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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO
A MOZAMBIQUE, MADAGASCAR Y MAURICIO

(4-10 DE SEPTIEMBRE DE 2019)

ENCUENTRO CON LAS RELIGIOSAS CONTEMPLATIVAS
EN EL MONASTERIO DE LAS CARMELITAS DESCALZAS

Antananarivo
Sábado, 7 de septiembre de 2019

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Meditación improvisada

Homilía preparada por el Santo Padre y entregada durante el encuentro


MEDITACIÓN IMPROVISADA

 

Os darán por escrito lo que he preparado, así lo podéis leer y meditarlo tranquilas. Ahora yo quisiera deciros algo desde el corazón.

La lectura del primer libro de los Reyes (2,2b-3), dirigida a Josué, comenzaba con una llamada al valor: «¡Ánimo sé un hombre!». Ánimo, y para seguir al Señor es necesario el valor, siempre, un poco de ánimo. Es verdad que el trabajo más pesado lo hace él, pero se necesita ánimo para dejarle hacer. Y me viene a la mente una imagen, que me ha ayudado mucho en mi vida de sacerdote y de obispo. Una noche tarde, dos religiosas, una muy joven y una anciana iban desde el coro, donde habían rezado vísperas, al refectorio. A la anciana le costaba caminar, estaba casi paralítica, y la joven intentaba ayudarla, pero la anciana se ponía nerviosa, decía: “No me toques. No hagas eso que me caigo”. Y, Dios sabe, pero parece que la enfermedad había vuelto a la anciana un poco neurótica. Pero la joven siempre con la sonrisa la acompañaba. Al final, llegaron al refectorio, la joven intentaba ayudarla a sentarse, y la anciana: “No, no, me haces daño, me duele aquí…”, pero al final se sentaba. Una joven, ante esta situación, seguramente hubiese estado tentada de mandarla a paseo. Pero aquella joven sonreía, cogía el pan, lo preparaba y se lo daba. Esta no es una fábula, es una historia auténtica: la anciana se llamaba sor San Pedro, y la joven sor Teresa del Niño Jesús.

Esta es una historia auténtica, que refleja una pequeña parte de la vida comunitaria, que hace ver el espíritu con el que se puede vivir una vida comunitaria. La caridad en las pequeñas y en las grandes cosas. Aquella joven habría podido pensar: “Sí, pero mañana iré a la priora y le diré que envíe a una más fuerte a ayudar a esta anciana, porque yo no soy capaz”. No pensó así. Creyó en la obediencia: “La obediencia me ha dado esta tarea y la cumpliré”. Con la fuerza de la obediencia hacía con caridad exquisita este trabajo. Sé que todas vosotras, monjas de clausura, habéis venido para estar cerca del Señor, para buscar el camino de la perfección; pero el camino de la perfección se encuentra en estos pequeños pasos en el camino de la obediencia. Pequeños pasos de caridad y de amor. Pequeños pasos que parecen nada, pero son pequeños pasos que atraen, que “hacen esclavo” a Dios, pequeños hilos que “apresan” a Dios. Esto pensaba la joven: a los hilos con los que apresaba a Dios, a las cuerdas, cuerdas de amor, que son los pequeños actos de caridad, pequeños, pequeñísimos, porque nuestra pequeña alma no puede hacer grandes cosas.

Sé valiente. El valor de dar pequeños pasos, el valor de creer que, a través de la pequeñez, Dios es feliz, y consuma la salvación del mundo. “No pero yo pienso que debe cambiar la vida religiosa, debe ser más perfecta, más cercana a Dios, y por esto yo quiero ser priora, capitular, para cambiar las cosas… No digo que alguna de vosotras piense esto… Pero el diablo se insinúa en estos pensamientos. Si tú quieres cambiar no solo el monasterio, no solo la vida religiosa —cambiar y salvar con Jesús—, salvar el mundo comenzando con estos pequeños actos de amor, de renuncia a sí mismo, que aprisionan a Dios y lo traen entre nosotros.

Volvamos a la historia de la joven y de la anciana. Una de estas tardes, antes de cenar, mientras iban del coro al refectorio —salían diez minutos antes del coro para ir al refectorio, paso a paso— Teresa sintió una música, de fuera… Era una música de fiesta, de baile… Y pensó en una fiesta en la que las jóvenes y los jóvenes bailaban, honestamente, una hermosa fiesta de familia… tal vez un matrimonio, un cumpleaños… Pensó en la música, en todo aquello… Y sintió algo dentro, tal vez ha sentido: “Sería hermoso estar allí”, no sé… Y enseguida, decidida, dijo al Señor que nunca, nunca habría cambiado por esa fiesta mundana uno solo de sus gestos con la hermana anciana. Estos la hacían más feliz que todos los bailes del mundo.

