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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA
DE LA CONGREGACIÓN PARA LAS IGLESIAS ORIENTAL
ES

Sala Clementina
Jueves 21 de noviembre de 2013

 

Queridos hermanos y hermanas:

«Cristo es la luz de los pueblos»: así exhorta la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Ecuménico Vaticano II. De Oriente a Occidente toda la Iglesia da este testimonio del Hijo de Dios; la Iglesia que, como pone de relieve a continuación el texto conciliar mismo, «está presente en cada nación de la tierra [...]. Todos los creyentes en efecto, extendidos por todo el mundo están en comunión con los demás en el Espíritu Santo» (n. 13). «Así —añade luego, citando a san Juan Crisóstomo— quien está en Roma sabe que quien está en la India es miembro suyo» (Homilía sobre san Juan 65, 1: pg 59, 361).

La memorable asamblea del Vaticano II tuvo también el mérito de recordar explícitamente cómo en las antiguas liturgias de las Iglesias orientales, en su teología, espiritualidad y disciplina canónica «resplandece la tradición que viene de los Apóstoles por los Padres y que forma parte del patrimonio indiviso, y revelado por Dios, de la Iglesia universal» (decr. Orientalium Ecclesiarum, 1).

Hoy estoy verdaderamente contento de acoger a los patriarcas y a los arzobispos mayores, juntamente con los cardenales, los metropolitas y los obispos miembros de la Congregación para las Iglesias orientales. Agradezco al cardenal Leonardo Sandri el saludo que me ha dirigido y le doy las gracias por la colaboración que recibo del dicasterio y de cada uno de vosotros.

Esta reunión plenaria quiere volver a apropiarse de la gracia del Concilio Vaticano II y del sucesivo magisterio sobre el Oriente cristiano. De la verificación del camino realizado, emergerán orientaciones encaminadas a sostener la misión confiada por el Concilio a los hermanos y hermanas de Oriente, es decir, la de «promover la unidad de todos los cristianos, especialmente orientales» (ibid., 24). El Espíritu Santo les ha guiado en esta tarea por senderos no fáciles de la historia, alimentando la fidelidad a Cristo, a la Iglesia universal y al Sucesor de Pedro, incluso a caro precio, no raramente hasta el martirio. La Iglesia toda os está verdaderamente agradecida por esto.

Poniéndome en el surco trazado por mis Predecesores, quiero aquí reafirmar que «dentro de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias tradiciones, sin quitar nada al primado de la Sede de Pedro. Esta preside toda la comunidad de amor, defiende las diferencias legítimas y al mismo tiempo se preocupa de que las particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino que más bien la favorezcan» (Lumen gentium, 13). Sí, la variedad auténtica, la variedad legítima, aquella inspirada por el Espíritu, no daña la unidad, sino que la sirve; el Concilio nos dice que esta variedad es necesaria para la unidad.

Esta mañana pude conocer de palabra de los patriarcas y de los arzobispos mayores la situación de las diversas Iglesias orientales: el reflorecimiento de la vitalidad de aquellas largamente oprimidas bajo los regímenes comunistas; el dinamismo misionero de las que tienen su origen en la predicación del apóstol Tomás; la perseverancia de las que viven en Oriente Medio, no raramente en la condición de «pequeño rebaño», en ambientes marcados por hostilidad, conflictos y también persecuciones ocultas.

En vuestra reunión estáis afrontando varias problemáticas referidas a la vida interna de las Iglesias orientales y la dimensión de la diáspora, notablemente en aumento en cada continente. Es necesario hacer todo lo posible para que los anhelos conciliares puedan realizarse, facilitando la atención pastoral tanto en los territorios propios como allí donde las comunidades orientales se establecieron hace tiempo, promoviendo al mismo tiempo la comunión y la fraternidad con las comunidades de rito latino. A esto podrá ayudar una renovada vitalidad que se ha de imprimir en los organismos de consulta ya existentes entre las Iglesias y con la Santa Sede.

Mi pensamiento se dirige de modo especial a la tierra bendecida donde Cristo vivió, murió y resucitó. En ella —lo percibí también hoy por las palabras de los patriarcas presentes– la luz de la fe no se ha apagado, es más, resplandece vivaz. Es «la luz del Oriente» que «ha iluminado a la Iglesia universal, desde que apareció sobre nosotros una luz de la altura (Lc 1, 78), Jesucristo, nuestro Señor» (Carta ap. Orientale Lumen, 1). Por ello, todo católico tiene una deuda de reconocimiento hacia las Iglesias que viven en esa región. De ellas podemos aprender, entre otras cosas, el empeño del ejercicio cotidiano de espíritu ecuménico y diálogo interreligioso. El contexto geográfico, histórico y cultural en el que viven desde hace siglos, les ha convertido, en efecto, en interlocutores naturales de otras numerosas confesiones cristianas y de otras religiones.

Gran preocupación despiertan las condiciones de vida de los cristianos, que en muchas partes del Oriente Medio sufren de forma particularmente difícil las consecuencias de las tensiones y de los conflictos actuales. Siria, Irak, Egipto, y otras zonas de Tierra Santa, a veces derraman lágrimas. El Obispo de Roma no descansará mientras haya hombres y mujeres, de cualquier religión, ofendidos en su dignidad, privados de lo necesario para la supervivencia, sin futuro, forzados a la condición de desplazados y refugiados. Hoy, junto con los Pastores de las Iglesias de Oriente, hacemos un llamamiento para que se respete el derecho de todos a una vida digna y se profese libremente la propia fe. No nos resignemos a pensar el Oriente Medio sin los cristianos, que desde hace dos mil años confiesan allí el nombre de Jesús, insertados como ciudadanos a pleno título en la vida social, cultural y religiosa de las naciones a las que pertenecen.

El dolor de los más pequeños y de los más débiles, con el silencio de las víctimas, plantean un interrogante insistente: «¿Qué queda de la noche?» (Is 21, 11). Sigamos vigilando, como el centinela bíblico, seguros de que no nos faltará la ayuda del Señor. Me dirijo, por ello, a toda la Iglesia para exhortar a la oración, que sabe obtener del corazón misericordioso de Dios la reconciliación y la paz. La oración desarma la ignorancia y genera diálogo allí donde se abrió el conflicto. Si será sincera y perseverante, hará nuestra voz apacible y firme, capaz de hacerse escuchar incluso por los responsables de las Naciones.

Mi pensamiento se dirige, por último, a Jerusalén, allí donde todos espiritualmente hemos nacido (cf. Sal 87, 4). Le deseo toda consolación para que pueda ser verdaderamente profecía de la convocación definitiva, de Oriente a Occidente, dispuesta por Dios (cf. Is 43, 5). Que los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II, incansables agentes de paz en la tierra, sean nuestros intercesores en el cielo, con la toda Santa Madre de Dios, que nos dio el Príncipe de la paz. Sobre cada uno de vosotros y sobre las amadas Iglesias orientales invoco la bendición del Señor.

 



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