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VISITA PASTORAL A CAGLIARI

ENCUENTRO CON EL MUNDO DE LA CULTURA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Aula Magna de la Pontificia Facultad de Teología de Cerdeña, Cagliari
Domingo 22 de septiembre de 2013

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Queridos amigos, ¡buenas tardes!

Dirijo a todos mi saludo cordial. Doy las gracias al padre decano y a los rectores magníficos por sus palabras de acogida, y deseo todo bien para el trabajo de las tres instituciones. Me gusta haber oído que trabajan juntas, como amigos: ¡y esto es bueno! Doy las gracias y aliento a la Pontificia facultad teológica, que nos acoge, en particular a los padres jesuitas, que en ella desarrollan con generosidad su precioso servicio, y a todo el cuerpo académico. La preparación de los candidatos al sacerdocio permanece como un objetivo primario, pero también la formación de los laicos es muy importante.

No quiero dar una lección académica, aunque el contexto y vosotros que sois un grupo cualificado tal vez lo requerirían. Prefiero ofrecer algunas reflexiones en voz alta que parten de mi experiencia de hombre y de Pastor de la Iglesia. Y por esto me dejo guiar por un pasaje del Evangelio, haciendo una lectura «existencial» de él, el de los discípulos de Emaús: dos discípulos de Jesús que, tras su muerte, se van de Jerusalén y vuelven a su lugar. He elegido tres palabras clave: desilusión, resignación, esperanza.

Estos dos discípulos llevan en el corazón el sufrimiento y la desorientación por la muerte de Jesús, están desilusionados por cómo han acabado las cosas. Un sentimiento análogo lo hallamos también en nuestra situación actual, la decepción, la desilusión, a causa de una crisis económico-financiera, pero también ecológica, educativa, moral, humana. Es una crisis que se refiere al presente y al futuro histórico, existencial del hombre en esta civilización occidental nuestra, y que acaba además por afectar al mundo entero. Y cuando digo crisis no pienso en una tragedia. Los chinos, cuando quieren escribir la palabra crisis, la escriben con dos caracteres: el carácter del peligro y el carácter de la oportunidad. Cuando hablamos de crisis, hablamos de peligros, pero también de oportunidades. Este es el sentido en que utilizo la palabra. Cierto, cada época de la historia lleva en sí elementos críticos, pero, al menos en los últimos cuatro siglos, no se han visto tan sacudidas las certezas fundamentales que constituyen la vida de los seres humanos como en nuestra época. Pienso en el deterioro del medio ambiente: esto es peligroso, pensemos un poco adelante, en la guerra del agua, que viene; en los desequilibrios sociales; en el terrible poder de las armas —hemos hablado de ello tanto en estos días; en el sistema económico-financiero, que tiene en el centro no al hombre, sino el dinero, el dios dinero; en el desarrollo y en el peso de los medios de información, con toda su positividad de comunicación, de transporte. Es un cambio que se refiere al modo mismo en que la humanidad lleva adelante su existencia en el mundo.

Frente a esta realidad, ¿cuáles son las reacciones? Volvamos a los dos discípulos de Emaús: desilusionados ante la muerte de Jesús, se muestran resignados y buscan huir de la realidad, dejan Jerusalén. Las mismas actitudes las podemos leer también en este momento histórico. Frente a la crisis puede haber resignación, pesimismo hacia toda posibilidad de eficaz intervención. En cierto sentido es un «lavarse las manos» de la dinámica misma del actual recodo histórico, denunciando sus aspectos más negativos con una mentalidad semejante a aquel movimiento espiritual y teológico del siglo ii después de Cristo que se denominó «apocalíptico». Nosotros tenemos la tentación, pensar en clave apocalíptica. Esta concepción pesimista de la libertad humana y de los procesos históricos lleva a una especie de parálisis de la inteligencia y de la voluntad. La desilusión lleva también a una especie de fuga, a buscar «islas» o momentos de tregua. Es algo parecido a la actitud de Pilato, el «lavarse las manos». Una actitud que se presenta «pragmática», pero que de hecho ignora el grito de justicia, de humanidad y de responsabilidad social y lleva al individualismo, a la hipocresía, si no a una especie de cinismo. Esta es la tentación que nosotros tenemos delante, si vamos por este camino de la desilusión o de la decepción.

En este punto nos preguntamos: ¿hay un camino a recorrer en esta situación nuestra? ¿Debemos resignarnos? ¿Debemos dejarnos oscurecer la esperanza? ¿Debemos huir de la realidad? ¿Debemos «lavarnos las manos» y encerrarnos en nosotros mismos? Pienso no sólo que existe un camino a recorrer, sino que precisamente el momento histórico que vivimos nos impulsa a buscar y hallar caminos de esperanza, que abran horizontes nuevos a nuestra sociedad. Y aquí es precioso el papel de la Universidad. La Universidad como lugar de elaboración y transmisión del saber, de formación a la «sabiduría» en el sentido más profundo del término, de educación integral de la persona. En esta dirección desearía ofrecer algunos breves puntos sobre los cuales reflexionar.