Seguramente, a vosotras, la mundanidad os llegará de muchas formas escondidas. Sabed discernir, con la priora, con la comunidad en capítulo, discernir las voces de la mundanidad, porque no entren en la clausura. La mundanidad no es una monja de clausura, más aun, es una cabra que va por su camino, lleva fuera de la clausura… Cuando te vienen pensamientos de mundanidad, cierra la puerta y piensa a los pequeños actos de amor, estos salvan el mundo. Teresa prefirió custodiar la anciana y seguir adelante.

Esto que os diré ahora, lo diré no para asustaros, sino que es una realidad, lo ha dicho Jesús, y me permito de decirlo también yo. Cada una de vosotras, para entrar en el convento, ha debido luchar, ha hecho tantas cosas buenas y ha vencido, ha vencido: ha vencido el espíritu mundano, ha vencido el pecado, ha vencido al diablo. Tal vez, el día en que tú has entrado en el convento, el diablo se ha quedado en la puerta, triste: “He perdido un alma”, y se ha ido. Pero después ha ido a pedir consejo a otro diablo más astuto, un diablo viejo, que seguramente le ha dicho: “Ten paciencia, espera”. Es un modo habitual de actuar del demonio. Jesús lo dice. Cuando el demonio deja libre un alma, se va; después, pasado un poco de tiempo, tiene ganas de volver, y ve aquel alma tan hermosa, tan bien dispuesta, tan bella, y quiere entrar. ¿Y qué dice Jesús? Que el diablo va y busca otros siete peores que él y vuelve con los siete, y quieren entrar en esa casa dispuesta. Pero no pueden entrar haciendo ruido, como si fuesen ladrones, deben entrar educadamente. Y así los diablos “educados” llaman a la puerta: “Quisiera entrar…, busco esta ayuda, o esto otro, o lo de más allá”. Y les dejan entrar. Son diablos educados, entran en casa, cambian la disposición y después, dice Jesús, el final de ese hombre o de esa mujer es peor que el inicio. ¿Pero no te has dado cuenta que ese era un espíritu maligno? “No, era educado, muy bueno”. Y ahora, no, yo me voy a casa porque no puedo tolerar esto…”. Es demasiado tarde ya, tú lo has dejado entrar demasiado dentro de tu corazón. ¿No te has dado cuenta, no has hablado con la priora, no has hablado con el capítulo, con alguna de las hermanas de la comunidad? El tentador no quiere ser descubierto, por eso se disfraza de persona noble, educada, a veces de padre espiritual, a veces… Por favor, hermana, cuando tu sientes algo extraño, habla enseguida. Habla enseguida. Manifiéstalo. Si Eva hubiese hablado a tiempo, si hubiese ido al Señor para decirle: “Esta serpiente me dice estas cosas, ¿tú que crees?”. Si hubiese hablado a tiempo. Pero Eva no habló, y vino el desastre. Este consejo os doy: hablar enseguida, hablar a tiempo, cuando hay algo que os quita la tranquilidad; no digo la paz, sino todavía antes la tranquilidad, después la paz. Esto es ayuda, esta es la defensa que tenéis en la comunidad: una ayuda a la otra para hacer un frente común, para defender la santidad, para defender la gloria de Dios, para defender el amor, para defender el monasterio. “Pero nosotras nos defendemos bien de la mundanidad espiritual, nos defendemos bien del diablo porque tenemos doble reja, y en medio también una cortina”. La doble reja y la cortina no son suficientes. Podríais tener cien cortinas. Es necesaria la caridad, la oración. La caridad de pedir consejo a tiempo, de escuchar a las hermanas, de escuchar a la priora. Y la oración con el Señor, la oración: “Señor, es verdad que esto que siento, esto que me dice la serpiente, ¿es verdad?”. Aquella joven Teresa, apenas sentía algo dentro, lo hablaba con la priora…, que no la quería, no la amaba la priora. “Pero como puedo ir a hablar con la priora si cada vez que me ve me enseña los dientes”. Sí, pero es la priora, es Jesús. “Pero, padre, la priora no es buena, es mala”. Deja que lo diga el Señor, para ti es Jesús la priora. “Pero la priora es un poco anciana, no le funcionan bien las cosas…”. Deja que lo decida el capítulo; tú, si quieres decir esto, lo dices en el capítulo, pero tú ve a la priora, porque es Jesús. Siempre la trasparencia del corazón. Siempre hablando se vence.

