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SANTA MISA Y CANONIZACIÓN DE LAS BEATAS:
- JUANA EMILIA DE VILLENEUVE
- MARÍA CRISTINA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN BRANDO
- MARÍA ALFONSINA DANIL GHATTAS
- MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO BAOUARDY

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
 VII Domingo de Pascua, 17 de mayo de 2015

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Los Hechos de los Apóstoles nos han presentado la Iglesia naciente en el momento en que elige a aquel que Dios llamó a ocupar el lugar de Judas en el colegio de los Apóstoles. No se trata de asumir un cargo, sino un servicio. Y en efecto, Matías, sobre quien recae la elección, recibe una misión que Pedro define así: «Es necesario que […] uno se asocie a nosotros, testigo de su resurrección» —de la resurrección de Cristo— (Hch 1, 21-22). Con estas palabras, él resume qué significa formar parte de los Doce: significa ser testigo de la resurrección de Jesús. El hecho de que diga «se asocie a nosotros», permite comprender que la misión de anunciar a Cristo resucitado no es una tarea individual: hay que vivirla de modo comunitario, con el colegio apostólico y con la comunidad. Los Apóstoles vivieron la experiencia directa y estupenda de la Resurrección; son testigos oculares de tal acontecimiento. Gracias a su testimonio autorizado, muchos creyeron; y de la fe en Cristo resucitado han nacido y nacen continuamente las comunidades cristianas. También nosotros, hoy, fundamos nuestra fe en el Señor resucitado en el testimonio de los Apóstoles, que llegó hasta nosotros mediante la misión de la Iglesia. Nuestra fe está unida firmemente a su testimonio como a una cadena ininterrumpida desplegada a lo largo de los siglos no sólo por los sucesores de los Apóstoles, sino también por generaciones y generaciones de cristianos. En efecto, a imitación de los Apóstoles cada discípulo de Cristo está llamado a convertirse en testigo de su resurrección, sobre todo en los ambientes humanos donde es más fuerte el olvido de Dios y el extravío del hombre.

Para que esto se realice, es necesario permanecer en Cristo resucitado y en su amor, como nos ha recordado la primera Carta de san Juan: «Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en Él» (1 Jn 4, 16). Jesús lo había repetido con insistencia a sus discípulos: «Permaneced en mí… Permaneced en mi amor» (Jn 15, 4. 9). Este es el secreto de los santos: permanecer en Cristo, unidos a Él como los sarmientos a la vid, para dar mucho fruto (cf. Jn 15, 1-8). Y este fruto no es otra cosa que el amor. Este amor resplandece en el testimonio de la hermana Juana Emilia de Villeneuve, que consagró su vida a Dios y a los pobres, a los enfermos, los presos, los explotados, convirtiéndose para ellos y para todos en signo concreto del amor misericordioso del Señor.

La relación con Jesús resucitado es, por decirlo así, la «atmósfera» en la que vive el cristiano y en la cual encuentra la fuerza para permanecer fiel al Evangelio, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. «Permaneced en el amor»: esto es lo que hizo también la hermana María Cristina Brando. La conquistó completamente el amor ardiente al Señor; y de la oración, del encuentro de corazón a corazón con Jesús resucitado, presente en la Eucaristía, recibía la fuerza para soportar los sufrimientos y entregarse como pan partido a muchas personas alejadas de Dios y hambrientas de amor auténtico.

Un aspecto esencial cuando se da testimonio del Señor resucitado es la unidad entre nosotros, sus discípulos, a imagen de la que subsiste entre Él y el Padre. También hoy ha resonado en el Evangelio la oración de Jesús la víspera de la Pasión: «Que sean uno, como nosotros» (Jn 17, 11). De este amor eterno entre el Padre y el Hijo, que se derrama en nosotros por medio del Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5), toman fuerza nuestra misión y nuestra comunión fraterna; de él brota siempre de nuevo la alegría de seguir al Señor en el camino de su pobreza, su virginidad y su obediencia; y ese mismo amor llama a cultivar la oración contemplativa. Lo experimentó de modo eminente la hermana María Baouardy quien, humilde y analfabeta, supo dar consejo y explicaciones teológicas con extrema claridad, fruto del diálogo continuo con el Espíritu Santo. La docilidad al Espíritu Santo también hizo de ella un instrumento de encuentro y comunión con el mundo musulmán. De igual modo, la hermana María Alfonsina Danil Ghattas comprendió bien qué significa irradiar el amor de Dios en el apostolado, convirtiéndose en testigo de mansedumbre y unidad. Ella nos da un claro ejemplo de lo importante que es ser responsables los unos de los otros, vivir al servicio el uno del otro.

Permanecer en Dios y en su amor, para anunciar con la palabra y con la vida la resurrección de Jesús, testimoniando la unidad entre nosotros y la caridad con todos. Esto es lo que hicieron las cuatro santas proclamadas hoy. Su luminoso ejemplo también interpela nuestra vida cristiana: ¿de qué modo soy testimonio de Cristo resucitado? Es una pregunta que debemos plantearnos. ¿Cómo permanezco en Él, cómo permanezco en su amor? ¿Soy capaz de «sembrar» en la familia, en el ambiente de trabajo, en mi comunidad, la semilla de la unidad que Él nos ha dado, haciéndonos partícipes de la vida trinitaria?

Al volver hoy a casa, llevemos la alegría de este encuentro con el Señor resucitado; cultivemos en el corazón el compromiso de permanecer en el amor de Dios, estando unidos a Él y entre nosotros, y siguiendo las huellas de estas cuatro mujeres, modelos de santidad, que la Iglesia nos invita a imitar.

 



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