Index   Back Top Print

[ DE  - EN  - ES  - FR  - IT  - PT ]

DIÁLOGO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON LOS ESTUDIANTES DE LOS COLEGIOS PONTIFICIOS
Y RESIDENCIAS SACERDOTALES DE ROMA

Aula Pablo VI
Lunes 12 de mayo de 2014

 

 

Buenos días, y os agradezco mucho esta presencia. Doy las gracias al cardenal Stella por sus palabras, y pido disculpas por el retraso. Sí, porque están los obispos mexicanos en visita ad limina... y cuando uno está con los mexicanos, se está muy bien, tan bien, que el tiempo pasa y uno no se da cuenta.

A los 146 de vosotros que sois de los países de Oriente Medio, también algunos de vosotros de Ucrania, quiero deciros que os estoy muy cercano en este momento de sufrimiento: de verdad, muy cercano, y en la oración. En la Iglesia se sufre mucho; la Iglesia sufre mucho, y la Iglesia que sufre es también la Iglesia perseguida en algunas partes, y os estoy cercano. Gracias. Y ahora quisiera que... había preguntas, yo las he visto, pero si queréis cambiarlas o hacerlas un poco más espontáneas, no hay problema, con toda libertad.

Buenos días Santo Padre. Me llamo Daniel, vengo de los Estados Unidos, soy diácono y soy del Colegio Norteamericano. Nosotros venimos a Roma sobre todo para una formación académica y para respetar este compromiso. ¿Cómo hacer para no descuidar una formación sacerdotal integral, tanto a nivel personal como comunitario? Gracias.

Gracias por la pregunta. Es verdad: vuestro objetivo principal, aquí, es la formación académica: graduarse en esto, en aquello... Pero existe el peligro del academicismo. Sí, los obispos os envían aquí para que tengáis un grado académico, pero también para regresar a la diócesis; y en la diócesis debéis trabajar en el presbiterio, como presbíteros, presbíteros con doctorado. Y si uno cae en este peligro del academicismo, regresa no el padre, sino el «doctor». Y esto es peligroso. Hay cuatro pilares en la formación sacerdotal: esto lo he dicho muchas veces, quizás vosotros lo habéis escuchado. Cuatro pilares: la formación espiritual, la formación académica, la formación comunitaria y la formación apostólica. Es verdad que aquí, en Roma, se enfatiza —porque para esto fuisteis enviados— la formación intelectual; pero los otros pilares se deben cultivar, y los cuatro interactúan entre sí, y yo no entendería a un sacerdote que viene a hacer una especialización aquí, a Roma, y que no tenga una vida comunitaria, esto no funciona; o que no cuide la vida espiritual —la misa cotidiana, la oración cotidiana, la lectio divina, la oración personal con el Señor— o la vida apostólica: el fin de semana hacer algo, cambiar un poco de aire, pero también aire apostólico, hacer algo allí... Es verdad que el estudio es una dimensión apostólica; pero es importante que también los otros tres pilares sean atendidos. El purismo académico no hace bien, no hace bien. Y por esto me ha gustado tu pregunta, porque me ha dado la oportunidad de deciros estas cosas. El Señor os ha llamado a ser sacerdotes, a ser presbíteros: esta es la regla fundamental. Y hay otra cosa que quisiera subrayar: si sólo se ve la parte académica, está el peligro de caer en las ideologías, y esto hace enfermar. Hace enfermar también la concepción de Iglesia. Para comprender a la Iglesia es necesario entenderla por el estudio pero también por la oración, la vida comunitaria y la vida apostólica. Cuando caemos en una ideología, y vamos por ese camino, tendremos una hermenéutica no cristiana, una hermenéutica de la Iglesia ideológica. Y esto hace mal, esta es una enfermedad. La hermenéutica de la Iglesia debe ser la hermenéutica que la Iglesia misma nos ofrece, que la Iglesia misma nos da. Comprender a la Iglesia con ojos de cristiano; entender a la Iglesia con mente de cristiano; entender a la Iglesia con corazón de cristiano; entender a la Iglesia desde la actividad cristiana. De lo contrario, la Iglesia no se entiende, o se entiende mal. Por esto es importante destacar, sí, el trabajo académico porque para esto fuisteis enviados; pero no descuidar los otros tres pilares: la vida espiritual, la vida comunitaria y la vida apostólica. No sé si esto responde a tu pregunta... Gracias.

