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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE GUINEA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Lunes 24 de marzo de 2014

 

Queridos hermanos en el episcopado:

¡Sed bienvenidos con ocasión de vuestra peregrinación a Roma para la visita «ad limina»! Habéis venido a la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo, que aquí dieron testimonio de Cristo muerto y resucitado hasta entregar su propia vida. Aún hoy son los modelos de todos los pastores a quienes el Señor encomienda su pueblo. Podéis apoyaros en ellos para iluminaros y sosteneros en el cumplimiento de vuestra misión.

Agradezco a monseñor Emmanuel Félémou, presidente de vuestra Conferencia episcopal, las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. A cada uno de vosotros, y a través de vosotros a vuestros sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, y a todos los fieles laicos de vuestras diócesis, quiero expresar mi profundo afecto. Permitidme mencionar también aquí al cardenal Robert Sarah, quien, después de haber servido generosamente a la Iglesia en vuestro país, es ahora uno de mis estimados colaboradores.

Quiero expresaros además mi alegría y mi gratitud por el buen trabajo de evangelización realizado en Guinea. Los discípulos de Cristo forman allí un cuerpo vivo, que manifiesta la alegría del Evangelio mediante el entusiasmo de su fe, aunque las condiciones en las que se anuncia la buena nueva a menudo sean difíciles. A los ojos humanos, los medios de evangelización podrían parecer irrisorios. Lejos de desanimaros, no debéis olvidar nunca que es obra de Jesús mismo, más allá de todo lo que podamos descubrir y entender (cf. Evangelii gaudium, 12). Por lo demás, no estáis solos, puesto que todo vuestro pueblo es misionero con vosotros (cf. ib., n. 119). Así pues, debéis tener mucha confianza y remar resueltamente mar adentro.

Sin embargo, para que el Evangelio toque y convierta los corazones en profundidad, debemos recordar que sólo si estamos unidos en el amor podemos dar testimonio de la verdad del Evangelio: «Para que todos sean uno…, para que el mundo crea» (Jn 17, 21), nos dice Jesús. La Iglesia tiene necesidad de la comunión entre vosotros y con el sucesor de Pedro. Las discordias entre los cristianos son el mayor obstáculo para la evangelización. Favorecen el crecimiento de grupos que aprovechan la pobreza y la credulidad de las personas para proponerles soluciones fáciles, pero ilusorias, a los problemas. En un mundo herido por numerosos conflictos étnicos, políticos y religiosos, nuestras comunidades deben ser «auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae» (Evangelii gaudium, 100). Dios nos da la gracia, si sabemos acogerla, de hacer que la unidad prevalezca sobre el conflicto: «¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!» (ib., n. 101).

Para que el anuncio del Evangelio dé fruto, toda nuestra existencia debe ser coherente con el Evangelio que anunciamos. Me alegra constatar que esto, desde muchos puntos de vista, ya es una realidad viva en vuestras diócesis. Ante todo, pienso en los fieles laicos comprometidos en la pastoral y, en particular, en los catequistas que realizan un trabajo insustituible de evangelización y de animación de las comunidades cristianas. Les doy las gracias de corazón. Habéis abierto centros de formación destinados a ellos, y no puedo dejar de invitaros a perseverar en los esfuerzos realizados para garantizar la calidad de esta formación. También os exhorto a sostener a las familias, cuyo modelo cristiano debe proponerse y vivirse sin ambigüedad, mientras la poligamia todavía está difundida y los matrimonios mixtos son cada vez más frecuentes.

De igual modo tenéis la tarea fundamental de invitar a los fieles a rezar y a vivir una auténtica cercanía a Dios, ya que de la calidad del amor a Dios deriva todo el dinamismo misionero (cf. Evangelii gaudium, 264). A través de la celebración digna de la Eucaristía, los fieles pueden entrar en el misterio del Señor que da su vida por ellos, y encontrar allí la alegría de la esperanza, el consuelo en la prueba y la fuerza para avanzar a lo largo del camino.

También os sugiero invitar a los laicos, en particular a los más jóvenes, a testimoniar su fe comprometiéndose más en la sociedad, mostrando así el propio amor a su país. En colaboración con los diversos protagonistas de la vida social, han de ser siempre y por doquier artífices de paz y de reconciliación, para luchar contra la pobreza extrema que debe afrontar Guinea. En esta perspectiva, a pesar de las dificultades encontradas, os aliento a profundizar las relaciones con vuestros compatriotas musulmanes, aprendiendo recíprocamente a aceptar modos de ser, de pensar y de expresarse diferentes.

Mi pensamiento se dirige también a los religiosos y religiosas que, en la diversidad de sus carismas, aportan al pueblo de Guinea la ofrenda insustituible de su oración de adoración, alabanza e intercesión. Viviendo a menudo en una situación de gran pobreza, en colaboración con algunos laicos, manifiestan la caridad de Cristo mediante sus obras de asistencia a la población tanto en el campo sanitario, como en la educación e instrucción. Les aseguro mi apoyo y mi oración. Ellos llevan a cabo una verdadera evangelización con las obras, y dan un testimonio auténtico de la ternura de Dios por todos los hombres, en particular por los más pobres y débiles, testimonio que toca los corazones y arraiga firmemente la fe de los fieles. No obstante la escasez de medios y la inmensidad de la tarea, os invito a sostenerlos siempre, tanto espiritual como materialmente, para que perseveren con valentía en las obras de evangelización y de promoción social.

El apostolado de los sacerdotes, dedicados generosamente a las tareas del ministerio, a menudo resulta difícil, en particular por su número muy exiguo. Les aseguro mi cercanía y mi aliento. Sed para ellos padres y amigos que sostienen y guían con corazón y espíritu fraterno. También los sacerdotes deben vivir coherentemente lo que predican; está en juego la credibilidad misma del testimonio de la Iglesia. Es indispensable hacer todo lo posible para suscitar abundantes y sólidas vocaciones sacerdotales. Me alegro de la reciente apertura del seminario mayor «Benedicto XVI», acontecimiento lleno de esperanza para el futuro. Aprovechad, pues, esta página que se abre en la historia del clero guineano para suscitar un nuevo impulso en la vida sacerdotal. La formación en el seminario debe ofrecer a los jóvenes un camino serio de crecimiento intelectual y espiritual. Que se les proponga de modo auténtico la santidad sacerdotal, comenzando por el ejemplo de sacerdotes que viven su vocación con alegría; los futuros presbíteros aprenderán a vivir de manera verdadera las exigencias del celibato eclesiástico, así como la relación justa con los bienes materiales, el rechazo de la mundanidad y el arribismo —puesto que el sacerdocio no es un instrumento de ascenso social—, y también el compromiso real junto a los más pobres.

Queridos hermanos en el episcopado: os encomiendo a todos vosotros, así como a los sacerdotes, las personas consagradas, los catequistas y los fieles laicos de vuestras diócesis, a la protección de la Virgen María, Madre de la Iglesia, y os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

 



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