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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL CAPÍTULO GENERAL
DE LA SOCIEDAD SALESIANA DE SAN JUAN BOSCO

Sala Clementina
Lunes 31 de marzo de 2014

 

Queridos hermanos:

¡Sois bienvenidos! Doy las gracias a don Ángel por sus palabras. A él y al nuevo consejo general les deseo saber servir guiando, acompañando y sosteniendo a la congregación salesiana en su camino. Que el Espíritu Santo os ayude a percibir las expectativas y los desafíos de nuestra época, especialmente de los jóvenes, e interpretarlos a la luz del Evangelio y de vuestro carisma.

Imagino que durante el capítulo —que tuvo como tema «Testigos de la radicalidad evangélica»— habéis tenido siempre delante de vosotros a don Bosco y a los jóvenes; y a don Bosco con su lema: «Da mihi animas, cetera tolle». Él reforzaba este programa con otros dos elementos: trabajo y templanza. Recuerdo que en el colegio estaba prohibido dormir la siesta... ¡Templanza! a los salesianos y a nosotros. «El trabajo y la templanza —decía— harán florecer la congregación». Cuando se piensa en trabajar por el bien de las almas, se supera la tentación de la mundanidad espiritual, no se buscan otras cosas, sino sólo a Dios y su reino. Templanza, además, es sentido de la medida, contentarse, ser sencillos. Que la pobreza de don Bosco y de mamá Margarita inspire en cada salesiano y en cada una de vuestras comunidades una vida esencial y austera, cercanía a los pobres, transparencia y responsabilidad en la gestión de los bienes.

La evangelización de los jóvenes es la misión que el Espíritu Santo os ha confiado en la Iglesia. Esa misión está estrechamente unida a su educación: el camino de fe se injerta en el camino de crecimiento y el Evangelio enriquece también la maduración humana. Es necesario preparar a los jóvenes para trabajar en la sociedad según el espíritu del Evangelio, como agentes de justicia y de paz, y a vivir como protagonistas en la Iglesia. Para ello vosotros os servís de las necesarias profundizaciones y actualizaciones pedagógicas y culturales, para responder a la actual emergencia educativa. Que la experiencia de don Bosco y su «sistema preventivo» os sostengan siempre en el compromiso de vivir con los jóvenes. Que la presencia en medio de ellos se distinga por esa ternura que don Bosco llamó demostración de afecto, experimentando también nuevos lenguajes, pero sabiendo bien que el lenguaje del corazón es fundamental para acercarse y llegar a ser sus amigos.

Es de gran importancia aquí la dimensión vocacional. A veces la vocación a la vida consagrada se confunde con una opción de voluntariado, y esta visión distorsionada no hace bien a los institutos. El próximo año 2015, dedicado a la vida consagrada, será una ocasión propicia para presentar su belleza a los jóvenes. Es necesario evitar en cada caso visiones parciales, para no suscitar respuestas vocacionales frágiles y sostenidas por motivaciones débiles. Las vocaciones apostólicas son ordinariamente fruto de una buena pastoral juvenil. El cultivo de las vocaciones requiere atenciones específicas: ante todo la oración, luego actividades propias, itinerarios personalizados, la valentía de la propuesta, el acompañamiento y la implicación de las familias. La geografía vocacional ha cambiado y está cambiando, y esto significa nuevas exigencias para la formación, el acompañamiento y el discernimiento.

Trabajando con los jóvenes, vosotros encontráis el mundo de la exclusión juvenil. Y esto es tremendo. Hoy es tremendo pensar que hay más de 75 millones de jóvenes sin trabajo, aquí, en Occidente. Pensemos en la vasta realidad de la desocupación, con tantas consecuencias negativas. Pensemos en las dependencias, que lamentablemente son múltiples, pero que derivan de la raíz común de una falta de amor auténtico. Ir al encuentro de los jóvenes marginados requiere valor, madurez y mucha oración. Y a este trabajo se deben enviar a los mejores, ¡los mejores! Puede existir el riesgo de dejarse llevar por el entusiasmo, enviando a tales fronteras a personas de buena voluntad, pero no aptas. Por ello es necesario un atento discernimiento y un constante acompañamiento. El criterio es este: Allí van los mejores. «Necesito a este para hacerlo superior de aquí, o para estudiar teología...». Pero si tienes esta misión, mándalo allí, ¡a los mejores!

Gracias a Dios vosotros no vivís y no trabajáis como individuos aislados, sino como comunidad: y dad gracias a Dios por esto. La comunidad sostiene todo el apostolado. A veces las comunidades religiosas atraviesan tensiones, con el riesgo del individualismo y de la dispersión, en cambio se necesita una comunicación profunda y de relaciones auténticas. La fuerza humanizadora del Evangelio es testimoniada por la fraternidad vivida en comunidad, hecha de acogida, respeto, ayuda mutua, comprensión, cortesía, perdón y alegría. El espíritu de familia que os ha dejado don Bosco ayuda mucho en este sentido, favorece la perseverancia y crea atracción por la vida consagrada.

Queridos hermanos, el bicentenario del nacimiento de don Bosco está ya a la puerta. Será un momento propicio para volver a proponer el carisma de vuestro fundador. María Auxiliadora jamás ha dejado faltar su ayuda en la vida de la congregación, y ciertamente no la hará faltar tampoco en el futuro. Que su intercesión maternal os alcance de Dios los frutos esperados y deseados. Os bendigo y rezo por vosotros, y, por favor, rezad por mí.

 




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