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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA

Sala Clementina
Lunes 6 de mayo de 2013

 

Queridos amigos de la Guardia Suiza:

Me alegra acogeros y dirigiros mi saludo cordial a cada uno de vosotros, a vuestros familiares, a vuestros amigos, a las autoridades y a cuantos han querido tomar parte en estas jornadas de fiesta. A todos vosotros, queridos guardias, os renuevo mi agradecimiento más sincero por vuestro valioso y generoso servicio al Papa y a la Iglesia. Cada día experimento personalmente la dedicación, la profesionalidad y el amor con los que realizáis vuestra actividad. Y por esto os agradezco. Doy las gracias de modo particular a vuestras familias, que han acogido benévolamente vuestra elección de vivir este servicio en el Vaticano y os sostienen con su afecto y su oración.

En esta fecha recordáis el sacrificio de los Guardias suizos dedicados a la denodada defensa del Papa durante el «saqueo de Roma». Hoy no estáis llamados a ese gesto heroico, sino a otra forma de sacrificio, también arduo: poner vuestras energías jóvenes al servicio de la Iglesia y del Papa. Y para hacerlo es necesario ser fuerte, estar animado por el amor y sostenido por la fe en Cristo. Este año vuestra fiesta se inserta en el contexto del Año de la fe, que la Iglesia está viviendo en todo el mundo. Estoy seguro de que la decisión de dedicar años de vuestra vida al servicio del Papa no es extraña a vuestra fe. Más aún, las motivaciones más profundas que os impulsaron a venir aquí, a Roma, tienen su origen precisamente en vuestra fe. Una fe que habéis aprendido en vuestras familias, cultivado en vuestras parroquias, y que manifiesta también la adhesión de los católicos suizos a la Iglesia. Recordadlo bien: la fe que Dios os ha dado el día del bautismo es el tesoro más precioso que tenéis. Y también vuestra misión al servicio del Papa y de la Iglesia encuentra allí su manantial: en la fe.

Durante vuestra estancia en Roma estáis llamados a testimoniar vuestra fe con alegría y con gentileza en el trato. ¡Cuán importante es esto para tantas personas que pasan por la Ciudad del Vaticano! Pero también es importante para quienes trabajan aquí, para la Santa Sede, y lo es también para mí. Vuestra presencia es un signo de la fuerza y de la belleza del Evangelio, que en todos los tiempos llama a los jóvenes a seguirlo. Y querría invitaros también a vivir el período que pasáis en la «Ciudad eterna» con espíritu de sincera fraternidad, ayudándoos unos a otros a vivir una buena vida cristiana, que corresponda a vuestra fe y a vuestra misión en la Iglesia. Sed atentos unos con otros, y daos cuenta de cuando alguno de vosotros tiene un momento de dificultad. Estad dispuestos a escucharlo, a estar cerca de él. Rezad unos por otros, y poned en práctica, en la ayuda recíproca, la comunión que tomáis de Jesús en la santa Eucaristía.

Vuestra específica experiencia eclesial en el Cuerpo de la Guardia suiza representa una ocasión privilegiada para profundizar el conocimiento de Cristo y de su Evangelio, y para caminar en su seguimiento, casi respirando, aquí en Roma, la catolicidad de la Iglesia. Cuando algunos de vosotros hoy juren cumplir fielmente el servicio en la Guardia y otros renueven este juramento en su corazón, pensad que también vuestro servicio es un testimonio de Cristo, que os llama a ser hombres auténticos y verdaderos cristianos, protagonistas de vuestra existencia. Unidos profundamente a Él sabréis afrontar con madurez los obstáculos y los desafíos de la vida, con la firme convicción de que, como nos recuerda la liturgia de la Vigilia pascual, el Señor resucitado es «Rey eterno que ha vencido las tinieblas del mundo». Sólo Él es la Verdad, el Camino y la Vida.

Queridos Guardias suizos: no olvidéis que el Señor camina con vosotros. Este es un pensamiento bueno que hace bien al alma: no olvidar que el Señor siempre trabaja con nosotros, y siempre está a vuestro lado para sosteneros, especialmente en los momentos de dificultad y de prueba. Deseo de corazón que sintáis siempre la alegría y el consuelo de su presencia luminosa y misericordiosa.

Os encomiendo a cada uno de vosotros y vuestro valioso servicio a la intercesión materna de la Virgen María y de vuestros santos protectores; y de corazón os imparto a vosotros, a vuestros familiares y a todos los presentes mi bendición, como signo de gran afecto y especial gratitud.

 


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