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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
"IGLESIA, MÚSICA, INTERPRETES: UN DIÁLOGO NECESARIO",
ORGANIZADO POR EL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA CULTURA

Sala del Consistorio
Sábado, 9 de noviembre de 2019

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Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Os doy la bienvenida con motivo del III Congreso Internacional Iglesia y Música, dedicado al tema del intérprete y la interpretación. Doy las gracias al Pontificio Consejo de la Cultura por la organización que, en colaboración con el Pontificio Instituto de Música Sacra y el Instituto Litúrgico del Pontificio Ateneo de San Anselmo, han hecho posible esta edición. Saludo a todos los participantes y agradezco especialmente al Cardenal Ravasi su presentación. Espero que el trabajo realizado en estos días sea para todos fermento del Evangelio, de la vida litúrgica y del servicio a la cultura y a la Iglesia.

A menudo pensamos en el intérprete como un traductor, o como aquel que tiene la tarea de transmitir algo que recibe de tal manera que el otro pueda entender. Pero el intérprete, especialmente en el campo de la música, es el que traduce con su propio espíritu lo que el compositor ha escrito, para que resuene bello y perfecto artísticamente. A fin de cuentas, la obra musical existe mientras se interpreta y, por lo tanto, mientras haya un intérprete.

El buen intérprete está animado por una gran humildad frente a la obra de arte que no le pertenece. Sabiendo que es, en su campo, un servidor de la comunidad, intenta siempre formarse y transformarse interna y técnicamente, para poder ofrecer la belleza de la música y, en el ámbito litúrgico, cumplir su servicio en la ejecución musical (cf. Sacrosanctum Concilium, 115). El intérprete está llamado a desarrollar su propia sensibilidad y genio, siempre al servicio del arte, que restaura el espíritu humano, y al servicio de la comunidad, especialmente si desempeña un ministerio litúrgico.

El intérprete musical tiene mucho en común con el estudioso de la Biblia, con el lector de la Palabra de Dios; en un sentido más amplio con aquellos que buscan interpretar los signos de los tiempos; y más generalmente con aquellos ―debemos serlo todos― que acogen y escuchan al otro para un diálogo sincero. Cada cristiano es, en efecto, un intérprete de la voluntad de Dios en su propia existencia, y con ella entona con alegría a Dios un himno de alabanza y acción de gracias. Con este canto la Iglesia interpreta el Evangelio en el surco de la historia. La Virgen María lo hizo de manera ejemplar en su Magnificat y los santos han interpretado la voluntad de Dios en su vida y en su misión.

En 1964, durante su encuentro histórico con los artistas, el Santo Padre Pablo VI expresó este pensamiento: «como sabéis, nuestro ministerio es el de predicar y hacer accesible y comprensible, más aún, emotivo, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta operación que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros. Es vuestra tarea, vuestra misión; vuestro arte consiste precisamente en recoger del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabras, de colores, de formas, de accesibilidad» (Enseñanzas II[1964], 313). En este sentido, el intérprete, como el artista, expresa, pues, el Inefable, utiliza palabras y materia que van más allá de los conceptos, para que se comprenda ese tipo de sacramentalidad propia de la representación estética.

Hay un diálogo. Porque interpretar una obra de arte no es algo estático, algo matemático. Existe un diálogo entre el autor, la obra y el intérprete. Es un diálogo a tres bandas. Y este diálogo es original en cada uno de los intérpretes: un intérprete lo siente así y lo da así, otro lo da de otra manera. Pero este diálogo es importante, porque permite también el desarrollo en la ejecución de una obra artística. Me viene a la mente, por ejemplo, un Bach interpretado por Richter o por Gardiner: es otra cosa. El diálogo es otra cosa, y el intérprete debe entrar en este diálogo entre el autor, la obra y él mismo. Esto no debe olvidarse nunca.

El artista, el intérprete y, en el caso de la música, el oyente tienen el mismo deseo: comprender lo que la belleza, la música y el arte nos permiten conocer sobre la realidad de Dios. Y quizás nunca antes los hombres y las mujeres lo han necesitado tanto como en nuestro tiempo. Interpretar esta realidad es esencial para el mundo de hoy.

Queridos hermanos y hermanas, os agradezco una vez más vuestro compromiso con el estudio de la música, y en particular de la música litúrgica. Espero, para mí y para vosotros, cada uno en su camino, que seamos cada día mejores intérpretes del Evangelio, de la belleza que el Padre nos ha revelado en Jesucristo, en la alabanza que expresa su filiación hacia Dios. Os bendigo de todo corazón, y os pido que recéis por mí. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 9 de noviembre de 2019.

 



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