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SANTA MISA IN COENA DOMINI

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Cárcel de “Regina Coeli”, Roma
Jueves Santo, 29 de marzo de 2018

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Jesús termina su discurso diciendo: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Juan 13, 15). Lavar los pies. Los pies, en esa época, eran lavados por los esclavos. La gente recorría el camino, no había asfalto, no había «sanpietrini»; en aquel tiempo había polvo en el camino y la gente se manchaba los pies. Y en la entrada de la casa estaban los esclavos que lavaban los pies. Era un trabajo por esclavos. Pero era un servicio: un servicio hecho de esclavos. Y Jesús quiere hacer este servicio, para darnos un ejemplo de cómo nosotros debemos servirnos los unos a los otros.

Una vez, cuando estaban en camino, dos de los discípulos que querían hacer carrera, habían pedido a Jesús ocupar puestos importantes, uno a la derecha y otro a la izquierda (cf. Marcos 10, 35-45). Y Jesús los miró con amor —Jesús miraba siempre con amor— y dijo: «No sabéis lo que pedís» (v. 38). Los jefes de las naciones —dice Jesús— mandan, se hacen servir, y ellos están bien (cf. v. 42). Pensemos en esa época de los reyes, de los emperadores tan crueles, que se hacían servir por los esclavos... Pero entre vosotros —dice Jesús— no debe ser lo mismo: quien manda debe servir. Vuestro jefe debe ser vuestro servidor (cf. v. 43). Jesús da la vuelta a la costumbre histórica, cultural de esa época —también esta de hoy —aquel que manda, para ser un buen jefe, sea donde sea, debe servir. Yo pienso muchas veces —no en este tiempo porque cada uno todavía está vivo y tiene la oportunidad de cambiar de vida y no podemos juzgar, pero pensemos en la historia— si muchos reyes, emperadores, jefes de Estado hubieran entendido esta enseñanza de Jesús y en vez de mandar, ser crueles, matar gente, hubieran hecho esto, ¡cuántas guerras no se hubieran hecho! El servicio: realmente hay gente que no facilita esta actitud, gente soberbia, gente odiosa, gente que quizá nos desea el mal; pero nosotros estamos llamados a servirles más. Y también hay gente que sufre, que está descartada por la sociedad, al menos por un periodo, y Jesús va ahí a decirles: Tú eres importante para mí. Jesús viene a servirnos, y la señal que Jesús nos sirve hoy aquí, en la cárcel de Regina Coeli, es que ha querido elegir a doce de vosotros, como los doce apóstoles, para lavar los pies. Jesús arriesga sobre cada uno de nosotros. Sabed esto: Jesús se llama Jesús, no se llama Poncio Pilato. Jesús no sabe lavarse las manos: ¡solamente sabe arriesgar! Mirad esta imagen tan bonita: Jesús arrodillado entre las espinas, arriesgando herirse para tomar la oveja perdida.

Hoy yo, que soy pecador como vosotros, pero represento a Jesús, soy embajador de Jesús. Hoy, cuando yo me arrodillo delante de cada uno de vosotros, pensad: «Jesús ha arriesgado en este hombre, un pecador, para venir a mí y decirme que me ama». Este es el servicio, este es Jesús: no nos abandona nunca, no se cansa nunca de perdonarnos. Nos ama mucho. ¡Mirad cómo arriesga Jesús! Y así, con estos sentimientos, vamos adelante con esta ceremonia que es simbólica. Antes de darnos su cuerpo y su sangre, Jesús arriesga por cada uno de nosotros, y arriesga en el servicio porque nos ama mucho.

* * *

Durante el rito litúrgico, en el momento del intercambio de la paz, el Pontífice pronunció las siguientes palabras:

Y ahora, todos nosotros —estoy seguro que todos nosotros— tenemos ganas de estar en paz con todos. Pero en nuestro corazón muchas veces hay sentimientos encontrados. Es fácil estar en paz con aquellos a los que queremos y con los que nos hacen el bien; pero no es fácil estar en paz con aquellos que nos han hecho mal, que no nos quieren, con los cuales estamos en enemistad. En silencio, un momento, que cada uno piense en aquellos que nos quieren y aquellos que nosotros queremos, y también que cada uno piense en aquellos que no nos quieren y también en aquellos que no queremos y también —es más— en aquellos de los que queremos vengarnos. Y pedimos al Señor, en silencio, la gracia de dar a todos, buenos y malos, el don de la paz.


Al finalizar la visita a la prisión, el Pontífice, respondiendo a los saludos de la directora del penitenciario y de un detenido, pronunció estas palabras:

Tú has hablado de una mirada nueva: renovar la mirada... Esto hace bien, porque a mi edad, por ejemplo, vienen las cataratas, y no se ve bien la realidad: el año próximo deberemos operar. Pues así sucede con el alma: el trabajo de la vida, el cansancio, los errores, las desilusiones oscurecen la mirada, la mirada del alma. Y por esto, eso que tú has dicho es verdad: aprovechar las oportunidades para renovar la mirada. Y como dije en la plaza de San Pedro durante la audiencia general de ayer, en muchos pueblos, pero también en mi tierra, cuando se escuchan las campanas de la Resurrección del Señor, las madres, las abuelas llevan a los niños a lavarse los ojos para que tengan la mirada de la esperanza del Cristo resucitado. No os canséis nunca de renovar la mirada. De hacer esa operación de cataratas al alma, cotidiana. Pero siempre renovar la mirada. Es un bonito esfuerzo.

Todos vosotros conocéis la botella de vino a la mitad: si yo miro la mitad vacía, es fea la vida, es fea, pero si miro la mitad llena, todavía tengo para beber. La mirada que abre a la esperanza, palabra que tú has dicho y también ella [la directora] ha dicho; y ella la ha repetido varias veces. No se puede concebir una prisión como esta sin esperanza. Aquí, los huéspedes están para aprender o hacer crecer el «sembrar esperanza»: no hay ninguna pena justa —¡justa!— sin que esté abierta a la esperanza. Una pena que no esté abierta a la esperanza no es cristiana, ¡no es humana!

Están las dificultades en la vida, las cosas feas, la tristeza. Uno piensa en los suyos, piensa en la madre, en el padre, la mujer, el marido, los hijos... es fea, esa tristeza. Pero no dejarse desanimar: no, no. Yo estoy aquí, pero para reinsertarme, renovado o renovada. Y esta es la esperanza. Sembrar esperanza. Siempre, siempre. Vuestro trabajo es este: ayudar a sembrar la esperanza de la reinserción, y esto nos hará bien a todos. Siempre. Toda pena debe estar abierta al horizonte de la esperanza. Por esto, no es ni humana ni cristiana la pena de muerte. Toda pena debe estar abierta a la esperanza, a la reinserción, también para dar la experiencia vivida por el bien de las otras personas.

Agua de resurrección, mirada nueva, esperanza: esto os deseo. Sé que vosotros huéspedes habéis trabajado mucho para preparar esta visita, también blanquear las paredes: os doy las gracias. Es para mí una señal de benevolencia y de acogida, y os doy las gracias. Estoy cerca de vosotros, rezo por vosotros, y vosotros rezad por mí y no os olvidéis: el agua que hace la mirada nueva, y la esperanza.

 



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