Buenos días, Santo Padre. Soy Tomás, de China. Soy un seminarista del Colegio Urbano. A veces, vivir en comunidad no es fácil: ¿qué nos aconseja partiendo incluso de su experiencia, para hacer de nuestra comunidad un lugar de crecimiento humano y espiritual y de ejercicio de caridad sacerdotal?

Una vez, un viejo obispo de América Latina decía: «Es mucho mejor el peor seminario que el no-seminario». Si uno se prepara al sacerdocio solo, sin comunidad, esto hace mal. La vida del seminario, o sea, la vida comunitaria, es muy importante. Es muy importante porque existe la fraternidad entre los hermanos, que caminan hacia el sacerdocio; pero también existen los problemas, las luchas: luchas de poder, luchas de ideas, incluso luchas ocultas; y vienen los vicios capitales: la envidia, los celos... Y vienen también las cosas buenas: las amistades, el intercambio de ideas, y esto es lo importante de la vida comunitaria. La vida comunitaria no es el paraíso, es el purgatorio al menos —no, no es eso... [ríen]— ¡pero no es el paraíso! Un santo de los jesuitas decía que la mayor penitencia, para él, era la vida comunitaria. Es verdad, ¿no? Por ello creo que debemos seguir adelante, en la vida comunitaria. Pero, ¿cómo? Hay cuatro o cinco cosas que nos ayudarán mucho. Nunca, nunca hablar mal de los demás. Si tengo algo contra otro, o que no estoy de acuerdo: ¡en la cara! Pero nosotros clérigos tenemos la tentación de no hablar en la cara, de ser demasiados diplomáticos, ese lenguaje clerical... Pero, nos hace mal, ¡nos hace mal! Recuerdo una vez, hace 22 años: había sido apenas nombrado obispo, y tenía como secretario en esa vicaría —Buenos Aires está dividida en cuatro vicarías—, en esa vicaría tenía como secretario a un sacerdote joven, recién ordenado. Y yo, en los primeros meses, hice algo, y tomé una decisión un poco diplomática —demasiado diplomática—, con las consecuencias que vienen de esas decisiones que no se toman en el Señor, ¿no? Y al final, le dije: «Pero mira qué problema este, no sé cómo arreglarlo...». Y él me miró en la cara —¡un joven!— y me dijo: «Porque ha hecho mal. Usted no ha tomado una decisión paterna», y me dijo tres o cuatro cosas de esas fuertes. Muy respetuoso, pero me las dijo. Y luego, cuando se marchó, pensé: «A este no lo alejaré nunca del cargo de secretario: ¡este es un verdadero hermano!». En cambio, los que te dicen las cosas bonitas delante y luego por detrás no tan bonitas... Esto es importante... Las habladurías son la peste de una comunidad; se habla en la cara, siempre. Y si no tienes el valor de hablar en la cara, habla al superior o al director, y él te ayudará. ¡Pero no ir por las habitaciones de los compañeros a hablar mal! Se dice que criticar es cosa de mujeres, pero también de hombres, incluso nuestra. ¡Nosotros criticamos bastante! Y esto destruye a la comunidad. También, otra cosa es oír, escuchar las diversas opiniones y discutir las opiniones, pero bien, buscando la verdad, buscando la unidad: esto ayuda a la comunidad: mi padre espiritual una vez —yo era estudiante de filosofía, él era un filósofo, un metafísico, pero era un buen padre espiritual—, fui a él y salió el problema de que estaba enfadado con uno: «Pero, contra este, porque esto, esto, esto...»; le dije al padre espiritual todo lo que tenía dentro. Y él me hizo sólo una pregunta: «Dime, ¿tú has orado por él?». Nada más. Y yo le dije: «No». Y él permaneció callado. «Hemos terminado», me dijo. Rezar, rezar por todos los miembros de la comunidad, pero rezar principalmente por esos con los que tengo problemas o por esos que no quiero, porque no querer a una persona algunas veces es algo natural, instintivo. Rezar, y el Señor hará lo demás, pero rezar siempre. La oración comunitaria. Estas dos cosas —no quisiera hablar mucho—, pero os aseguro que si hacéis estas dos cosas, la comunidad va adelante, se puede vivir bien, se puede discutir bien, se puede rezar bien juntos. Dos cosas pequeñas: no hablar mal de los demás y rezar por aquellos con quienes tengo problemas. Puedo decir más, pero creo que esto es suficiente.

