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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN SIMPOSIO DE LA
COMMUNIO INTERNATIONALIS BENEDICTINARUM (CIB)

Sala del Concistoro
Sabato, 8 settembre 2018

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Padre Abad Primado, Sor Judith Ann,
y todos vosotras, monjas y hermanas benedictinas:

¡Bienvenidas a Roma! Agradezco las palabras de presentación del Padre Primado: ¡Le he dicho que su italiano ha mejorado! Vuestro simposio es una ocasión propicia para que las benedictinas de todo el mundo vivan juntas un tiempo de oración y reflexión sobre las diferentes formas en que el espíritu de San Benito, después de mil quinientos años, continúa resonando y obrando hoy. Estoy espiritualmente cerca de vosotras en estos días de encuentro.

Como tema, habéis elegido una exhortación tomada del capítulo 53 de la Regla de San Benito: «Todos sean recibidos como Cristo». Esta frase ha imprimido en la la Orden Benedictina una vocación decidida de hospitalidad, en obediencia a esa palabra del Señor Jesús, que es parte de vuestra «regla de conducta», recogida en el Evangelio de Mateo: «Era forastero y me acogisteis» (25,35; cfr. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 102-103). Hoy en el mundo hay muchas personas que tratan de vivir la ternura, la compasión, la misericordia y la aceptación de Cristo en sus vidas. A ellas, ofrecéis el precioso regalo de vuestro testimonio cuando os hacéis instrumentos de la ternura de Dios para los que pasan por necesidades. Vuestra acogida a personas de diferentes tradiciones religiosas contribuye, con unción espiritual, al progreso del ecumenismo y el diálogo interreligioso. Desde hace siglos, los lugares benedictinos son conocidos como lugares de acogida, oración y hospitalidad generosa. Espero que al reflexionar juntas sobre este tema y al compartir experiencias, podáis poner de manifiesto las varias formas de continuar en vuestros monasterios esta obra evangélica esencial.

El lema “Ora et labora” pone la oración en el centro de vuestra vida. La celebración diaria de la santa misa y de la liturgia de las horas os sitúa en el corazón de la vida eclesial. Cada día, vuestra oración enriquece, por así decirlo, el “aliento” de la Iglesia. Es una oración de alabanza, con la cual dais voz a toda la humanidad y también a la creación. Es una oración de acción de gracias por los innumerables y continuos beneficios del Señor. Es una oración de súplica por los sufrimientos y las ansiedades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente los pobres. Es una oración de intercesión por aquellos que sufren injusticias, guerras y violencia, y que ven su dignidad violada. No os encontráis físicamente con estas personas, pero sois hermanas suyos en la fe y en el Cuerpo de Cristo. El valor de vuestra oración no se puede calcular, pero ciertamente es un regalo precioso. Dios siempre escucha las oraciones de los corazones humildes y compasivos.

También os digo gracias por vuestra atención especial al medio ambiente y vuestro esfuerzo en preservar los dones de la tierra, para que puedan ser compartidos por todos. Sé que las monjas y las hermanas benedictinas en el mundo son buenas administradoras de los dones de Dios. Como mujeres, sentís y apreciáis de manera especial la belleza y la armonía de la creación. Vuestros monasterios a menudo se encuentran en lugares de gran belleza donde las personas van a rezar, encontrar silencio y contemplar las maravillas de la creación. Os animo a continuar con este estilo y con este servicio, para que las obras de Dios puedan ser admiradas y hablar de Él a tantas personas.

Vuestra vida comunitaria atestigua la importancia del amor y del respeto mutuo. En efecto, procedéis de lugares y experiencias diferentes, y vosotras mismas sois diferentes las unas de las otras, por lo que la aceptación mutua es la primera señal que dais a un mundo al que le cuesta trabajo vivir este valor. Todos somos hijos de Dios y vuestras oraciones, vuestro trabajo, vuestra hospitalidad, vuestra generosidad, se combinan para expresar una comunión en la diversidad que manifiesta la esperanza de Dios para nuestro mundo: una unidad hecha de paz, de aceptación mutua y de amor fraternal.

Queridas hermanas, os acompaño con la oración. Aportáis un don valioso para la vida de la Iglesia con el testimonio femenino de bondad, fe y generosidad, a imitación de la Santa Madre de la Iglesia, la Virgen María. Vosotras sois iconos de la Iglesia y de la Virgen: no lo olvidéis. Iconos. El que os ve, ve a la Iglesia Madre y a la Madona, Madre de Cristo. Por esto alabamos al Señor y os damos gracias. Os pido por favor que recéis por mí y os bendigo de todo corazón, así como a vuestras comunidades y a todos los que servís en nombre de Cristo. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 8 de septiembre de 2018.

 



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