Y esta Teresa, que sabía que era antipática a la priora, iba con ella. Es verdad, es necesario reconocer que no todas las prioras son el premio Nobel de la simpatía. Pero son Jesús. El camino de la obediencia es el que te sujeta al amor, nos sujeta al amor.

Después, Teresa se enfermó. Se enfermó y, poco a poco, le parecía  haber perdido la fe. Esta pobrecita, que en su vida había sabido espantar los diablos “educados”, a la hora de la muerte no sabía cómo actuar con el demonio que la rondaba. Decía: “Lo veo: gira, gira…”. Es la oscuridad de los últimos días, de los últimos meses de la vida. Para la tentación, la lucha espiritual, el ejercicio de la caridad no se jubila, hasta el final tú debes luchar. Hasta el final. Ella pensaba haber perdido la fe. Y llamaba a las hermanas para que echaran agua santa en su cama, para que llevaran las velas bendecidas… La lucha del monasterio es hasta el final. Pero es hermosa, porque en esa lucha —cruel pero bella—, cuando es auténtica, no se pierde la paz.

Este Papa —diréis— es un poco “folclórico”, porque en vez de hablarnos de cosas teológicas, nos ha hablado como a las niñas. Ojalá fuesen todas niñas en el espíritu, ojalá. Con esa dimensión de infancia que el Señor tanto ama.

Quisiera terminar la historia de Teresa con la anciana. Teresa, ahora, acompaña a un anciano. Y quiero dar testimonio de esto, quiero dar testimonio porque ella me ha acompañado, en cada paso me acompaña. Me ha enseñado a dar pasos. A veces soy un poco neurótico y la echo fuera, como Madre San Pedro. A veces la escucho; a veces los dolores no me dejan escucharla bien… Pero es una amiga fiel. Por eso no he querido hablaros de teorías, he querido hablaros de mi experiencia con una Santa, y de deciros lo que es capaz de hacer una santa y cuál es el camino para ser santos. Ánimo, adelante.


HOMILÍA PREPARADA POR EL SANTO PADRE

Querida Madre Magdalena de la Anunciación,
Queridas hermanas:

Agradezco la cálida bienvenida, así como sus palabras, querida Madre, que son como el eco de todas las monjas contemplativas de varios monasterios de este país. Les agradezco, queridas hermanas, por dejar por un momento la clausura, para manifestar vuestra comunión conmigo y con la vida y misión de toda la iglesia, especialmente la de Madagascar.

Doy gracias por vuestra presencia, por vuestra fidelidad, por el testimonio luminoso de Jesucristo que ofrecéis a la comunidad. En este país hay pobreza, es verdad, ¡pero también hay mucha riqueza! Rico en bellezas naturales, humanas y espirituales. Hermanas, vosotras también participáis de esta belleza de Madagascar, de su gente y de la Iglesia, porque es la belleza de Cristo la que brilla en sus rostros y en sus vidas. Sí, gracias a vosotras, la Iglesia en Madagascar es aún más hermosa a los ojos del Señor y también a los ojos de todo el mundo.

Los tres salmos de la liturgia de hoy expresan la angustia del salmista en un momento de prueba y peligro. Permitidme detenerme en el primero, es decir sobre la parte del Salmo 119, el más largo del salterio, compuesto de ocho versos por cada letra del alfabeto hebreo. Sin duda su autor es un hombre de contemplación, alguien que sabe dedicarle tiempos largos y bellos a la oración. En el pasaje de hoy, la palabra que aparece varias veces y le da tonalidad a todo es “consumir”, usada sobre todo en dos sentidos.

El orante se consume por el deseo del encuentro con Dios. Vosotras sois testimonio vivo de ese deseo inextinguible en el corazón de todos los hombres. En medio de las múltiples ofertas que pretenden —pero no pueden— saciar el corazón, la vida contemplativa es la antorcha que lleva al único fuego perenne, «la llama de amor viva que tiernamente hiere» (san Juan de la Cruz). Vosotras representáis «visiblemente la meta hacia la cual camina toda la comunidad eclesial que «se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo, preanunciando de este modo la gloria celestial» (Const. ap. Vultum Dei quaerere, 2).

