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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE LOS PAÍSES BAJOS
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Lunes 2 de diciembre de 2013

 

Queridos hermanos en el episcopado:

En estos días durante los cuales realizáis vuestra visita «ad limina Apostolorum», os saludo a cada uno con afecto en el Señor y os aseguro mi oración para que esta peregrinación sea rica de gracias y fecunda para la Iglesia en los Países Bajos. Gracias, querido cardenal Willem Jacobus Eijk, por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos.

Ante todo, permitidme expresaros mi agradecimiento por el servicio a Cristo y al Evangelio que prestáis al pueblo que se os ha encomendado, en circunstancias a menudo arduas. No es fácil conservar la esperanza en medio de las dificultades que debéis afrontar. El ejercicio colegial de vuestro ministerio episcopal, en comunión con el Obispo de Roma, es una necesidad para aumentar esta esperanza mediante un diálogo auténtico y una colaboración efectiva. Os hará bien mirar con confianza los signos de vitalidad que se manifiestan en las comunidades cristianas de vuestras diócesis. Son signos de la presencia activa del Señor en medio de los hombres y las mujeres de vuestro país que esperan auténticos testigos de la esperanza que nos hace vivir, esa que viene de Cristo.

La Iglesia, con paciencia materna, prosigue sus esfuerzos para responder a las inquietudes de muchos hombres y mujeres que experimentan angustia y desaliento ante el futuro. Con vuestros sacerdotes, vuestros colaboradores directos, queréis estar cerca de las personas que sufren el vacío espiritual y están en busca de un sentido para sus vidas, aunque no lo sepan expresar. ¿Cómo acompañarlas fraternalmente en esta búsqueda, si no es poniéndose a la escucha, para compartir con ellas la esperanza, la alegría, la capacidad de seguir adelante que nos da Jesucristo?

Por eso, la Iglesia trata de proponer la fe de una manera auténtica, comprensible y pastoral. El Año de la fe fue una feliz oportunidad para manifestar cómo el contenido de la fe puede alcanzar al hombre. La antropología cristiana y la doctrina social de la Iglesia forman parte del patrimonio de experiencias y de humanidad en el que se funda la civilización europea, y pueden ayudar a reafirmar concretamente el primado del hombre sobre la técnica y las estructuras. Y este primado del hombre presupone la apertura a la trascendencia. Al contrario, suprimiendo la dimensión trascendente, una cultura se empobrece, mientras que debería mostrar la posibilidad de unir con constante armonía fe y razón, verdad y libertad. Así, la Iglesia no propone solamente verdades morales inmutables y actitudes a contra corriente respecto al mundo, sino que las propone como la clave del bien humano y del desarrollo social. Los cristianos tienen una misión propia para aceptar este desafío. La educación de las conciencias llega a ser prioritaria, especialmente mediante la formación del juicio crítico, aun teniendo un enfoque positivo de las realidades sociales; así, se evitará la superficialidad de los juicios y la resignación a la indiferencia. Esto requiere, pues, que los católicos, sacerdotes, personas consagradas y laicos adquieran una formación sólida y de calidad. Os aliento vivamente a unir vuestros esfuerzos para responder a esta necesidad y permitir un anuncio mejor del Evangelio. En este contexto, el testimonio y el compromiso de los laicos en la Iglesia y en la sociedad tienen un papel importante, y hay que apoyarlos con fuerza. Todos nosotros, bautizados, estamos invitados a ser discípulos-misioneros allí donde estamos.

En vuestra sociedad, fuertemente marcada por la secularización, también os animo a estar presentes en el debate público, en todos los ámbitos donde la causa sea el hombre, para manifestar la misericordia de Dios, su ternura hacia todas las criaturas. En el mundo de hoy, la Iglesia tiene la tarea de repetir incansablemente las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Pero preguntémonos: quien nos encuentra, quien encuentra a un cristiano, ¿percibe algo de la bondad de Dios, de la alegría de haber encontrado a Cristo? Como he afirmado a menudo, a partir de la experiencia auténtica del ministerio episcopal la Iglesia se expande no por proselitismo, sino por atracción. Es enviada por doquier para despertar, volver a despertar, mantener la esperanza. De ahí la importancia de animar a vuestros fieles a aprovechar las ocasiones de diálogo, haciéndose presentes en los lugares donde se decide el futuro; así, podrán dar su aportación en los debates sobre las grandes cuestiones sociales concernientes, por ejemplo, a la familia, al matrimonio, al final de la vida.

Hoy más que nunca se siente la necesidad de avanzar por el camino del ecumenismo, invitando a un diálogo auténtico que busque los elementos de verdad y de bondad y ofrezca respuestas inspiradas en el Evangelio. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás.

En un país rico en muchos aspectos, la pobreza afecta a un número creciente de personas. Valorad la generosidad de los fieles que llevan la luz y la compasión de Cristo a los lugares donde la esperan y, en particular, a las personas más marginadas. Además, la escuela católica, proporcionando a los jóvenes una sólida educación, seguirá favoreciendo su formación humana y espiritual, con espíritu de diálogo y fraternidad respecto a quienes no comparten su fe. Es importante, pues, que los jóvenes cristianos reciban una catequesis de calidad, que sostenga su fe y los conduzca al encuentro con Cristo. Formación sólida y espíritu de apertura. He aquí cómo la buena nueva sigue difundiéndose.

Sabéis bien que el futuro y la vitalidad de la Iglesia en los Países Bajos también dependen de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Es urgente suscitar una pastoral vocacional vigorosa y atractiva, y también la búsqueda común de cómo acompañar la maduración humana y espiritual de los seminaristas. ¡Que vivan una relación personal con el Señor, que será el fundamento de su vida sacerdotal! ¡Ojalá sintiéramos también la necesidad de rogar al Señor de la mies! El redescubrimiento de las diversas formas de oración, y particularmente la adoración eucarística, es un motivo de esperanza para que la Iglesia crezca y se arraigue. ¡Cuán importante e imprescindible es que estéis cerca de vuestro presbiterio, disponibles con cada uno de vuestros sacerdotes para apoyarlos y guiarlos, si tuvieran necesidad! Como padres, encontrad el tiempo necesario para acogerlos y escucharlos, cada vez que os lo pidan. Y no olvidéis tampoco salir al encuentro de aquellos que no se acercan; algunos de ellos, por desgracia, han olvidado su compromiso. De modo muy especial, deseo expresar mi compasión y asegurar mi oración a cada una de las personas víctimas de abusos sexuales y a sus familias; os pido que sigáis apoyándolas en su doloroso camino de curación, emprendido con valentía. Atentos a responder al deseo de Cristo, buen Pastor, preocupaos por defender y acrecentar la unidad en todo y entre todos.

Para concluir, también querría dar gracias con vosotros por los signos de vitalidad con los que el Señor ha bendecido a la Iglesia que está en los Países Bajos, en este contexto que no siempre es fácil. Que Él os anime y os confirme en la delicada misión de guiar a vuestras comunidades por el camino de la fe y de la unidad, de la verdad y de la caridad. Mientras os encomiendo a vosotros, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los fieles laicos de vuestras diócesis a la protección de la Virgen María, Madre de la Iglesia, de corazón os imparto la bendición apostólica, prenda de paz y de alegría espiritual; y fraternalmente os pido que no os olvidéis de rezar por mí.

 



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