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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DE SENEGAL-MAURITANIA-CABO VERDE-GUINEA BISSAU,
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Lunes 10 de noviembre de 2014

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Queridos hermanos obispos:

Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de vuestra peregrinación a Roma para la visita ad limina. Doy un saludo cordial al señor cardenal Sarr, así como a cada uno de vosotros, y agradezco a monseñor Benjamin Ndiaye, presidente de vuestra Conferencia episcopal, las palabras que me ha dirigido. Os pido que, cuando volváis a vuestras diócesis, transmitáis mi afecto a todos vuestros fieles —a los sacerdotes, a las personas consagradas y, en particular, a las familias—, asegurándoles mi cercanía a lo largo del camino de su vida cristiana, con el pensamiento y la oración. Del mismo modo, me encomiendo a la oración de cada uno de vosotros y de cada una de vuestras comunidades.

Vuestra peregrinación es una ocasión para consolidar la comunión fraterna que las Iglesias particulares mantienen con la Iglesia de Roma y con su obispo. Pero también es la ocasión para fortalecer los vínculos de caridad que existen entre vosotros —puesto que cada obispo debe tener en el corazón la preocupación por todas las Iglesias— y para vivir así la colegialidad. Esto representa un hermoso desafío para una Conferencia episcopal que reúne a obispos provenientes de cuatro países —Senegal, Mauritania, Cabo Verde y Guinea Bissau—, países diversos por lengua, geografía, cultura e historia pero que, sin embargo, sienten la necesidad de encontrarse y apoyarse recíprocamente en el ministerio. Es importante que manifestéis esta comunión en la diferencia, que de por sí ya es dar testimonio auténtico de Cristo resucitado en un mundo en el que demasiados conflictos dividen a los pueblos, puesto que «el anuncio de paz (…) es la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis» (Evangelii gaudium, 230). Os invito a perseverar en la acogida recíproca, a través de vuestros encuentros y vuestros trabajos comunes, sin descorazonaros frente a las dificultades, ya que el Espíritu de Cristo os une y os «infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia» (Evangelii gaudium, 259).

Entre los desafíos que todos vosotros debéis afrontar, está el de radicar más profundamente la fe en los corazones, para que realmente se ponga en práctica en la vida. Cierto, esto es particularmente evidente en las regiones de primera evangelización, pero lo es también allí donde el Evangelio fue anunciado hace mucho tiempo, puesto que la fe es un don que hay que fortalecer siempre y que hoy es amenazado de múltiples modos, ya sea por propuestas religiosas más fáciles y atractivas en el plano moral que surgen en todas partes, ya sea por el fenómeno de la secularización, que también afecta a las sociedades africanas. Para permanecer siempre fieles a Cristo, a pesar de las dificultades, es necesario amarlo y mantenerse unido a Él con fervor, y percibir hasta qué punto encontrarlo «da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1).

Por lo tanto, es indispensable que los laicos reciban una sólida formación doctrinal y espiritual y un apoyo constante, para que sean capaces de dar testimonio de Cristo en sus ambientes de vida, a fin de impregnar duraderamente la sociedad de los principios del Evangelio, evitando a la vez que la fe sea marginada en la vida pública. Una fecunda colaboración entre sacerdotes, institutos religiosos y laicos, así como la atención pastoral dada a las asociaciones y a los movimientos, contribuirán ciertamente al logro de este objetivo.

La pastoral familiar —como destacó el reciente Sínodo de los obispos— debe ser a su vez objeto de una atención particular, porque la familia es la célula básica de la sociedad y de la Iglesia, es el lugar donde se enseñan los rudimentos de la fe, los principios elementales de la vida en común, y, muy a menudo, el lugar donde nacen las vocaciones sacerdotales y religiosas que necesitan vuestras Iglesias.

La formación de los sacerdotes es determinante para el futuro. Vuestros países viven situaciones muy distintas, pero el primado de la calidad sobre la cantidad sigue siendo necesario por doquier. Por un lado, es importante que la formación sacerdotal —que debe ser al mismo tiempo, y de modo interactivo, espiritual, intelectual, comunitaria y pastoral— sea de calidad; y sé cuánto representa esto para vosotros en esfuerzos y recursos. Por otro, os invito a estar cerca de vuestros sacerdotes, en particular de los jóvenes, y a aseguraros de que, después de la ordenación, perseveren tanto en la formación permanente como en la vida de oración y que se beneficien de un acompañamiento espiritual. Es así como podrán afrontar los desafíos que se les presenten: para unos, cierto aislamiento; para otros, la pobreza material y la falta de recursos; para otros incluso, la fascinación del mundo, etc.

De igual modo, el contacto con las otras religiones es una realidad particularmente presente en algunas de vuestras diócesis, puesto que allí el islam es fuertemente mayoritario, en condiciones de relaciones recíprocas entre comunidades muy diferentes de un lugar al otro. Creo que es importante que los clérigos reciban en el seminario una formación más estructurada, de modo que desarrollen sobre el terreno un diálogo constructivo con los musulmanes, diálogo cada vez más necesario para convivir con ellos pacíficamente. De hecho, «si todos nosotros, creyentes en Dios, deseamos servir a la reconciliación, la justicia y la paz, hemos de trabajar juntos para impedir toda forma de discriminación, intolerancia y fundamentalismo confesional» (Africae munus, 94). Además, la Iglesia debe testimoniar incesantemente el amor de Dios, creador de todos los hombres, sin hacer ninguna distinción religiosa en su acción social (cf. ibídem).

Más en general, me parece importante que no dudéis en ocupar el lugar que os corresponde en la sociedad civil. Sé que trabajáis con perseverancia, sobre todo en Senegal y Guinea Bissau, por la paz y la reconciliación, hecho que me alegra mucho: mi oración os acompaña en estos esfuerzos. Os recomiendo que os preocupéis por mantener buenas relaciones con las autoridades políticas, para favorecer el reconocimiento oficial de las estructuras eclesiales que facilitan mucho el trabajo de evangelización. Algunos de vosotros, por ejemplo los obispos de Cabo Verde, ya se benefician de la existencia de un Acuerdo marco entre el Estado y la Santa Sede.

También allí donde la Iglesia es muy minoritaria —e, incluso, está totalmente al margen de la vida civil— es, de todos modos, apreciada y reconocida por su contribución significativa en los ambientes de la promoción humana, la salud y la educación. Os agradezco las obras realizadas en vuestras diócesis —muy a menudo a través del compromiso perseverante de las congregaciones religiosas y de numerosos laicos asociados, a quienes doy las gracias vivamente—, que constituyen ya una auténtica evangelización en acción. No dudéis en realizar una reflexión más sistemática sobre estos temas y en ejecutar auténticos proyectos de solidaridad y educación de la juventud.

Queridos hermanos obispos: algunas de vuestras Iglesias son pequeñas, frágiles, pero valientes y generosas en el anuncio de la fe, y vosotros habéis testimoniado su dinamismo real. Doy gracias a Dios por las maravillas que ha realizado entre vosotros, y os doy las gracias a vosotros y también a todos los que participan en esta obra común de evangelización. Es cierto que no faltan los desafíos, pero os animo a ir resueltamente adelante, seguros de que el Espíritu de Jesús os guía: «Porque Él viene en ayuda de nuestra debilidad’ (…) puede sanar todo lo que nos debilita en el empeño misionero (…), sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento» (Evangelii gaudium, 280).

Confirmándoos mi afecto y mi caluroso aliento, os encomiendo a vosotros, así como a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos de vuestras diócesis, a la protección de la Virgen María, y os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

 



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