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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PEREGRINOS DE LA IGLESIA GRECO-CATÓLICA ESLOVACA
EN EL SEGUNDO CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA EPARQUÍA DE PREŠOV

Sábado, 6 de octubre de 2018

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Queridos hermanos y hermanas:

¡Bienvenidos y gracias por vuestro caluroso afecto!

San Juan Pablo II, hablando en Prešov en 1995, tomó prestada una hermosa imagen de la naturaleza circundante para describir la identidad y misión de las comunidades greco-católicas: «En las aguas transparentes se refleja la majestuosa grandeza de los picos: este paisaje [...] nos habla de la belleza y la bondad del Creador. Desde las laderas del sur de las montañas Tatra hasta las planicies de Zemplín, durante siglos las comunidades del rito oriental han convivido con los hermanos y hermanas de rito latino, que también están llamados a representar, como los pequeños lagos "plesá", la transparente y luminosa generosidad de Dios. Es el mismo Señor quien enriquece a su Iglesia con la variedad de formas y tradiciones» (Discurso a los católicos de rito bizantino, 2 de julio de 1995, n. 6).

La Iglesia católica griega en Eslovaquia puede considerarse una expresión de la belleza de la variedad de formas de vida eclesial, de esa variedad que «en la Iglesia no sólo no daña a su unidad, sino que más bien la explicita» (Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Orientalium Ecclesiarum, 2). Hoy estáis aquí con el Papa para celebrar el doscientos aniversario de la erección de la Eparquía de Prešov, nacida del desmembramiento de vuestra materna Eparquía de Mukačevo, actualmente en territorio ucraniano. Vuestra eparquía se ha desarrollado convirtiéndose, a su vez, en la madre de una nueva familia eclesial, generando otras eparquías, una de las cuales en Canadá, y desde hace diez años es sede de la Metropolia sui iuris.

En esta ocasión, puedo saludaros a todos, comenzando por vuestro obispo metropolitano Mons. Ján Babjak, — que va al bosque a recoger setas y me las trae— acompañado por los obispos, Mons. Chautur de Košice, Mons. Rusnák de Bratislava y del nuevo obispo en Canadá Mons. Pacák. Queridos hermanos, continuad vuestro trabajo como guías y padres del pueblo de Dios que os ha sido confiado. Seguid el luminoso ejemplo de los beatos obispos mártires Peter Pavol Gojdič y Vasiľ Hopko. Difundid la bondad, la paz, la generosidad y la mansedumbre, con profunda humildad y sencillez, siendo siempre pastores según el corazón de Dios que es Padre, y siguiendo los pasos de Cristo que no vino para ser servido sino para servir.

De este modo estoy seguro de que los sacerdotes, vuestros primeros colaboradores, os seguirán cada vez con más alegría y entusiasmo, disponibles para el servicio eclesial que se les pide. Estimados sacerdotes, os saludo a todos con viva cordialidad, solteros y casados, con vuestras familias, así como a los religiosos. Os agradezco vuestro trabajo en medio del santo pueblo fiel de Dios. Las familias de los sacerdotes viven una misión particular hoy, cuando el mismo ideal de familia se cuestiona, cuando no se ataca explícitamente: ofreced un testimonio de vida sana y ejemplar. También vosotros podéis inspiraros en los ejemplos presentes en la historia de vuestra Iglesia durante las décadas de persecución de la segunda mitad del siglo pasado, en las deportaciones y privaciones de todo tipo. Sé que el obispo Babjak ha recopilado y publicado muchas de sus historias. Hoy depende de vuestra generación mostrar la misma lealtad, quizás no frente a la persecución directa y violenta, pero sí ante las dificultades y peligros de otro tipo. Hoy, los sacerdotes, así como los seminaristas, —que también saludo—, se ven tentados por dos tendencias opuestas: el secularismo, que los lleva a la mundanalidad, o el atrincheramiento en modos obsoletos e incluso no evangélicos de entender su papel eclesial, modos que conducen a un clericalismo estéril.

Una vida religiosa ejemplar, tanto masculina como femenina, así como la pertenencia a algunos de los nuevos movimientos eclesiales, son parte de un tejido eclesial fuerte y saludable. Os vuelvo a proponer hoy el ejemplo del beato Metod Dominik Trčka, mártir de la fe.

¡Queridos peregrinos de Eslovaquia!

En vuestra alegre presencia aquí, junto con vuestros pastores, veo un rostro entusiasta y devoto de una Iglesia firme en la fe, consciente de su dignidad y orgullosa de su identidad eclesial. De esta manera, sois dignos hijos de la evangelización llevada cabo, en plena fidelidad a la Sede apostólica, por los santos patrones de Europa, Cirilo y Metodio. El continente europeo, en Oriente como en Occidente, necesita redescubrir sus raíces y su vocación; y de las raíces cristianas solo pueden crecer árboles sólidos, que producen frutos de pleno respeto por la dignidad del hombre, en cada condición y en cada fase de la vida.

Os animo a mantener vuestra tradición bizantina, que he aprendido a conocer y amar desde que era joven: redescubridla y vividla plenamente, —como lo enseñó el Concilio Ecuménico Vaticano II— prestando una gran atención a los itinerarios de evangelización y catequesis en los que incluso antes que los pastores, los protagonistas son los padres y los abuelos, de quienes muchos han aprendido las primeras oraciones y el significado cristiano de la vida. ¡Gracias a los padres, madres, abuelos y a todos los educadores presentes aquí por su testimonio indispensable!

Queridos hermanos y hermanas, os pido un recuerdo especial cuando celebréis dentro de poco la Divina Liturgia en la basílica de Santa María la Mayor, un templo tan precioso para la memoria de los Santos Cirilo y Metodio y, por lo tanto, para vuestra historia. La Santa Madre de Dios, a quien miramos con esperanza y amor de hijos, defienda con su intercesión a la Iglesia en este momento de prueba y vele por los trabajos del Sínodo de los jóvenes que acabamos de comenzar. Os doy las gracias y os bendigo a todos, a vuestros seres queridos y a toda la comunidad greco-católica en Eslovaquia.

Boletín  de la Oficina de prensa de la Santa Sede, 6 de octubre de 2018.

 



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