueblo estaba presente en ambas situaciones—, el Evangelio no lo dice, pero seguramente rezaba en su interior, pedía ayuda.

¿Qué hace el Señor con esta gente? Salva a la mujer inocente, le hace justicia. Perdona a la mujer pecadora. A los jueces corruptos los condena; a los hipócritas los ayuda a convertirse, y ante el pueblo dice: “Sí, ¿de verdad? El primero de vosotros que esté sin pecados, que tire la primera piedra” (cf. Jn 8,7), y uno tras otro se van. Tiene algo de ironía, el Apóstol Juan, aquí: “Ellos, al oír estas palabras, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos” (Jn 8,9). Les deja un poco de tiempo para que se arrepientan; a los corruptos no los perdona, simplemente porque el corrupto es incapaz de pedir perdón, ha ido más allá. Se ha cansado... no, no está cansado: no es capaz. La corrupción también le ha quitado la capacidad que todos tenemos de avergonzarnos, de pedir perdón. No, el corrupto está seguro, sigue adelante, destruye, explota a la gente, como a esta mujer, todo, todo... sigue adelante. Se pone en el lugar de Dios.

Y el Señor responde a estas mujeres. A Susana la libera de estos corruptos, la hace seguir adelante, y a la otra: “Tampoco yo te condeno. Vete, y no vuelvas a pecar” (Jn 8,11). La deja ir. Y esto, ante el pueblo. En el primer caso, el pueblo alaba al Señor; en el segundo caso, el pueblo aprende. Aprende cómo es la misericordia de Dios.

Cada uno de nosotros tiene sus propias historias. Cada uno de nosotros tiene sus propios pecados. Y si no los recuerda, que piense un poco: los encontrará. Agradece a Dios si los encuentras, porque si nos los encuentras, eres un corrupto. Todos tenemos nuestros pecados. Miremos al Señor que hace justicia pero es tan misericordioso. No nos avergoncemos de estar en la Iglesia: avergoncémonos de ser pecadores. La Iglesia es la madre de todos. Agradezcamos a Dios que no seamos corruptos, que somos pecadores. Y cada uno de nosotros, mirando cómo actúa Jesús en estos casos, confíe en la misericordia de Dios. Y rece, confiando en la misericordia de Dios, pida el perdón. “Porque Dios me guía por cañadas seguras haciendo honor a su nombre. Aunque pase por un valle tenebroso, el valle del pecado, ningún mal temería, pues tú vienes conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (cf. Sal 23,4).

Oración para recibir la Comunión espiritual

Las personas que no pueden recibir la comunión hacen ahora la comunión espiritual.

A tus pies me postro, ¡oh Jesús mío!, y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón contrito, que se hunde en la nada, ante tu santa Presencia. Te adoro en el Sacramento de tu amor, la inefable Eucaristía, y deseo recibirte en la pobre morada que te ofrece mi alma. Esperando la dicha de la comunión sacramental, quiero poseerte en espíritu. Ven a mí, puesto que yo vengo a ti, ¡oh mi Jesús!, y que tu amor inflame todo mi ser en la vida y en la muerte. Creo en ti, espero en ti, te amo. Así sea.



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