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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE SANTA MAGDALENA DE CANOSSA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Domingo 12 de marzo de 2017

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Dos veces se hace referencia, en este pasaje del Evangelio (cf. Mateo 17, 1-9), a la belleza de Jesús, de Jesús-Dios, Jesús luminoso, de Jesús lleno de alegría y de vida. Primero, en la visión: «Y se transfiguró». Se transfigura ante ellos, ante los discípulos: «su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Y Jesús se transforma, se transfigura. La segunda vez, mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó que no hablasen de esta visión antes de que Él no hubiese resucitado de entre los muertos, es decir en la resurrección Jesús tendrá —había tenido, pero en ese momento todavía no había resucitado— el mismo rostro luminoso, brillante, ¡así será! Pero ¿qué quería decir? Que entre esta transfiguración, tan hermosa, y esa resurrección, habrá otro rostro de Jesús: habrá un rostro no tan bonito; habrá un rostro feo, desfigurado, torturado, despreciado, sangriento por la corona de espinas... Todo el cuerpo de Jesús estará precisamente como una cosa para descartar. Dos transfiguraciones y en medio Jesús Crucificado, la cruz. ¡Debemos mirar mucho la cruz! Es Jesús-Dios —«este es mi Hijo», «este es mi Hijo, el amado»—, Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo, en el cual el Padre se complace: ¡Él se aniquiló para salvarnos! y para usar una palabra demasiado fuerte, demasiado fuerte, quizás una de las palabras más fuertes del Nuevo Testamento, una palabra que usa Pablo: se ha hecho pecado (cf. 2 Corintios 5, 21). El pecado es la cosa más fea; el pecado es la ofensa a Dios, el bofetón a Dios. Es decir a Dios: «Tú no me importas, yo prefiero esto...». Y Jesús se hizo pecado, se aniquiló, se abajó hasta ahí... Y para preparar a los discípulos a no escandalizarse de verle así, en la cruz, hizo esta transfiguración.

Nosotros estamos acostumbrados a hablar de los pecados: cuando nos confesamos —«he cometido este pecado, he cometido ese otro...»—; y también en la confesión, cuando nosotros somos perdonados, sentimos que somos perdonados porque Él tomó este pecado en la Pasión: Él se hizo pecado. Nosotros estamos acostumbrados a hablar de los pecados de los demás. Es una cosa fea... en lugar de hablar de los pecados de los demás, no digo que nos hagamos pecado nosotros, porque no podemos, sino mirar nuestros pecados y a Él, que se hizo pecado. Este es el camino hacia la Pascua, hacia la Resurrección: con la seguridad de esta transfiguración seguir adelante; ver este rostro tan luminoso, tan bonito que será el mismo en la Resurrección y el mismo que encontraremos en el Cielo, y también ver este otro rostro, que se hizo pecado, que pagó así, por todos nosotros. Jesús se hizo pecado, se hizo maldición de Dios por nosotros: el Hijo bendecido, en la Pasión se convirtió en maldito porque cargó sobre sí nuestros pecados (cf. Gálatas 3, 10-14). Pensemos, en esto. ¡Cuánto amor! ¡Cuánto amor! Y pensemos también en la belleza del rostro transfigurado de Jesús que encontraremos en el Cielo.

Y que esta contemplación de los dos rostros de Jesús —el transfigurado y el hecho pecado, hecho maldición— nos anime a seguir adelante por el camino de la vida, en el camino de la vida cristiana. Nos anime a pedir perdón por nuestros pecados, a no pecar tanto... nos anime sobre todo a tener confianza, porque Él se hizo pecado y porque cargó sobre sí los nuestros.

Y Él está dispuesto siempre a perdonarnos. Solamente, debemos pedírselo.

 



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