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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
 CON MOTIVO DE LA 103ª REUNIÓN DE LA CONFERENCIA
 INTERNACIONAL DEL TRABAJO

(GINEBRA, 28 DE MAYO – 12 DE JUNIO DE 2014)

 

Al señor Guy Ryder
Director general de la Organización internacional del trabajo

Al inicio de la creación, Dios creó al hombre custodio de su obra, encargándole que la cultivara y la protegiera. El trabajo humano es parte de la creación y continúa el trabajo creativo de Dios. Esta verdad nos lleva a considerar el trabajo tanto un don como un deber. El trabajo, pues, no es meramente una mercancía, sino que posee dignidad y valor propios. La Santa Sede expresa su aprecio por la contribución de la OIT en la defensa de la dignidad del trabajo humano en el contexto del desarrollo social y económico a través del debate y la cooperación entre los Gobiernos, los trabajadores y los empleadores. Esos esfuerzos están al servicio del bien común de la familia humana y promueven por doquier la dignidad de los trabajadores.

Esta Conferencia se reúne en un momento crucial de la historia económica y social, que presenta desafíos para el mundo entero. El desempleo está expandiendo de modo preocupante las fronteras de la pobreza (cf. Discurso a la Fundación «Centesimus annus pro Pontifice», 25 de mayo de 2013). Esto es particularmente desalentador para los jóvenes desempleados, que pueden desmoralizarse muy fácilmente, perdiendo la certeza de su valor y sintiéndose alienados por la sociedad. Comprometiéndonos a acrecentar las oportunidades de trabajo, afirmamos la convicción de que sólo «en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida» (Evangelii gaudium, 192).

Otro problema grave, correlativo con el precedente, que nuestro mundo debe afrontar, es el de la inmigración en masa: el notable número de hombres y mujeres obligados a buscar trabajo lejos de su patria ya es motivo de preocupación. No obstante su esperanza de un futuro mejor, encuentran frecuentemente incomprensión y exclusión, por no hablar de cuando experimentan tragedias y desastres. Habiendo afrontado tales sacrificios, estos hombres y mujeres a menudo no logran encontrar un trabajo digno y se convierten en víctimas de cierta «globalización de la indiferencia». Su situación los expone a ulteriores peligros, como el horror de la trata de seres humanos, el trabajo forzado y la reducción a la esclavitud. Es inaceptable que, en nuestro mundo, el trabajo realizado por esclavos se haya convertido en moneda corriente (cf. Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 5 de agosto de 2013). ¡Esto no puede continuar! La trata de seres humanos es una plaga, un crimen contra la humanidad. Ha llegado la hora de unir las fuerzas y trabajar juntos para liberar a las víctimas de tales tráficos y para erradicar este crimen que nos afecta a todos nosotros, desde cada una de las familias hasta toda la comunidad mundial (cf. Discurso a los nuevos embajadores acreditados ante la Santa Sede, 12 de diciembre de 2013).

Es también la hora de reforzar las formas existentes de cooperación y de establecer nuevos caminos para acrecentar la solidaridad. Esto requiere: un renovado compromiso en favor de la dignidad de toda persona; una realización más determinada de los estándares internacionales del trabajo; la planificación de un desarrollo focalizado en la persona humana como protagonista central y principal beneficiaria; una nueva valoración de las responsabilidades de las sociedades multinacionales en los países donde actúan, incluyendo los sectores de la gestión del provecho y de la inversión; y un esfuerzo coordinado para alentar a los Gobiernos a facilitar el desplazamiento de los migrantes en beneficio de todos, eliminando de este modo la trata de seres humanos y las peligrosas condiciones de viaje. Una cooperación eficaz en estos campos se verá favorecida notablemente por la definición de objetivos futuros de desarrollo sostenible. Como manifesté recientemente al secretario general y a los jefes ejecutivos de las Naciones Unidas: «Los futuros Objetivos de desarrollo sostenible, por tanto, deben ser formulados y ejecutados con magnanimidad y valentía, de modo que efectivamente lleguen a incidir sobre las causas estructurales de la pobreza y del hambre, consigan mejoras sustanciales en materia de preservación del ambiente, garanticen un trabajo decente y útil para todos y den una protección adecuada a la familia, elemento esencial de cualquier desarrollo económico y social sostenibles».

Queridos amigos: La doctrina social de la Iglesia católica sostiene las iniciativas de la oit, que quieren promover la dignidad de la persona humana y la nobleza del trabajo. Aliento vuestros esfuerzos para afrontar los desafíos del mundo actual, permaneciendo fieles a tales nobles objetivos. Al mismo tiempo, invoco la bendición de Dios sobre todo lo que hacéis para defender e incrementar la dignidad del trabajo para el bien común de la familia humana.

Vaticano, 22 de mayo de 2014

 

FRANCISCO

 



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