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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA PEREGRINACIÓN
DE LA ORDEN ECUESTRE
DEL SANTO SEPULCRO DE JERUSAL
ÉN

Sala Pablo VI
Viernes 13 de septiembre de 2013

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Señor cardenal,
miembros del gran magisterio y lugartenientes,
queridos hermanos y hermanas:

Doy mi bienvenida a todos vosotros, que representáis la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén. En particular saludo al cardenal Edwin O'Brien, gran maestro de la Orden, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo al gran prior, Su Beatitud Fouad Twal, patriarca de Jerusalén de los Latinos.

Os habéis reunido en Roma con ocasión de la Consulta mundial de la Orden, que cada cinco años se convoca para reflexionar sobre la situación de la comunidad católica en Tierra Santa, valorar las actividades desarrolladas y establecer las directrices para el futuro. Contemporáneamente se celebra la peregrinación internacional, que ve la participación de más de dos mil personas. Os agradezco vuestra visita y deseo expresar mi aprecio y aliento por las iniciativas de solidaridad que la Orden promueve a favor de los Santos Lugares y que en los últimos años se han desarrollado y ampliado. En este Año de la fe vuestra peregrinación es a la Tumba del Apóstol Pedro, con la característica de la oración y la catequesis sobre el tema de la fe. Partiendo de estos elementos, desearía dejarme guiar por tres palabras, que propuse ya al inicio de mi ministerio, pero que pueden ofrecer también a la actividad de vuestra Orden motivos de reflexión. Las tres palabras son: caminar, construir y confesar.

1. Caminar. Estáis viviendo la experiencia de la peregrinación, que es un gran símbolo de la vida humana y cristiana. Cada uno de nosotros puede ser «errante» o «peregrino»: o errante o peregrino. El tiempo que vivimos contempla a muchas personas «errantes», porque carecen de un ideal de vida y a menudo son incapaces de dar sentido a los sucesos del mundo. Con el signo de la peregrinación, vosotros mostráis la voluntad de no ser «errantes». Vuestro camino está en la historia, en un mundo en el que los confines se amplían cada vez más, caen muchas barreras y nuestros caminos están unidos de modo cada vez más estrecho al de los demás. Sed testigos del sentido profundo, de la luz que lleva la fe; sabed conservar la gran riqueza de valores, de sabiduría del pasado, pero viviendo intensamente el presente, comprometiéndoos en el hoy, con la mirada hacia el futuro, abriendo horizontes de esperanza con vuestra obra, para dar un rostro más humano a la sociedad.

2. Y he aquí entonces la segunda palabra: construir. Caminar para construir la comunidad, sobre todo con el amor. La Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén tiene una historia casi milenaria: la vuestra es una de las más antiguas órdenes asistenciales, caritativas, aún activas. Instituida para la custodia del Santo Sepulcro, gozó de una especial atención por parte de los Obispos de Roma. Construir con la caridad, con la compasión, con el amor. Y de hecho vuestra peregrinación tiene también una finalidad caritativa, a favor de los hermanos y hermanas de Tierra Santa, especialmente de los más necesitados, de quienes están viviendo momentos de sufrimiento, de tensión y de temor. Y también de nuestros hermanos cristianos que sufren tanto. A ellos dirijo con gran afecto un saludo y un abrazo, a todos —cristianos y no cristianos—, asegurando mi oración cotidiana.

3. Pero vuestro caminar para construir nace de confesar de modo cada vez más profundo la fe, crece del continuo compromiso de alimentar vuestra vida espiritual, de una formación permanente para una vida cristiana cada vez más auténtica y coherente. Este es un punto importante para cada uno de vosotros y de toda la Orden, para que cada uno sea ayudado a profundizar en su adhesión a Cristo: la profesión de fe y el testimonio de la caridad están estrechamente conectados y son los puntos cualificadores y de fuerza —puntos de fuerza— de vuestra acción. Un vínculo antiguo os une al Santo Sepulcro, memoria perenne de Cristo crucificado que allí fue depuesto y de Cristo resucitado que venció la muerte. Que Jesucristo crucificado y resucitado sea realmente el centro de vuestra existencia y de cada proyecto vuestro personal y asociativo. Creer en el poder redentor de la Cruz y de la Resurrección, para ofrecer esperanza y paz. De modo particular, la Tierra de Jesús lo necesita mucho. La fe no aleja de las responsabilidades que todos estamos llamados a asumir, sino que, al contrario, provoca e impulsa a un compromiso concreto en vista de una sociedad mejor.

Que el Señor os ayude a ser siempre embajadores de paz y de amor entre los hermanos. Será Él quien haga siempre fecunda vuestra obra. Que la Virgen de Nazaret os asista en vuestra misión de contemplar con amor los Lugares donde Cristo pasó haciendo el bien y sanando. Que os acompañe también mi bendición, que os imparto a vosotros y a toda la Orden.

 



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