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MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA 47ª SEMANA SOCIAL
DE LOS CATÓLICOS ITALIANOS

 

Al venerado hermano
cardenal Angelo Bagnasco
Presidente de la Conferencia episcopal italiana

Dirijo mi saludo a usted y a todos los participantes en la 47ª Semana social de los católicos italianos, convocada en Turín. Renuevo mi abrazo fraterno a los obispos presentes, en especial al Pastor de esa Iglesia, arzobispo Cesare Nosiglia, así como al arzobispo Arrigo Miglio y a los miembros del Comité científico y organizador. Saludo a todos los representantes de las diócesis de Italia y de las diversas asociaciones eclesiales.

La tradición de las Semanas sociales en Italia inició en 1907, y entre sus principales promotores se contó al beato Giuseppe Toniolo. Esta 47ª Semana es la primera que se realiza después de su beatificación, que tuvo lugar el 28 de abril de 2012, y precisamente se confió de modo especial a su intercesión. La figura del beato Toniolo forma parte de ese luminoso grupo de católicos laicos que, a pesar de las dificultades de su tiempo, quisieron y supieron, con la ayuda de Dios, recorrer caminos proficuos para trabajar en la búsqueda y en la construcción del bien común. Con su vida y su pensamiento ellos practicaron lo que luego el Concilio Vaticano II enseñó respecto a la vocación y misión de los laicos (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 31); y su ejemplo constituye un aliento siempre válido para los católicos laicos de hoy para buscar a su vez vías eficaces con la misma finalidad, a la luz del más reciente Magisterio de la Iglesia (cf. Benedicto XVI, enc. Deus caritas est, 28). La fuerza ejemplar de la santidad en campo social se hace, en este caso, aún más sensible desde la sede de esta 47ª Semana social. Turín, en efecto, es una ciudad emblemática para todo el camino histórico-social de Italia, y lo es de modo particular por la presencia de la Iglesia en este camino. En los siglos XIX y XX trabajaron en Turín numerosos hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos, algunos de ellos santos y beatos, que testimoniaron con la vida y actuaron eficazmente con las obras al servicio de los jóvenes, las familias y los más pobres.

Las Semanas sociales de los católicos italianos, en los diversos períodos históricos, han sido providenciales y valiosas, y lo son aún hoy. Las mismas se proponen, en efecto, como iniciativa cultural y eclesial de alto nivel, capaz de afrontar, y si es posible anticipar, los interrogantes y desafíos algunas veces radicales planteados por la actual evolución de la sociedad. Por ello, la Iglesia en Italia, hace ya 25 años, quiso retomarlas y relanzarlas, como momentos cualificados de escucha y de investigación, de confrontación y de profundización, muy importantes tanto para la comunidad eclesial misma, por su servicio de evangelización y promoción humana, como para los estudiosos y los agentes en el campo cultural y social (cf. Nota pastoral cei del 20 de noviembre de 1988). Las Semanas sociales son, de este modo, un instrumento privilegiado a través del cual la Iglesia en Italia da su propia aportación para la búsqueda del bien común del país (cf. Conc. Ecum. Vat. II, const. past. Gaudium et spes, 26). Esta tarea, que es tarea de toda la comunidad en sus diversas articulaciones, pertenece, como ya lo recordábamos, de modo específico a los laicos y a su responsabilidad.

El tema de esta Semana social es «La familia, esperanza y futuro para la sociedad italiana». Expreso todo mi aprecio por esta elección, y por haber asociado a la familia la idea de esperanza y de futuro. ¡Es precisamente así! Pero para la comunidad cristiana la familia es mucho más que un «tema»: es vida, es tejido cotidiano, es camino de generaciones que se transmiten la fe juntamente con el amor y con los valores morales fundamentales, es solidaridad concreta, fatiga, paciencia, y también proyecto, esperanza, futuro. Todo esto, que la comunidad cristiana vive a la luz de la fe, de la esperanza y de la caridad, nunca lo guarda para sí misma, sino que cada día se convierte en levadura en la masa de toda la sociedad, para su mayor bien común (cf. ibid., 47).

