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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL CARDENAL PETER K.A. TURKSON
CON OCASIÓN DE LA CONFERENCIA SOBRE EL TEMA
"LA NO VIOLENCIA Y LA PAZ JUSTA: CONTRIBUIR
A LA COMPRENSIÓN CATÓLICA Y EL COMPROMISO CON LA NO VIOLENCIA"
[ROMA, 11-13 DE ABRIL DE 2016]

 

6 de abril de 2016

 

Señor cardenal:

Me complace enviarle mi cordial saludo a vuestra eminencia y a todos los participantes en la Conferencia que tiene lugar en Roma del 11 al 13 de abril de 2016 sobre el tema: «Nonviolence and Just Peace: Contributing to the Catholic Understanding of and Commitment to Nonviolence».

Este encuentro, organizado conjuntamente por el Consejo pontificio Justicia y paz y por el Movimiento «Pax Christi», asume un carácter y un valor especial en el Año jubilar de la Misericordia. La misericordia, en efecto, es «fuente de alegría, de serenidad y de paz»[1], una paz ante todo interior, que nace de la reconciliación con el Señor[2]. Es innegable, sin embargo, que también las circunstancias, el momento histórico, en el que tiene lugar esta Conferencia, por una parte la llenen de expectativas y, por otra, no puedan no ser tenidas en cuenta en las reflexiones de los participantes.

Para buscar vías de solución a la singular y terrible «guerra mundial a trozos» que, en nuestros días, gran parte de la humanidad está viviendo de modo directo o indirecto, es necesario redescubrir las razones que impulsaron en el siglo pasado a los hijos de una civilización en gran parte aún cristiana a dar vida al Movimiento «Pax Christi» y al Consejo pontificio Justicia y paz. Es necesario, por lo tanto, trabajar por una paz auténtica a través del encuentro entre personas concretas y la reconciliación entre pueblos y grupos que se enfrentan por posiciones ideológicas contrarias y comprometerse para realizar esa justicia de la cual las personas, las familias, los pueblos y las naciones sienten tener derecho, en ámbito social, político y económico para realizar su parte en el mundo[3]. En efecto, junto al «prudente esfuerzo de aquella superior fantasía creativa que llamamos diplomacia»[4], que se debe alimentar continuamente, y a la promoción, en el mundo globalizado, de la justicia, que es «orden en la libertad y en el deber responsable»[5], es necesario renovar todos los instrumentos más adecuados para hacer concreta la aspiración a la justicia y a la paz de los hombres y de las mujeres de hoy. Así, también la reflexión para relanzar el camino de la no violencia, y en especial de la no violencia activa, constituye una aportación necesaria y positiva. Es lo que se proponen hacer los participantes en la Conferencia de Roma, a quienes quisiera, con este mensaje, recordar algunos puntos que me preocupan de forma especial.

La premisa fundamental es que el fin último y más digno de la persona humana y de la comunidad es la abolición de la guerra[6]. Por lo demás, como ya se sabe, la única condena expresada por el Concilio Vaticano II fue precisamente la de la guerra[7], incluso siendo consciente de que, al no ser extirpada de la condición humana, «una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos»[8].

Otro punto: la constatación de que «el conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido»[9] para no permanecer atrapados en el mismo perdiendo la perspectiva general y el sentido de la unidad profunda de la realidad[10]. En efecto, sólo aceptando el conflicto, se puede llegar a resolverlo y transformarlo en un eslabón de unión de ese nuevo proceso que los «que trabajan por la paz» ponen en práctica[11].

Además, como cristianos, sabemos que solamente considerando a nuestros semejantes como hermanos y hermanas podremos superar guerras y conflictos. La Iglesia no se cansa de repetir que esto es válido no sólo a nivel individual sino también a nivel de los pueblos y de las naciones, en tal medida que la misma considera a la Comunidad internacional como la «Familia de las Naciones». Por este motivo, también en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año he dirigido un llamamiento a los responsables de los Estados para que renueven «sus relaciones con otros pueblos, permitiendo a todos una efectiva participación e inclusión en la vida de la comunidad internacional, para que se llegue a la fraternidad también dentro de la familia de las naciones»[12].

Como cristianos, sabemos también que el gran obstáculo que se debe quitar para que esto suceda es el levantado por el muro de la indiferencia. La crónica de los tiempos recientes nos demuestra que si hablo de muro no es sólo por usar un lenguaje figurado, sino porque se trata de la triste realidad. Una realidad, la de la indiferencia, que abarca no sólo a los seres humanos, sino también el ambiente natural con consecuencias a menudo nefastas en términos de seguridad y de paz social[13].

El compromiso para superar la indiferencia tendrá éxito, sin embargo, sólo si, a imitación del Padre, seremos capaces de usar misericordia. Esa misericordia que encuentra en la solidaridad, por decirlo así, su expresión «política» porque la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la interdependencia entre la vida de la persona y de la comunidad familiar, local o global[14].

Grande es, entonces, en nuestro mundo complejo y violento, la tarea que les espera a los que trabajan por la paz viviendo la experiencia de la no violencia. Conseguir el desarme completo llegando «hasta las mismas conciencias»[15], creando puentes, combatiendo el miedo y llevando adelante el diálogo abierto y sincero, es verdaderamente arduo. Dialogar, en efecto, es difícil, hay que estar preparados para dar y también para recibir, a no partir de la suposición de que el otro se equivoca, sino, a partir de nuestras diferencias, buscar, sin negociar, el bien de todos y, encontrar por último un acuerdo, mantenerlo firmemente[16].

Por lo demás, diferencias culturales y de experiencias de vida caracterizan también a los participantes en la Conferencia de Roma, pero ello no harán más que enriquecer los intercambios y contribuir a la renovación del testimonio activo de la no violencia como «arma» para conseguir la paz.

Quisiera, por último, invitar a todos los presentes a apoyar dos de las peticiones que he dirigido a los responsables de los Estados, en este Año jubilar: la abolición de la pena de muerte, allí donde está todavía en vigor, junto a la posibilidad de una amnistía, y la cancelación o la gestión de manera sostenible de la deuda internacional de los Estados más pobres[16].

Mientras deseo a vuestra eminencia y a los participantes un proficuo y fructuoso trabajo, imparto a todos mi apostólica bendición.

Francisco


 

[1] Misericordiae vultus, n. 2.

[2] Ibid., n. 17.

[3] Cf. Gaudium et spes, n. 9.

[4] Pablo VI, Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1976, Las verdaderas armas de la paz.

[5] Ibid.

[6] Discurso al IV Curso de formación de los capellanes militares en el derecho internacional humanitario, 26 de octubre de 2015.

[7] Cf. Gaudium et spes, n. 77 a 82.

[8] Gaudium et spes, n. 79.

[9] Evangelii gaudium, n. 226.

[10] Ibid.

[11] Ibid., n. 227.

[12] Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2016, Vence la indiferencia y conquista la paz, n. 8.

[13] Cf. ibid., n. 4.

[14] Cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2016, Vence la indiferencia y conquista la paz, n. 5.

[15] San Juan XXIII, Pacem in terris, n. 61.

[16] Discurso a los representantes de la sociedad civil, Asunción, 11 de julio de 2015.

[17]. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2016, Vence la indiferencia y conquista la paz, n. 8.



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