Buenos días Santo Padre.

Buenos días.

Me llamo Charbel, soy un seminarista de Líbano y me estoy formando en el Colegio «Sedes Sapientiae». Antes de hacerle la pregunta quiero agradecerle su cercanía a nuestro pueblo en Líbano y a todo Oriente Medio. Mi pregunta es ésta: el año pasado, usted dejó su tierra y su patria. ¿Qué nos recomienda para aprovechar mejor nuestra llegada y estancia en Roma?

Pero, es diferente... Vuestra llegada a Roma, respecto al traslado de la diócesis que me han hecho a mí, es un poco diferente, pero está bien... Recuerdo la primera vez que dejé [mi tierra] para venir a estudiar aquí... Primero está la novedad, es la novedad de las cosas, y debemos ser pacientes con nosotros mismos. Los primeros tiempos es como un tiempo de noviazgo: todo es hermoso, ah, las novedades, las cosas...; pero esto no se debe reprochar, ¡es así! A todos sucede esto, a todos sucede que las cosas sean así. Y luego, volviendo a uno de los pilares, ante todo la integración en la vida de comunidad y en la vida de estudio, directamente. Vine para esto, a hacer esto. Y después, buscar un trabajo para el fin de semana, un trabajo apostólico, es importante. No permanecer cerrados y no estar dispersos. Pero los primeros tiempos es el período de las novedades: «Quisiera hacer esto, ir a ese museo, o esta película, o esto, aquello...». Pero adelante, no os preocupéis, es normal que esto suceda. Pero luego, proceder con determinación. ¿Qué vine a hacer? Estudiar. ¡Estudia en serio! Y aprovechar las muchas oportunidades que nos da esta permanencia. La novedad de la universalidad: conocer gente de tantos sitios diversos, de tantos países diversos, de tantas culturas diversas; la oportunidad del diálogo entre vosotros: «Pero ¿cómo es esto en tu patria? Y, ¿cómo es aquello? Y en la mía es...». Este intercambio hace mucho bien, mucho bien. Creo que sencillamente no diría más. Pero no espantarse por esa alegría de las novedades: es la alegría del primer noviazgo, antes de que comiencen los problemas. Y adelante. Después, actuar con determinación.

Buenos días, Santo Padre. Soy Daniel Ortiz, y soy mexicano. Aquí en Roma vivo en el colegio «Maria Mater Ecclesiae». Su Santidad, en la fidelidad a nuestra vocación necesitamos un constante discernimiento, vigilancia y disciplina personal. Usted ¿cómo hizo, cuando fue seminarista, cuando fue sacerdote, cuando fue obispo y ahora que es Pontífice? ¿Y qué nos aconseja al respecto? Gracias.

