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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA COMUNIDAD DEL COLEGIO INTERNACIONAL DEL GESÙ, ROMA

Sala del Consistorio
Lunes, 3 de diciembre de 2018

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Queridos hermanos, buenos días.

Gracias por vuestra visita; me alegra. Vosotros recordáis el 50° Aniversario del Colegio del Gesù, abierto por iniciativa del Padre Arrupe en 1968. En el año cincuenta, el del jubileo, dice la Escritura que “cada uno regresará a sus tierras y sus familias” (Lev 25,10). ¡Pero ninguno tiene que hacer las maletas! Todos, sin embargo, estáis llamados a regresar al lugar que os es propio, a desear “lo que es esencial y original” (San Pedro Favre, Memorial, 63), a revisitar aquella familia en la cual Dios os ha regenerado, donde habéis profesado la pertenencia a Él. Dios os ha fundado como jesuitas: este jubileo es un tiempo de gracia para hacer memoria y sentiros con la Iglesia, en una Compañía y en una pertenencia que tiene un nombre: Jesús. Hacer memoria significa fundarse nuevamente en Jesús, en su vida; significa reafirmar un claro “no” a la tentación de vivir para uno mismo; para reafirmar que, como Jesús, existimos para el Padre (cf. Jn 6, 57); que, como Jesús, debemos vivir para servir, no para ser servidos (cf. Mc 10, 45). Recordar es repetir con la inteligencia y la voluntad que la Pascua del Señor es suficiente para la vida del jesuita. No hace falta nada más. Será bueno retomarla segunda semana de los Ejercicios, para refundarse en la vida de Jesús, en camino hacia la Pascua. Porque formarse, es, ante todo, fundarse. Sobre esto me permito aconsejaros que volváis al Coloquio del servicio para ser como Jesús, para imitar a Jesús, que se vació a sí mismo, se aniquiló u obedeció hasta la muerte; el Coloquio que te lleva al momento de pedir persistentemente calumnias, persecuciones, humillaciones. ¡Este es el criterio, hermanos! Si alguien falla en esto, que hable con su padre espiritual. Imitar a Jesús. Como Él, en ese camino que Pablo nos dice en Filipenses 2,7, y no tener miedo de pedir porque es una bienaventuranza: “Bienaventurados seréis cuando digan cosas malas de vosotros, os calumnien, os persigan...”. Este es vuestro camino. Si no conseguís a hacer ese Coloquio con el corazón y dar toda la vida, convencidos y a pedir esto, no estaréis bien enraizados.

Fundarse, es el primer verbo que quisiera dejaros. Lo escribía San Francisco Javier, a quien hoy festejamos: “Os pido que en todas vuestras cosas, os fundéis totalmente en Dios” (Carta 90 de Kagoshima). De este modo, agregaba, no habrá adversidad a la cual no se pueda estar preparado. Vosotros vivís en la casa donde San Ignacio vivió, escribió las Constituciones y envió a los primeros compañeros en misión por el mundo. Os fundáis en los orígenes. Es la gracia de estos años romanos: la gracia del fundamento, la gracia de los orígenes. Y vosotros sois un vivero que trae el mundo a Roma y lleva Roma al mundo, la Compañía en el corazón de la Iglesia y la Iglesia en el corazón de la Compañía.

El segundo verbo es crecer. En estos años estáis llamados a crecer, hundiendo las raíces. La planta crece desde las raíces, que no se ven pero que sostienen todo. Y deja de dar fruto no cuando tiene pocas ramas, sino cuando se secan sus raíces. Tener raíces es tener un corazón bien injertado, que en Dios es capaz de dilatarse. A Dios, semper maior, se responde con el magis de la vida, con entusiasmo claro y ardiente, con el fuego que arde por dentro, con esa tensión positiva, siempre creciente, que dice ‘no’ a todo acomodamiento. Es el ‘ay de mí si no anuncio el Evangelio’ del Apóstol Pablo, es el ‘no me detuve ni un momento’ de San Francisco Javier, es lo que impulsó a San Alberto Hurtado a ser una flecha puntiaguda en los miembros dormidos de la Iglesia. El corazón si no se expande, se atrofia. Si no crece, se marchita.

No hay crecimiento sin crisis —no tengáis miedo de las crisis—, así como no hay fruto sin poda ni victoria sin lucha. Crecer, echar raíces significa luchar sin tregua contra toda mundanidad espiritual, que es el peor mal que nos puede pasar, como decía el Padre De Lubac. Si la mundanidad afecta a las raíces, adiós frutos y adiós plantas. Y para mí, este es el peligro más fuerte en este tiempo: la mundanidad espiritual, que te lleva al clericalismo y de ahí a más. En cambio, si el crecimiento es un constante actuar contra el propio ego habrá mucho fruto. Y mientras el espíritu enemigo no cejará de tentaros para que busquéis vuestras ‘consolaciones’, insinuando que se vive mejor si se tiene lo que se quiere, el Espíritu amigo os animará suavemente en el bien, a crecer en una docilidad humilde, yendo adelante, sin desgarres y sin insatisfacción, con esa serenidad que sólo viene de Dios. Alguno que tenga malos pensamientos podría decir: “¡Pero esto es pelagianismo!”. No, esto es confrontación con el Cristo Crucificado, con el que tú harás el coloquio, ese citado más arriba, porque solamente con la gracia del Señor se puede recorrer este camino.

