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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE MADAGASCAR
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Viernes 28 de marzo de 2014

 

 

Queridos hermanos en el episcopado:

Es una alegría para mí encontrarme con vosotros con ocasión de vuestra visita ad limina. Agradezco a monseñor Désiré Tsarahazana, presidente de vuestra Conferencia episcopal, las cordiales palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. A través de usted transmito mi más cordial saludo a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los catequistas y a todos los fieles laicos de vuestras diócesis. Deseo que vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles sea para vosotros y para vuestras Iglesias locales la ocasión de una renovación espiritual y misionera, y también un signo de vuestra comunión con el Sucesor de Pedro y la Iglesia universal.

Deseo ante todo dar gracias con vosotros por la vitalidad de la Iglesia en Madagascar, y agradeceros vuestro valiente y perseverante trabajo de evangelización. Saber que en esta obra, que realizáis en condiciones difíciles, Dios tiene siempre la iniciativa, «nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente» (Evangelii gaudium, n. 12). Esta alegría tiene su origen en el encuentro personal con Cristo y en la acogida de su mensaje de misericordia. Es una exigencia primaria para los evangelizadores que tienen la misión de favorecer este encuentro del Señor con los hombres y las mujeres a los cuales son enviados.

Queridos hermanos, vuestro país, desde hace muchos años, atraviesa un período difícil y vive graves dificultades socio-económicas. Vosotros habéis exhortado a toda la sociedad a recobrar fuerzas con el fin de construir un futuro nuevo. No puedo dejar de alentaros a ocupar todo vuestro espacio en este trabajo de reconstrucción, dentro del respeto de los derechos y los deberes de cada uno. Es importante que mantengáis relaciones constructivas con las autoridades de vuestro país. Os corresponde a vosotros buscar la unidad, la justicia y la paz para servir mejor a vuestro pueblo, rechazando toda implicación en disputas políticas en detrimento del bien común. Que vuestra palabra y vuestros actos manifiesten siempre vuestra comunión profunda.

En esta perspectiva, deseo alabar el compromiso insustituible de vuestras diócesis en las obras sociales. De hecho, existe una íntima conexión entre evangelización y promoción humana. Esta se debe expresar y desarrollar en toda la acción evangelizadora (cf. Evangelii gaudium, n. 178). Os aliento, por lo tanto, a perseverar en la atención que prestáis a los pobres, sosteniendo, material y espiritualmente, a todos los que se dedican a ellos, en especial a las congregaciones religiosas, a quienes doy las gracias de todo corazón por su abnegación y el testimonio auténtico que dan del amor de Cristo por todos los hombres. Os invito también a interpelar sin temor a toda la sociedad malgache, y en especial a sus responsables, sobre la cuestión de la pobreza, debida en gran parte a la corrupción y a una falta de atención al bien común.

También la educación es para vosotros un campo que requiere considerables esfuerzos. Conozco todo el bien que hace la escuela católica a los jóvenes y a sus familias, a través de su acción evangelizadora.

La aportación intelectual, cultural y moral que toda la sociedad de Madagascar recibe de ella es considerable. Es necesario, por lo tanto, tratar de que el mayor número posible de niños, comprendidos los de las familias más modestas, pueda ser escolarizado, al mismo tiempo que, por dificultades económicas, muchos padres ya no se lo pueden permitir. Del mismo modo, os invito a actuar a fin de que en los institutos públicos se pueda garantizar una presencia cristiana. Que los cristianos comprometidos en el mundo de la educación contribuyan en la formación de los valores evangélicos y humanos en las jóvenes generaciones, que serán, incluso, los dirigentes de la sociedad futura.

En vuestro mensaje de clausura del Año de la fe, os habéis lamentado por la pérdida de la auténtica fihavanana, ese modo de vivir propio de vuestra cultura, que favorece la armonía y la solidaridad entre los malgaches. Los valores que el Creador infundió en vuestra cultura se deben seguir transmitiendo iluminándolos desde dentro con el mensaje evangélico. Así, la dignidad de la persona humana, la cultura de la paz, del diálogo y de la reconciliación podrán volver a encontrar su lugar en la sociedad con vistas a un futuro mejor.

Vosotros habéis puesto en práctica, en vuestras diócesis, un programa de formación a la vida y al amor, ambicioso y muy dinámico. Os aliento a perseverar en este camino, incluso si ello parece ir a contracorriente respecto a la mentalidad actual. La preparación al matrimonio, siempre que sea posible, se debe profundizar. Numerosas amenazas pesan sobre la familia, célula vital de la sociedad y de la Iglesia, por lo cual «necesita ser protegida y defendida, para poder prestar a la sociedad el servicio que la misma espera de la familia, es decir, darle hombres y mujeres capaces de edificar un tejido social de paz y de armonía» (Africae munus, n. 43). Además, las familias tienen más necesidad que nunca de ser sostenidas en su camino de fe. Que puedan encontrar perseverancia y fuerza en la oración, en la escucha de la Sagrada Escritura y en los sacramentos.

Ante los nuevos desafíos en ámbito interreligioso, me parece urgente desarrollar, e incluso a veces impulsar, un diálogo lúcido y constructivo, con el fin de mantener la paz entre las comunidades y favorecer el bien común. Os invito, sobre todo, a no dudar jamás del dinamismo del Evangelio y tampoco de su capacidad de convertir los corazones a Cristo resucitado y conducir a las personas a lo largo del camino de la salvación que esperan en lo más profundo de sí mismas.

Por lo tanto, es necesario que la fe, que los cristianos testimonian, se viva en la cotidianidad. La vida deber ser coherente con la fe a fin de que el testimonio sea creíble. Os invito también a suscitar en vuestras comunidades, a todos los niveles, un trabajo de profundización de la fe para vivirla de modo cada vez más vigoroso. Esta invitación se dirige sobre todo al clero y a las personas consagradas. El sacerdocio y la vida consagrada no son instrumentos de ascenso social, sino un servicio a Dios y a los hombres. Una atención especial se debe prestar al discernimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, tanto en las diócesis como en los diversos institutos de vida consagrada. La castidad y la obediencia se deben considerar con grandísima estima, y os corresponde a vosotros recordarlo constantemente. Estas virtudes deben ser presentadas y vividas sin ambigüedad por los formadores en los seminarios y en los noviciados. Lo mismo vale para la relación con los bienes temporales y la prudencia en su gestión. El antitestimonio en ese ámbito es particularmente desastroso por el escándalo que provoca, sobre todo ante una población que vive en la indigencia.

Vosotros tenéis también el deber de estar cerca y de prestar gran atención a la vida y a la situación de cada uno de vuestros sacerdotes, cuyas condiciones de vida son algunas veces muy duras —a causa de la soledad, la falta de medios y la inmensidad de la tarea— y están especialmente expuestos. Les aseguro mi estima y mi aliento en su misión, a fin de que sean pastores según el corazón de Dios, cercanos a los fieles y deseosos de anunciarles la Palabra de vida. Queridos hermanos en el episcopado, amad a vuestros sacerdotes y ayudadles a vivir en unión íntima con Cristo. La comunión entre vosotros y con vuestro presbyterium es fuente de alegría y de fecundidad en el anuncio del Evangelio.

Que el Señor siga derramando sobre vosotros sus gracias de luz, valor y fuerza. Por mi parte os exhorto a vivir siempre en la esperanza que nos viene de la presencia del Resucitado y os reitero mi afecto fraterno. Confío a cada uno de vosotros, así como a todos vuestros diocesanos, a la protección y a la intercesión maternal de la Virgen María y os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

 




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