Gracias. Tú has dicho la palabra vigilancia. Esta es una actitud cristiana: la vigilancia. La vigilancia sobre uno mismo: ¿qué ocurre en mi corazón? Porque donde está mi corazón está mi tesoro. ¿Qué ocurre ahí? Dicen los padres orientales que se debe conocer bien si mi corazón está turbado o si mi corazón está tranquilo. Primera pregunta: vigilancia de tu corazón: ¿está en turbulencia? Si está en turbulencia, no se puede ver qué hay dentro. Como el mar, ¿no? No se ven los peces cuando el mar está así... El primer consejo, cuando el corazón está en turbulencia, es el consejo de los padres rusos: ir bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Recordaos que la primera antífona latina es precisamente esta: en los momentos de turbulencia, buscar refugio bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Es la antífona «Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix»: es la primera antífona latina de la Virgen. Es curioso, ¿no? Vigilar. ¿Hay turbulencia? Ante todo ir allí, y allí esperar a que haya un poco de calma: con la oración, con la confianza en la Virgen... Alguno me dirá: «Pero, padre, en este tiempo de tanta modernidad buena, de la psiquiatría, de la psicología, en estos momentos de turbulencia creo que sería mejor ir al psiquiatra para que me ayude...». No descarto esto, pero ante todo ir a la Madre: porque un sacerdote que se olvida de la Madre, y sobre todo en los momentos de turbulencia, le falta algo. Es un sacerdote huérfano: ¡se ha olvidado de su mamá! Y en los momentos difíciles, es cuando el niño va con la mamá, siempre. Y nosotros somos niños en la vida espiritual, ¡esto no olvidarlo nunca! Vigilar cómo está mi corazón. Tiempo de turbulencia, ir a buscar refugio bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Así dicen los monjes rusos, y en verdad es así. Después, ¿qué hago? Busco entender lo que sucede, pero siempre con paz. Entender con paz. Luego, vuelve la paz y puedo hacer la discussio conscientiae. Cuando estoy en paz, no hay turbulencia: «¿Qué ocurrió hoy en mi corazón?». Y esto es vigilar. Vigilar no es ir a la sala de tortura, ¡no! Es mirar el corazón. Debemos ser dueños de nuestro corazón. ¿Qué siente mi corazón, qué busca? ¿Qué me ha hecho feliz hoy y qué no me ha hecho feliz? No terminar la jornada sin hacer esto. Una pregunta que yo hacía, como obispo, a los sacerdotes es: «Dime, ¿cómo vas a la cama?». Y ellos no entendían. «¿Pero qué quiere decir?». «Sí, ¿cómo terminas la jornada?». «Oh, destruido, padre, porque hay mucho trabajo, la parroquia, tanto... Luego ceno un poco, como algo y me voy a la cama, miro la tv y me distiendo un poco...». «¿Y no pasas antes por el sagrario?». Hay cosas que nos hacen ver dónde está nuestro corazón. Nunca, nunca —y esta es la vigilancia—, nunca terminar la jornada sin ir un poco allí, ante el Señor; mirar y preguntar: «¿Qué sucedió en mi corazón?». En momentos tristes, en momentos felices: ¿cómo era esa tristeza?, ¿cómo era esa alegría? Esta es la vigilancia. Vigilar también las depresiones y los entusiasmos. «Hoy me siento decaído, no sé qué sucede». Vigilar: ¿por qué estoy decaído? ¿Deberías tal vez ir a alguien que te ayude?... Esto es vigilancia. «Oh, ¡estoy alegre!». Pero ¿por qué hoy estoy alegre? ¿Qué sucedió en mi corazón? Esto no es una introspección estéril, no, no. Esto es conocer el estado de mi corazón, mi vida, cómo camino en la senda del Señor. Porque, si no hay vigilancia, el corazón va a cualquier lado; y la imaginación viene detrás: «ve, ve...»; y luego se puede acabar mal. Me gusta la pregunta sobre la vigilancia. No son cosas antiguas, no son cosas superadas. Son cosas humanas, y como todas las cosas humanas son eternas. Las llevaremos siempre con nosotros. Vigilar el corazón era precisamente la sabiduría de los primeros monjes cristianos, enseñaban esto, a vigilar el corazón.

¿Puedo hacer un paréntesis? ¿Por qué he hablado de la Virgen? Os aconsejaré esto que dije antes, buscar refugio... Una hermosa relación con la Virgen; la relación con la Virgen nos ayuda a tener una hermosa relación con la Iglesia: las dos son Madres... Vosotros conocéis el hermoso pasaje de san Isaac, el abad de la estrella: lo que se puede decir de María se puede decir de la Iglesia y también de nuestra alma. Las tres son femeninas, las tres son Madres, las tres dan vida. La relación con la Virgen es una relación de hijo... Vigilad sobre esto: si no se tiene una buena relación con la Virgen, hay algo de huérfano en mi corazón. Yo recuerdo, una vez, hace 30 años, estaba en el Norte de Europa: tenía que ir allí por la educación de la Universidad de Córdoba, en la que yo era en ese momento vicecanciller. Y me invitó una familia de católicos practicantes; un país demasiado secularizado era ese. Y en la cena había muchos niños, eran católicos practicantes, los dos profesores universitarios, los dos también catequistas. A un cierto punto, hablando de Jesucristo —¡entusiasmados de Jesucristo!, hablo de hace 30 años— dijeron: «Sí, gracias a Dios hemos superado la etapa de la Virgen...». ¿Y cómo es esto?, dije. «Sí, porque hemos conocido a Jesucristo, y no tenemos más necesidad de ella». Yo quedé un poco dolido, no entendí bien. Y hablamos un poco de esto. Y esto ¡no es madurez! No es madurez. Olvidar a la madre es una cosa fea... Y, para decirlo de otra manera: si tú no quieres a la Virgen como Madre, ¡seguro que la tendrás como suegra! Y esto no es bueno. Gracias.