Quisiera citar dos signos positivos del crecimiento, la libertad y la obediencia: dos virtudes que avanzan si caminan juntas. La libertad es esencial, porque “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3,17). El Espíritu de Dios habla libremente a cada uno a través de sentimientos y pensamientos; no puede ser encerrado en esquemas, sino que debe ser acogido con el corazón, en el camino, como hijos libres, no como siervos. Os deseo que seáis hijos libres que, unidos en su diversidad, luchan cada día por conquistar la libertad más grande: la de liberarse de uno mismo. La oración os será de gran ayuda, la oración que nunca debe ser descuidada: es la herencia que el Padre Arrupe nos dejó al final. El “canto del cisne” del Padre Arrupe. Leed ese llamado, esa conferencia que dio a los jesuitas en el campo de refugiados de Tailandia. Luego tomó el avión y aterrizó en Roma, donde tuvo el derrame cerebral. Y la libertad va con la obediencia: como para Jesús, para nosotros también el alimento de la vida es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34) y de los padres que la Iglesia nos da. Libres y obedientes, siguiendo el ejemplo de San Ignacio, cuando esperaba tanto tiempo en Villa d'Este y, humilde y decidido al mismo tiempo, en completa libertad presentaba al Papa la obediencia total de la Compañía, en una Iglesia que ciertamente no brillaba por las costumbres evangélicas. Ahí está la instantánea del jesuita adulto, crecido. La libertad y la obediencia dan vida a esa manera creativa de actuar con el Superior. Una vez le dije a un grupo de jesuitas que se estaban preparando, creo, para convertirse en superiores, que el General de la Compañía era un pastor de “un rebaño de sapos”, porque la libertad del jesuita, con la iniciativa, lleva a muchas iniciativas y el pobre Superior debe saltar de un lado a otro... ¡Hacer la unidad no con ovejas mansas, sino con sapos! Y esto es cierto, es importante. ¿Pero dónde está la garantía de este vínculo con el Superior, de esta unidad? En la cuenta de conciencia. Por favor, nunca lo dejéis porque es lo que garantiza la posibilidad del Superior de apoyar al “rebaño de sapos”, de llevarlo a una armonía diferente, porque te conoce y mañana serás tú el que reciba la cuenta de conciencia de él porque todos somos hermanos que se conocen bien. Libertad, obediencia, cuenta de conciencia como método, como camino.

Fundarse, crecer y, en fin, madurar. Es el tercer verbo. No se madura en las raíces ni en el tronco, sino dando frutos, que fecundan la tierra con nuevas semillas. Aquí es donde entra en juego la misión, enfrentar las situaciones de hoy, cuidar del mundo que Dios ama. San Pablo VI decía: «Dondequiera que en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y de punta, en la encrucijada de las ideologías, en las trincheras sociales, haya habido y haya una confrontación entre las necesidades ardientes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, ahí ha habido y hay jesuitas» (Discurso durante la XXXII Congregación general de la Compañía de Jesús, 3 de diciembre de 1974). Estas palabras están en el mensaje que yo creo ha sido, quizás, el más profundo de un Papa a la Compañía. En los cruces más intrincados, en las tierras fronterizas, en los desiertos de la humanidad: aquí está llamado a estar el jesuita. Se puede encontrar como un cordero en medio de los lobos, pero no debe luchar contra los lobos, sólo debe permanecer como cordero. Así el Pastor lo alcanzará allí, donde está su cordero” (cf. S. Juan Crisóstomo, Homilía XXXIII sobre el evangelio de Mateo).

Contribuyen a esta misión la pasión y la disciplina en los estudios Y siempre os hará bien aunar el ministerio de la Palabra con el ministerio de la consolación. Ahí tocáis la carne que la Palabra ha asumido: acariciando a los miembros sufrientes de Cristo, aumentáis la familiaridad con la Palabra encarnada. El sufrimiento que veis no os espante. Llevadlo ante al Crucificado. Se llevan allí y a la Eucaristía, donde se obtiene el amor paciente, que sabe abrazar a los crucificados de todos los tiempos. Así madura también la paciencia, como la esperanza, porque son gemelas: crecen juntas. No tengáis miedo de llorar en contacto con situaciones difíciles: son gotas que irrigan la vida, la hacen dócil. Las lágrimas de compasión purifican el corazón y los afectos.

Mirándoos, veo una comunidad internacional, llamada a crecer y madurar junta. El Colegio del Gesù es y debe ser un campo de entrenamiento activo en el arte de vivir, incluyendo al otro. No se trata sólo de comprenderse y quererse, tal vez a veces de soportarse, sino de llevar los unos los pesos de los otros (cf. Gal 6,2). Y no sólo los pesos de las debilidades mutuas, sino también los de las diferentes historias, culturas y recuerdos de los pueblos. Os hará mucho bien compartir y descubrir las alegrías y los problemas reales del mundo a través de la presencia del hermano que está a vuestro lado; abrazad en él no solo lo que interesa o fascina, sino también la angustia y las esperanzas de una Iglesia y de un pueblo: ampliar los confines, cambiando el horizonte cada vez, siempre un poco más lejos. Que la bendición que os doy pueda también llegar a vuestros países y ayudaros a fundaros, crecer y madurar para la mayor gloria de Dios. Os doy las gracias y os pido que recéis por mí. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 3 de diciembre de 2018



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