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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL PATRIARCA DE JERUSALÉN DE LOS LATINOS

 

A Su Beatitud Fouad Twal,
Patriarca de Jerusalén de los latinos

Le envío cordiales saludos a usted, a sus hermanos obispos y a todos los que están reunidos en Nazaret, mientras celebráis la conclusión del Año de la fe en Tierra Santa. Os aseguro mi cercanía espiritual y rezo para que esta celebración no sólo testimonie vuestra fe, sino que también la alimente e invite a otros a un encuentro con Jesucristo.

Al proclamar el Año de la fe, mi amado predecesor Benedicto XVI nos recordó que es un aspecto «decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado» (Porta fidei, 13). Este último año nos ha ofrecido a todos la ocasión de reflexionar nuevamente sobre el misterio de la fe y la santidad de Dios, que Él compartió con nosotros en Jesucristo. Lo hacemos como pecadores, conscientes de nuestra indignidad, pero aún más agradecidos por la misericordia de Dios y por la invitación constante a la unión con Él y con todo el pueblo.

La historia de nuestra fe tiene sus orígenes en la tierra donde vosotros celebráis. Antes de poder comprender nuestra historia de fe personal y nuestra necesidad de la misericordia de Dios, todos tenemos que dirigirnos al lugar y al tiempo en que Jesús mismo caminaba en medio de nosotros. En efecto, es ahí donde el Señor Jesús asumió nuestra naturaleza humana y nos reveló a Dios. Es ahí donde enseñó a sus apóstoles y discípulos, y donde vivió las alegrías y los sufrimientos, las bendiciones y las dificultades de la vida humana y del amor. Y es ahí donde nos concedió el don de su pasión, muerte y resurrección, y la certeza de la vida eterna.

Deseo expresar profundo aprecio a todos los cristianos de Tierra Santa por su fiel custodia de los lugares sagrados y por su testimonio constante de la proclamación del Evangelio. Os aseguro mis oraciones y mi acción de gracias a Dios por vuestra fe profunda y por vuestra perseverancia. Os animo a ser siempre testigos de la paz, de la alegría y de la misericordia de Dios.

Aseguro mi oración también a los peregrinos presentes en esta celebración. Que vuestra experiencia de los lugares sagrados sea una ocasión para encontrar a Jesucristo y profundizar más vuestro amor a Él y a su Iglesia.

Aunque el Año de la fe esté llegando a su fin, rezo para que crezca vuestro deseo de conocer a Jesús y para que vuestro amor a Él llegue a ser más profundo. Compartid este don de la fe con un celo cada vez más grande, llevando gracia y bendiciones a vuestras familias, a vuestras comunidades y a todo el mundo.

Con particular gratitud a todos los que han hecho posible esta celebración, os encomiendo a todos a la intercesión de María, Madre de Jesús, y a san José, su esposo, y os imparto de buen grado mi bendición apostólica como prenda de paz y alegría.

Vaticano, 8 de noviembre de 2013

FRANCISCO

 


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