Siempre estamos tentados de saciar el deseo de lo eterno con cosas efímeras. Nos vemos expuestos a mares embravecidos que sólo terminan ahogando la vida y el espíritu: «Como el marinero en alta mar necesita el faro que indique la ruta para llegar al puerto, así el mundo os necesita a vosotras. Sed faros, para los cercanos y sobre todo para los lejanos. Sed antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo. Sed centinelas de la aurora (cf. Is 21,11-12) que anuncian la salida del sol (cf. Lc 1,78). Con vuestra vida transfigurada y con palabras sencillas, rumiadas en el silencio, indicadnos a Aquel que es camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Como Andrés a Simón, gritadnos: “Hemos encontrado al Señor” (cf. Jn 1,40); como María de Magdala la mañana de la resurrección, anunciad: “He visto al Señor” (Jn 20,18)» (ibíd., 6).

Pero también el salmo habla de otro consumir: el que se refiere a la intención de los malvados, de quienes quieren acabar con el justo; ellos lo persiguen, le ponen trampas y lo quieren hacer caer. Un monasterio siempre es un espacio donde llegan los dolores del mundo, los de vuestro pueblo. Que vuestros monasterios, respetando su carisma contemplativo y sus constituciones, sean lugares de acogida y escucha, especialmente de las personas más infelices. Hoy nos acompañan dos madres que han perdido a sus hijos y representan todos los dolores de vuestros hermanos isleños. Estad atentas a los gritos y las miserias de los hombres y mujeres que están a vuestro alrededor y que acuden a vosotras consumidos por el sufrimiento, la explotación y el desánimo. No seáis de aquellas que escuchan sólo para aligerar su aburrimiento, saciar su curiosidad o recoger temas para conversaciones futuras.

En este sentido tenéis una misión fundamental que llevar a cabo. La clausura os sitúa en el corazón de Dios y, por tanto, allí donde Él tiene su corazón. Escucháis el corazón del Señor para escucharlo también en vuestros hermanos y hermanas. La gente que os rodea es a menudo muy pobre, débil, agredida y herida de mil maneras; pero está llena de fe, y reconoce instintivamente en vosotras a testigos de la presencia de Dios, preciosas referencias para encontrarse con Él y obtener su ayuda. Ante tanto dolor que los va consumiendo por dentro, que les roba la alegría y esperanza, y los hace sentir extranjeros, vosotras podéis ser un camino hacia esa roca que evocamos en otro de los salmos: «Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica. Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible» (Sal 60, 2,3).

¡La fe es el mayor bien de los pobres! Es de suma importancia que esta fe sea anunciada, fortalecida en ellos, que realmente los ayude a vivir y esperar. Y que la contemplación de los misterios de Dios expresada en vuestra liturgia y en vuestros tiempos de oración, os permita descubrir mejor su presencia activa en cada realidad humana, incluso la más dolorosa, y dar gracias porque en la contemplación Dios os regala el don de la intercesión. Con vuestra oración vosotras como esas madres cargáis a vuestros hijos en vuestros hombros y los lleváis hacia la tierra prometida.  «La oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias más perturbadoras y sus mejores sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: “Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo” (2 M 15,14)» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 154).

Queridas hermanas contemplativas: Sin vosotras, ¿qué sería la Iglesia y los que viven en las periferias humanas de Madagascar? ¿Qué pasaría con todos aquellos que trabajan en la vanguardia de la evangelización, y aquí en particular en las condiciones más precarias, las más difíciles y, a veces, las más peligrosas? Todos ellos se apoyan en vuestra oración y en la ofrenda siempre renovada de vuestras vidas, una ofrenda muy preciosa a los ojos de Dios y que os hace partícipes del misterio de la redención de esta tierra y de las personas queridas que viven en ella.

«Estoy como un odre puesto al humo», dice el salmo (119,83), haciendo alusión al largo tiempo transcurrido viviendo este doble modo de ser consumido: por Dios y por las dificultades del mundo. A veces, casi sin querer nos vamos alejando, y caemos en «la apatía, en la rutina, en la desmotivación, en la desidia paralizadora» (Const. ap. Vultum Dei quaerere, 11). No importan, no importan los años que tenéis o la dificultad para caminar o llegar a tiempo para los oficios. No somos odres puestos al lado del humo sino troncos que arden hasta consumirse en el fuego que es Jesús; quien nunca nos defrauda y toda deuda paga.

Gracias por este momento compartido. Me confío a vuestras oraciones. Os confío todas las intenciones que llevo conmigo en este viaje a Madagascar; recemos juntos para que el Espíritu del Evangelio germine en los corazones de todo nuestro pueblo.

 



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