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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS SUPERIORES Y OFICIALES DE LA SECRETARÍA DE ESTADO
CON OCASIÓN DEL SALUDO AL CARDENAL TARCISIO BERTONE
Y DE LA TOMA DE POSESIÓN DEL NUEVO SECRETARIO DE ESTADO,
S.E. MONS. PIETRO PAROLIN

Biblioteca de la Secretaría de Estado
Martes 15 de octubre de 2013

 

Queridos amigos, ¡buenos días!

Nos hemos reunido para dar las gracias al cardenal Tarcisio Bertone, que hoy deja el cargo de secretario de Estado, y para dar nuestra bienvenida a monseñor Parolin, pero será una bienvenida «in absentia», porque él tomará posesión de su nuevo cargo algunas semanas más tarde respecto a la fecha de hoy, por razón de una pequeña intervención quirúrgica a la que ha tenido que someterse.

En este momento es un sentimiento de gratitud el que desearía compartir con todos vosotros. Querido cardenal Tarcisio, pienso que interpreto también el pensamiento de mi amado predecesor Benedicto XVI al presentarle el más vivo agradecimiento por el trabajo desarrollado en estos años. Veo en usted ante todo el hijo de don Bosco. Todos estamos caracterizados por nuestra historia. Pensando en su largo servicio a la Iglesia, tanto en la enseñanza como en el ministerio de obispo diocesano y en el trabajo en la Curia, hasta el encargo de secretario de Estado, me parece que el hilo conductor está constituido precisamente por la vocación sacerdotal salesiana que le ha caracterizado desde la tierna infancia y que le ha llevado a desempeñar todos los encargos recibidos, indistintamente, con profundo amor a la Iglesia, gran generosidad, y con esa típica mezcla salesiana que une un sincero espíritu de obediencia y una gran libertad de iniciativa y de creatividad personal.

Para todo salesiano, el amor a la Iglesia se expresa de manera del todo particular en el amor al Sucesor de Pedro. Sentirse en el corazón de la Iglesia, precisamente porque se está con el Papa. Y precisamente porque se está con el Papa, participar de la vastedad de la misión de la Iglesia entera y de la amplitud de su dinamismo evangelizador. Y aquí llego al segundo aspecto que deseo subrayar: la actitud de incondicional fidelidad y de absoluta lealtad a Pedro, característica distintiva de su mandato como secretario de Estado, tanto hacia Benedicto XVI como respecto a mí en estos meses. Lo he podido advertir en muchas ocasiones y le estoy profundamente agradecido por esto.

Deseo finalmente darle las gracias también por la valentía y la paciencia con que ha vivido las contrariedades que ha tenido que afrontar. ¡Son muchas! Entre los sueños contados por don Bosco a sus jóvenes está el de las rosas: ¿lo recuerda? El santo ve una pérgola llena de rosas y comienza a encaminarse hacia su interior, seguido de muchos discípulos. Según se adentra, en cambio, junto a las bellas rosas, que cubren toda la pérgola, brotan espinas agudísimas, que hieren y provocan grandes dolores. Quien mira desde el exterior ve sólo las rosas, mientras que don Bosco y los discípulos que caminan en el interior sienten las espinas: muchos se desalientan, pero la Virgen María exhorta a todos a perseverar, y al final el santo se encuentra con los suyos en un bellísimo jardín. El sueño querría representar la fatiga del educador, pero pienso que se puede aplicar también a cualquier ministerio de responsabilidad en la Iglesia. Querido cardenal Bertone, en este momento me agrada pensar que, si ha habido espinas, la Virgen Auxiliadora ciertamente no ha hecho faltar su ayuda, y no hará que falte en el futuro: ¡esté seguro! El deseo que todos le expresamos es que siga disfrutando de los tesoros que han caracterizado su vocación: la presencia de Jesús Eucaristía, la asistencia de la Virgen, la amistad del Papa. Los tres grandes amores de don Bosco: estos tres.

Y con estos pensamientos damos también —«in absentia»— la más cordial bienvenida al nuevo Secretario. Él conoce muy bien a la familia de la Secretaría de Estado, donde ha trabajado muchos años, con pasión y competencia y con esa capacidad de diálogo y de trato humano que son una característica suya. En cierto sentido es como un volver «a casa».

Quisiera concluir dando las gracias a todos vosotros por el servicio cotidiano que desempeñáis, a menudo de forma escondida y anónima; es precioso para mi ministerio. Os invito a todos a rezar por mí —lo necesito mucho— y desearía que estuvierais seguros de mi oración y de mi amistad, de mi cercanía y de mi reconocimiento por este trabajo que realizáis. Sobre vosotros y vuestros seres queridos invoco la bendición del Señor. Gracias.

 




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