¡Viva Jesús, viva María! Gracias, Santo Padre, por tus palabras sobre la Virgen. Me llamo don Ignacio y vengo de Manila, Filipinas. Estoy realizando mi doctorado en mariología en la Pontificia Facultad Teológica «Marianum», y resido en el Pontificio Colegio Filipino. Santo Padre, mi pregunta es: la Iglesia tiene necesidad de pastores capaces de guiar, gobernar, comunicar como nos exige el mundo de hoy. ¿Cómo se aprende y se ejerce el liderazgo en la vida sacerdotal, asumiendo el modelo de Cristo que se abajó asumiendo la cruz, la muerte de cruz, y asumiendo la condición de siervo hasta la muerte de cruz? Gracias.

¡Pero tu obispo es un gran comunicador!

Es el cardenal Tagle...

El liderazgo... este es el centro de la pregunta... Hay un solo camino —luego hablaré de los pastores— pero para el liderazgo hay un solo camino: el servicio. No hay otro. Si tú tienes muchas cualidades —comunicar, etc.— pero no eres un servidor, tu liderazgo caerá, no sirve, no es capaz de convocar. Solamente el servicio: estar al servicio... Recuerdo a un padre espiritual muy bueno, la gente iba a él, tanto que algunas veces no podía rezar todo el breviario. Y por la noche, iba al Señor y le decía: «Señor, mira, no he hecho tu voluntad, ¡pero tampoco la mía! ¡He hecho la voluntad de los demás!». Así, los dos —el Señor y él— se consolaban. El servicio es hacer, muchas veces, la voluntad de los demás. Un sacerdote que trabajaba en un barrio muy humilde —¡muy humilde!—, una villa miseria, una favela, dijo: «Yo necesitaría cerrar las ventanas, las puertas, todas, porque a un cierto punto es mucho, mucho, lo que me vienen a pedir: esta cosa espiritual, esta cosa material, que al final quisiera cerrar todo. Pero esto no es del Señor», decía. Es verdad: cuando no existe el servicio, tú no puedes guiar a un pueblo. El servicio del pastor. El pastor debe estar siempre a disposición de su pueblo. El pastor debe ayudar al pueblo a crecer, a caminar. Ayer, en la lectura me llamó la atención que en el Evangelio se decía el verbo «sacar»: el pastor saca a las ovejas para que vayan a buscar la hierba. Me llamó la atención: las hace salir, ¡las hace salir con fuerza! El original tiene un cierto tono de esto: hace salir, pero con fuerza. Es como expulsar: «ve, ¡ve!». El pastor que hace crecer a su pueblo y que va siempre con su pueblo. Algunas veces, el pastor debe ir delante, para indicar el camino; otras veces, en medio, para conocer qué sucede; muchas veces, detrás, para ayudar a los últimos y también para seguir el olfato de las ovejas que saben dónde está la hierba buena. El pastor... San Agustín, retomando a Ezequiel, dice que debe estar al servicio de las ovejas y destaca dos peligros: el pastor que explota a las ovejas para comer, para enriquecerse, por intereses económicos, material, y el pastor que explota a las ovejas para vestirse bien. La carne y la lana. Dice san Agustín. Leed ese bello sermón De pastoribus. Es necesario leerlo y releerlo. Sí, son los dos pecados de los pastores: el dinero, que llegan a ser ricos y hacen las cosas por dinero —pastores especuladores—; y la vanidad, son los pastores que se creen en un nivel superior al de su pueblo, indiferentes... pensemos, los pastores-príncipes. El pastor-especulador y el pastor-príncipe. Estas son las dos tentaciones que san Agustín, retomando el pasaje de Ezequiel, menciona en su sermón. Es verdad, un pastor que se busca a sí mismo, ya sea por el camino del dinero, ya sea por el camino de la vanidad, no es un servidor, no tiene un verdadero liderazgo. La humildad debe ser el arma del pastor: humilde, siempre al servicio. Debe buscar el servicio. Y no es fácil ser humilde, no, ¡no es fácil! Dicen los monjes del desierto que la vanidad es como la cebolla. Cuando tomas una cebolla y comienzas a deshojar, y te sientes vanidoso y comienzas a deshojar la vanidad. Sigues y sigues, y otra capa, y otra, y otra, y otra... al final, llegas a... nada. «Ah, gracias a Dios, he deshojado la cebolla, he deshojado la vanidad». Haz así, y ¡tienes el olor de la cebolla! Así dicen los padres del desierto. La vanidad es así. Una vez escuché a un jesuita, bueno, un buen hombre, pero era muy vanidoso, muy vanidoso… Y todos nosotros le decíamos: «¡Tú eres vanidoso!», pero era tan bueno que le perdonábamos todo. Y se fue a hacer los ejercicios espirituales, y cuando regresó nos dijo, a nosotros, en la comunidad: «¡Qué hermosos ejercicios! He hecho ocho días de cielo, y he encontrado que era muy vanidoso. Pero gracias a Dios, ¡he vencido todas las pasiones!». La vanidad es así. Es tan difícil quitar la vanidad de un sacerdote. Pero el pueblo de Dios te perdona muchas cosas: te perdona si has tenido una caída, afectiva, te lo perdona. Te perdona si has tenido un caída con un poco de vino, te lo perdona. Pero no te perdona si eres un pastor apegado al dinero, si eres un pastor vanidoso que no trata bien a la gente. Porque el vanidoso no trata bien a la gente. Dinero, vanidad y orgullo. Los tres escalones que nos llevan a todos los pecados. El pueblo de Dios entiende nuestras debilidades, y las perdona; pero estas dos, ¡no las perdona! El apego al dinero no lo perdona en el pastor. Y no tratarles bien a ellos, no lo perdonan. Es curioso, ¿no? Estos dos defectos, debemos luchar para no tenerlos. Luego, el liderazgo debe ir con el servicio, pero con un amor personal a la gente. De un párroco, una vez oí esto: «Este hombre conocía el nombre de toda la gente de su barrio, ¡incluso el nombre de los perros!». Es hermoso. Era cercano, conocía a cada uno, sabía la historia de todas las familias, sabía todo. Y ayudaba. Era muy cercano... Cercanía, servicio, humildad, pobreza y sacrificio. Recuerdo a los antiguos párrocos de Buenos Aires, cuando no existía el celular, la secretaría telefónica, dormían con el teléfono al lado. Nadie moría sin los Sacramentos. Les llamaban a cualquier hora, se levantaban e iban. Servicio, servicio. Y como obispo, sufría cuando llamaba a una parroquia y me respondía la secretaría telefónica... ¡Así no hay liderazgo! ¿Cómo puedes conducir un pueblo si no lo escuchas, si no estás al servicio? Estas son las cosas que me surgen así, un poco... no en orden, pero para responder a tu pregunta...