La Universidad como lugar del discernimiento. Es importante leer la realidad, mirándola a la cara. Las lecturas ideológicas o parciales no sirven, alimentan solamente la ilusión y la desilusión. Leer la realidad, pero también vivir esta realidad, sin miedos, sin fugas y sin catastrofismos. Cada crisis, también la actual, es un paso, un trabajo de parto que comporta fatiga, dificultad, sufrimiento, pero que lleva en sí el horizonte de la vida, de una renovación, lleva la fuerza de la esperanza. Y ésta no es una crisis de «cambio»: es una crisis de «cambio de época». Es una época, la que cambia. No son cambios de época superficiales. La crisis puede transformarse en momento de purificación y de replanteamiento de nuestros modelos económico-sociales y de una cierta concepción del progreso que ha alimentado ilusiones, para recuperar lo humano en todas sus dimensiones. El discernimiento no es ciego, ni improvisado: se realiza sobre la base de criterios éticos y espirituales, implica interrogarse sobre lo que es bueno, la referencia a los valores propios de una visión del hombre y del mundo, una visión de la persona en todas sus dimensiones, sobre todo en la espiritual, trascendente; no se puede considerar jamás a la persona como «material humano». Ésta es tal vez la propuesta oculta del funcionalismo. La Universidad como lugar de «sabiduría» tiene una función muy importante en formar al discernimiento para alimentar la esperanza. Cuando el caminante desconocido, que es Jesús Resucitado, se acerca a los dos discípulos de Emaús, tristes y desconsolados, no busca ocultar la realidad de la Crucifixión, de la aparente derrota que ha provocado su crisis; al contrario, les invita a leer la realidad para guiarles a la luz de su Resurrección: «Qué necios y torpes sois... ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 25-26). Hacer discernimiento significa no huir, sino leer seriamente, sin prejuicios, la realidad.

Otro elemento: la Universidad como lugar en el que se elabora la cultura de la proximidad, cultura de la proximidad. Esta es una propuesta: cultura de la cercanía. El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí. La Universidad es el lugar privilegiado en el que se promueve, se enseña, se vive esta cultura del diálogo, que no nivela indiscriminadamente diferencias y pluralismos —uno de los riesgos de la globalización es éste—, ni tampoco los lleva al extremo haciéndoles ser motivo de enfrentamiento, sino que abre a la confrontación constructiva. Esto significa comprender y valorar las riquezas del otro, considerándolo no con indiferencia o con temor, sino como factor de crecimiento. Las dinámicas que regulan las relaciones entre personas, entre grupos, entre naciones frecuentemente no son de cercanía, de encuentro, sino de enfrentamiento. Me remito de nuevo al pasaje evangélico. Cuando Jesús se acerca a los dos discípulos de Emaús, comparte su camino, escucha su lectura de la realidad, su desilusión, y dialoga con ellos; precisamente de este modo reenciende en su corazón la esperanza, abre nuevos horizontes que estaban ya presentes, pero que sólo el encuentro con el Resucitado permite reconocer. Nunca tengáis miedo del encuentro, del diálogo, de la confrontación, también entre universidades. A todos los niveles. Aquí estamos en la sede de la Facultad teológica. Permitidme deciros: no tengáis temor a abriros también a los horizontes de la trascendencia, al encuentro con Cristo y a profundizar en la relación con Él. La fe no reduce jamás el espacio de la razón, sino que lo abre a una visión integral del hombre y de la realidad, y defiende del peligro de reducir el hombre a «material humano».

Un último elemento: la Universidad como lugar de formación a la solidaridad. La palabra solidaridad no pertenece sólo al vocabulario cristiano, es una palabra fundamental del vocabulario humano. Como dije hoy, es una palabra que en esta crisis corre el riesgo de ser suprimida del diccionario. El discernimiento de la realidad, asumiendo el momento de crisis, la promoción de una cultura del encuentro y del diálogo, orientan hacia la solidaridad, como elemento fundamental para una renovación de nuestras sociedades. El encuentro, el diálogo entre Jesús y los dos discípulos de Emaús, que reenciende la esperanza y renueva el camino de su vida, lleva a compartir: le reconocieron al partir el pan. Es el signo de la Eucaristía, de Dios que se hace tan cercano en Cristo que se hace presencia constante, para compartir su propia vida. Y esto dice a todos, también a quien no cree, que es precisamente en una solidaridad no dicha, sino vivida, como las relaciones pasan de considerar al otro como «material humano» o como «número» a considerarle como persona. No hay futuro para ningún país, para ninguna sociedad, para nuestro mundo, si no sabemos ser todos más solidarios. Solidaridad por lo tanto como modo de hacer la historia, como ámbito vital en el que los conflictos, las tensiones, también los opuestos alcanzan una armonía que genera vida. En esto, pensando en esta realidad del encuentro en la crisis, he hallado en los políticos jóvenes otra manera de pensar la política. No digo mejor o no mejor, sino otra manera. Hablan de forma distinta, están buscando... su música es distinta de la nuestra. No tengamos miedo. Oigámosles, hablemos con ellos. Ellos tienen una intuición: abrámonos a su intuición. Es la intuición de la vida joven. Digo los políticos jóvenes porque es lo que he oído, pero los jóvenes en general buscan esta clave distinta. Para ayudarnos al encuentro, nos ayudará oír la música de estos políticos, «científicos», pensadores jóvenes.

Antes de concluir, permitidme subrayar que a nosotros cristianos la fe misma nos da una esperanza sólida que impulsa a discernir la realidad, a vivir la cercanía y la solidaridad, porque Dios mismo ha entrado en nuestra historia, haciéndose hombre en Jesús, se ha sumergido en nuestra debilidad, haciéndose cercano a todos, mostrando solidaridad concreta, especialmente a los más pobres y necesitados, abriéndonos un horizonte infinito y seguro de esperanza.

Queridos amigos, gracias por este encuentro y por vuestra atención; que la esperanza sea la luz que ilumina siempre vuestro estudio y vuestro compromiso. Y que el valor sea el tiempo musical para ir adelante. Que el Señor os bendiga.

 




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