Esperanza y futuro presuponen memoria. La memoria de nuestros ancianos es el apoyo para ir adelante en el camino. El futuro de la sociedad, y en concreto de la sociedad italiana, está radicado en los mayores y en los jóvenes: éstos, porque tienen la fuerza y la edad para llevar adelante la historia; los otros, porque son la memoria viva. Un pueblo que no cuida a los ancianos, los niños y los jóvenes no tiene futuro, porque maltrata la memoria y la promesa.

En esta perspectiva se coloca esta 47ª Semana social, con el documento preparatorio que la precedió. Ésta quiere ofrecer un testimonio y proponer una reflexión, un discernimiento, sin prejuicios, lo más abierto posible, atento a las ciencias humanas y sociales. Ante todo, como Iglesia ofrecemos una concepción de la familia, que es la del Libro del Génesis, de la unidad en la diferencia entre hombre y mujer, y de su fecundidad. En esta realidad, además, reconocemos un bien para todos, la primera sociedad natural, come se recogió también en la Constitución de la República italiana. En definitiva, queremos reafirmar que la familia así entendida sigue siendo el primer y principal sujeto constructor de la sociedad y de una economía a la medida del hombre, y como tal merece ser eficazmente sostenida. Las consecuencias, positivas o negativas, de las opciones de carácter cultural, sobre todo, y político referidas a la familia tocan los diversos ámbitos de la vida de una sociedad y de un país: desde el problema demográfico —que es grave para todo el continente europeo y de modo especial para Italia— a las demás cuestiones relativas al trabajo y a la economía en general, al crecimiento de los hijos, hasta aquellas que se refieren a la visión antropológica misma que está en la base de nuestra civilización (cf. Benedicto XVI, enc. Caritas in veritate, 44).

Estas reflexiones no atañen solamente a los creyentes sino a todas las personas de buena voluntad, a todos aquellos que se interesan por el bien común del país, precisamente como sucede con los problemas de la ecología ambiental, que mucho puede ayudar a comprender los de la «ecología del hombre» (cf. Ib., Discurso al Bundestag, Berlín, 22 de septiembre de 2011). La familia es escuela privilegiada de generosidad, de compartir, de responsabilidad, escuela que educa a superar una cierta mentalidad individualista que se abrió camino en nuestras sociedades. Sostener y promover a las familias, valorando en ellas su papel fundamental y central, es trabajar por un desarrollo equitativo y solidario.

No podemos ignorar el sufrimiento de tantas familias debido a la falta de trabajo, al problema de la casa, a la imposibilidad práctica de actuar libremente las propias opciones educativas; el sufrimiento debido a los conflictos internos de las familias mismas, a los fracasos de la experiencia conyugal y familiar, a la violencia que lamentablemente anida y provoca daños incluso en el seno de nuestras casas. A todos debemos y queremos estar especialmente cerca, con respeto y auténtico sentido de fraternidad y solidaridad. Queremos, sobre todo, recordar el testimonio sencillo, pero hermoso y valiente, de tantísimas familias que viven la experiencia del matrimonio y de ser padres con alegría, iluminados y sostenidos por la gracia del Señor, sin miedo de afrontar incluso los momentos de la cruz que, vivida en unión con la del Señor, no impide el camino del amor, sino que, es más, puede hacerlo más fuerte y más completo.

Que esta Semana social contribuya de modo eficaz a poner de relieve el vínculo que une el bien común a la promoción de la familia fundada en el matrimonio, más allá de prejuicios e ideologías. Se trata de una deuda de esperanza que todos tienen respecto al país, de modo particular de los jóvenes, a quienes es necesario ofrecer esperanza para el futuro. A usted, querido hermano, y a la gran asamblea de la Semana social de Turín aseguro mi recuerdo en la oración y, mientras pido que recen también por mí y por mi servicio a la Iglesia, envío de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 11 de septiembre de 2013

 

FRANCISCO

 


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