Buenos días, Santo Padre.

Buenos días.

Me llamo don Sèrge, vengo de Camerún. Mi formación se lleva a cabo en el Colegio San Pablo Apóstol. He aquí la pregunta: cuando volvamos a nuestras diócesis y comunidades, seremos llamados a nuevas responsabilidades ministeriales y a nuevas tareas formativas. ¿Cómo podemos hacer convivir de modo equilibrado todas las dimensiones de la vida ministerial: la oración, los compromisos y las tareas formativas sin descuidar ninguna de ellas? Gracias.

Hay una cuestión a la que no he respondido: se fue tal vez —¡el inconsciente deshonesto!— y quiero unirla a esta. Me preguntaban: «¿Cómo hace usted, como Papa, estas cosas?». También la tuya... Yo responderé a la tuya, contando, con toda sencillez, qué hago para no descuidar las cosas. La oración. Yo, por la mañana, trato de rezar laudes y también hacer un poco de oración, la lectio divina, con el Señor. Cuando me levanto. Primero leo los «cifrados», y luego hago esto. Y después, celebro la misa. Luego, comienza el trabajo: el trabajo que un día es de una manera, otro día de otra manera... trato de hacerlo con orden. A mediodía como, luego un poco de siesta; después de la siesta, a las tres —disculpadme— rezo Vísperas, a las tres... Si no se rezan a esa hora, ya no se rezarán. Sí, y también la lectura, el Oficio de lectura del día siguiente. Luego el trabajo de la tarde, las cosas que debo hacer... Más tarde, hago un rato de adoración y rezo el rosario; cena, y se acaba. Este es el esquema. Pero algunas veces no se puede hacer todo, porque me dejo llevar por exigencias no prudentes: demasiado trabajo, o creer que si no hago esto hoy, no lo hago mañana... cae la adoración, cae la siesta, cae esto... Y también aquí la vigilancia: vosotros volveréis a la diócesis y os sucederá esto que me pasa a mí: es normal. El trabajo, la oración, un poco de espacio para descansar, salir de casa, caminar un poco, todo esto es importante... pero debéis ajustarlo con la vigilancia y también con los consejos... Lo ideal es terminar el día cansados: esto es lo ideal. No tener necesidad de tomar pastillas: acabar cansado. Pero con un buen cansancio, no con un cansancio imprudente, porque eso hace mal a la salud y a la larga se paga caro. Miro la cara de Sandro, que ríe y dice: «Pero usted no hace esto». Es verdad. Esto es lo ideal, pero no siempre lo hago, porque también yo soy pecador, y no siempre soy tan ordenado. Pero esto debes hacer...

¡Buenos días Santo Padre! Soy Fernando Rodríguez, un sacerdote recién ordenado de México. Recibí la ordenación hace un mes y vivo en el Colegio mexicano. Santo Padre, usted nos ha recordado que la Iglesia necesita una nueva evangelización. En efecto, en la Evangelii gaudium, usted se detuvo en la preparación de la predicación, en la homilía y en el anuncio como forma de un diálogo apasionado entre un pastor y su pueblo. ¿Podría volver sobre este tema de la nueva evangelización? Y también, Santidad, nos preguntamos cómo debería ser un sacerdote para la nueva evangelización. ¿Cuál o cuáles deberían ser sus rasgos característicos? Gracias.

Cuando san Juan Pablo II habló sobre la nueva evangelización —yo creía que era la primera vez, pero luego me dijeron que no era la primera vez—, fue en Santo Domingo en 1992. Y él dijo que debe ser nueva en la metodología, en el ardor, en el celo apostólico, y la tercera no la recuerdo... ¿Quién la recuerda? ¡La expresión! Buscar una expresión que se adapte a la unicidad de los tiempos. Y, para mí, en el Documento de Aparecida está muy claro. Este Documento de Aparecida desarrolla bien esto. Para mí la evangelización requiere salir de sí mismo; requiere la dimensión del trascendente: el trascendente en la adoración de Dios, en la contemplación, y el trascendente hacia los hermanos, hacia la gente. ¡Salir de, salir de! Para mí esto es como el núcleo de la evangelización. Y salir significa llegar a, es decir cercanía. Si tú no sales de ti mismo, jamás tendrás cercanía. Cercanía. Ser cercano a la gente, ser cercano a todos, a todos aquellos a quienes debemos ser cercanos. Toda la gente. Salir. Cercanía. No se puede evangelizar sin cercanía. Cercanía, pero cordial; cercanía de amor, incluso cercanía física; ser cercano-a. Y tú has relacionado la homilía allí. El problema de las homilías aburridas —por decirlo así—, el problema de las homilías aburridas es que no hay cercanía. Precisamente en la homilía se mide la cercanía del pastor con su pueblo. Si tú hablas en la homilía, pensemos en 20, 25 ó 30, 40 minutos —esto no es una fantasía, ¡esto sucede!—, y hablas de cosas abstractas, de verdades de la fe, tú no haces una homilía, das clases. Es otra cosa. Tú no eres cercano a la gente. Por esto es importante la homilía: para medir, para conocer bien la cercanía del sacerdote. Creo que en general nuestras homilías no son buenas, no son precisamente del género literario homilético: son conferencias, o son lecciones, o son reflexiones. Pero la homilía —y esto preguntadlo a los profesores de teología—, la homilía en la misa, la Palabra es Dios fuerte, es un sacramental. Para Lutero era casi un sacramento: era ex opere operato, la Palabra predicada; para otros es sólo ex opere operantis. Pero creo que está en el centro, un poco de ambas. La teología de la homilía es un poco casi un sacramental. Es distinto del decir palabras sobre un tema. Es otra cosa. Supone oración, supone estudio, supone conocer a las personas a las cuales tú hablarás, supone cercanía. Acerca de la homilía, para ir bien en la evangelización, debemos ir bastante adelante, estamos con cierto retraso. Es uno de los puntos de la conversión que la Iglesia necesita hoy: adecuar bien las homilías, para que la gente comprenda. Y, luego, después de ocho minutos, la atención desaparece. Una homilía de más de ocho minutos, diez minutos no es bueno. Debe ser breve, debe ser fuerte. Os aconsejo dos libros, de mis tiempos, pero son buenos, para este aspecto de la homilía, porque os ayudarán mucho. Primero, «La teología de la predicación», de Hugo Rahner. No de Karl, de Hugo. Se puede leer bien Hugo, Karl es difícil de leer. Esta es una joya: «Teología de la predicación». Y el otro es el del padre Domenico Grasso, que nos introduce en lo que es la homilía. Creo que tiene el mismo título: «Teología de la predicación». Os ayudará bastante esto. La cercanía, la homilía… Hay otra cosa que quiero decir… Salir, cercanía, la homilía como medida de cómo soy cercano al pueblo de Dios. Y otra categoría que me gusta usar es la de las periferias. Cuando uno sale no debe ir sólo hasta la mitad de un camino, sino llegar al final. Algunos dicen que se debe comenzar la evangelización desde los más lejanos, como hacía el Señor. Esto es lo que se me ocurre decir acerca de tu pregunta. Pero esto de la homilía es verdad: para mí es uno de los problemas que la Iglesia debe estudiar y convertirse. Las homilías, las homilías: no se trata de dar clases, no son conferencias, son otra cosa. A mí me gusta cuando los sacerdotes se reúnen dos horas para preparar la homilía del próximo domingo, porque se da un clima de oración, de estudio, de intercambio de opiniones. Esto es bueno, hace bien. Prepararla con otro, esto funciona muy bien.

¡Alabado sea Jesucristo! Me llamo Voicek, vivo en el Pontificio Colegio Polaco y estudio teología moral. Santo Padre, el ministerio presbiteral al servicio de nuestro pueblo siguiendo el ejemplo de Cristo y de su misión, ¿qué nos recomienda para permanecer dispuestos y alegres en el servicio del pueblo de Dios? ¿Qué cualidades humanas nos aconseja y nos recomienda cultivar para ser imagen del Buen Pastor y vivir lo que usted ha llamado «la mística del encuentro»?

He hablado de algunas cosas que se deben hacer en la oración, principalmente. Pero tomo tu última palabra para hablar de una cosa, que se ha de sumar a todas las que he dicho, que se han dicho y que conducen precisamente a tu pregunta. «La mística del encuentro», has dicho. El encuentro. La capacidad de encontrarse. La capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método, muchas cosas. Este encuentro. Y significa también no asustarse, no asustarse de las cosas. El buen pastor no debe asustarse. Tal vez tiene temor dentro, pero no se asusta jamás. Sabe que el Señor le ayuda. El encuentro con las personas por las que tú debes tener atención pastoral; el encuentro con tu obispo. Es importante el encuentro con el obispo. Es importante también que el obispo deje espacio para el encuentro. Es importante… porque, sí, algunas veces se escucha: «¿Has dicho esto a tu obispo? Sí, he pedido audiencia, pero hace cuatro meses que he pedido audiencia. ¡Estoy esperando!». Esto no es bueno, no. Ir al encuentro del obispo y que el obispo se deje encontrar. El diálogo. Pero sobre todo quisiera hablar de una cosa: el encuentro entre los sacerdotes, entre vosotros. La amistad sacerdotal: esto es un tesoro, un tesoro que se debe cultivar entre vosotros. La amistad sacerdotal. No todos pueden ser amigos íntimos. Pero qué hermosa es una amistad sacerdotal. Cuando los sacerdotes, como dos hermanos, tres hermanos, cuatro hermanos se conocen, hablan de sus problemas, de sus alegrías, de sus expectativas, tantas cosas… Amistad sacerdotal. Buscad esto, es importante. Ser amigos. Creo que esto ayuda mucho a vivir la vida sacerdotal, a vivir la vida espiritual, la vida apostólica, la vida comunitaria y también la vida intelectual: la amistad sacerdotal. Si me encontrase a un sacerdote que me dice: «Yo jamás he tenido un amigo», pensaría que este sacerdote no ha tenido una de las alegrías más hermosas de la vida sacerdotal, la amistad sacerdotal. Es lo que os deseo a vosotros. Os deseo que seáis amigos de quienes el Señor te pone delante para la amistad. Deseo esto en la vida. La amistad sacerdotal es una fuerza de perseverancia, de alegría apostólica, de valentía, también de sentido del humor. Es hermoso, hermosísimo. Esto es lo que pienso.

Os agradezco la paciencia. Y ahora podemos dirigirnos a la Virgen, pedir la bendición…

Regina caeli…



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana