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INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN «CALIGRAFÍA PARA EL DIÁLOGO:
PROMOVER LA CULTURA DE LA PAZ MEDIANTE LA CULTURA Y EL ARTE»,
EN MEMORIA DEL CARDENAL JEAN-LOUIS TAURAN

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Atrio de la Pontificia Universidad Lateranense
Jueves, 31 de octubre de 2019

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Distinguidos representantes de las Iglesias, Comunidades y Religiones,
Señoras y Señores embajadores,
Señores profesores,
Queridos estudiantes:

Me complace estar aquí con vosotros al término de esta Jornada de Estudio organizada por la Universidad Lateranense sobre la educación para la paz, en preparación para el evento sobre el Pacto Educativo Mundial que viviremos el 14 de mayo del próximo año.

Educar para la paz requiere dar alivio y respuesta a aquellos ―muchos, desgraciadamente― que están condenados a muerte o que se ven obligados a abandonar sus afectos, sus hogares, sus países de origen a causa de conflictos y guerras. Debemos asumir las expectativas y ansiedades de tantos hermanos y hermanas nuestros. No podemos permanecer indiferentes, limitándonos a invocar la paz. Todos, educadores y estudiantes, estamos llamados a construir y proteger la paz todos los días, dirigiendo nuestra oración a Dios para que nos la dé.

La responsabilidad con las nuevas generaciones requiere sobre todo el compromiso de formarlas y escucharlas para responder a los desafíos de nuestro tiempo, sin negar el valor inmutable de la verdad, pero con un lenguaje comprensible y contemporáneo. No basta con ser críticos respecto al pasado o al presente, hay que mostrar creatividad y propuestas para el futuro, ayudando a cada persona a crecer para convertirse en protagonista y no en mero espectador.

La paz, la dignidad humana, la inclusión y la participación ponen de relieve la necesidad de un pacto educativo amplio y capaz de transmitir no sólo el conocimiento de contenidos técnicos, sino también, y sobre todo, una sabiduría humana y espiritual, hecha de justicia, rectitud, comportamientos virtuosos y capaz de ser realizados en la práctica. ¿Cuántas veces se excluye a los más jóvenes porque los objetivos propuestos no son realmente alcanzables, o quizás están pensados sólo para satisfacer intereses limitados? En lugar de condicionar el camino futuro de las generaciones más jóvenes, deberíamos transmitirles un método capaz de valorar la experiencia, incluso la negativa, y ¿qué puede ser más negativo que la guerra y la violencia? Un método capaz de mirar los hechos en sus causas y de proporcionar las herramientas para superar conflictos y contrastes.

Para aquellos llamados a educar a la luz de su religión o creencia, este compromiso se convierte también en una forma de dar testimonio y ayudar a otros a encontrar un modelo alternativo al modelo material y meramente horizontal. Muchas veces también nosotros, mujeres y hombres de fe, nos limitamos a dar indicaciones en lugar de transmitir la experiencia de valores y virtudes. Por eso, ante los conflictos y la necesidad de construir la paz, no nos damos cuenta de que nuestro mensaje corre el riesgo de ser abstracto y no escuchado, teórico. Incluso un hábitat que se define como “religioso”, pero en realidad es ideológico, genera en algunas personas sentimientos de violencia e incluso deseos de venganza. Frente a la falta de paz, no basta con invocar que no haya guerra, proclamar derechos o incluso utilizar la autoridad en sus diversas formas. Es necesario, sobre todo, ponerse en tela de juicio y recuperar la capacidad de estar entre las personas, de dialogar con ellas y de comprender sus necesidades, quizás con nuestra debilidad, que es la forma más auténtica de que nos escuchen cuando hablamos de paz.

No sólo los creyentes, sino todos los que están motivados por la buena voluntad, saben lo necesario que es el diálogo en todas sus formas. Dialogar no sirve solamente para prevenir y resolver los conflictos, sino que es un modo de sacar a la luz los valores y virtudes que Dios ha escrito en el corazón de cada hombre y que ha evidenciado en el orden de la creación. Buscar y explorar cada oportunidad de diálogo no es sólo una forma de vivir o de convivir, sino más bien un criterio educativo. El diálogo es un criterio educativo. En ese sentido encuentra el lugar adecuado el itinerario de estudios de teología interconfesional que ha puesto en marcha esta Universidad. Id adelante, con valor. ¡Cuánto necesitamos hombres de fe que eduquen al verdadero diálogo, utilizando todas las posibilidades y ocasiones!

Vuestros trabajos concluyen hoy con la inauguración de una exposición que presenta obras cuyo lenguaje quiere ser dialógico. Las pinturas del artista saudí Al-Khuzaiem se proponen como herramientas para abrir senderos de paz, para recordar derechos y para hacer de la persona el centro de cada acción y de cada proyecto educativo.

Este momento se hace aún más significativo porque nos recuerda la obra de un hombre del diálogo y constructor de paz, el cardenal Jean-Louis Tauran. Su vida estuvo toda proyectada en la perspectiva del diálogo. Ante todo, el diálogo con Dios que el cristiano, el sacerdote, el obispo Tauran cultivaba, en el que inspiraba sus decisiones y acciones y en el que encontraba consuelo durante su enfermedad. El segundo es el diálogo entre los pueblos, los gobiernos y las instituciones internacionales al cual el diplomático Tauran se dedicó para promover la conclusión de acuerdos, la mediación o proponiendo soluciones, incluso técnicas, a los conflictos que amenazaban a la paz, limitaban los derechos humanos y oscurecían la libertad de conciencia. El tercero, el diálogo entre las religiones, al que el cardenal se entregó no para reafirmar los puntos ya en común, sino para buscar y construir otros nuevos. Como Presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, nos hizo comprender que no basta con detenerse en lo que nos acerca, sino que es necesario explorar nuevas posibilidades para que las diferentes tradiciones religiosas puedan transmitir, además de un mensaje de paz, la paz como mensaje.

Hay un episodio en su servicio a la Santa Sede y a la Iglesia que nos hace comprender las inquietudes y aspiraciones, pero también la sencillez y la profundidad de este hombre de Dios. En junio de 1993 en Viena, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos, el entonces Monseñor Tauran acababa de terminar su discurso, recordando el necesario diálogo entre religiones. Cuando dejó la tribuna se encontró, por casualidad, frente a un miembro de la delegación de Arabia Saudita que le preguntó cómo profundizar en la importancia del diálogo. Su respuesta fue: “Podemos hacerlo cuando venga a su país”. Ese deseo lo acompañó a lo largo de los años y se cumplió sólo unos meses antes de su regreso a la casa del Padre con su visita a Riad en abril de 2018.

La voluntad de dialogar sostuvo, incluso en la enfermedad, esta figura de sacerdote, leal y disponible, amigo, que también para mí fue importante y de gran ayuda para comprender muchas situaciones en mí servicio como Obispo de Roma y sucesor de Pedro.

Quiero dar las gracias a todos los que han contribuido a esta iniciativa. A todos dirijo la invitación a orar incesantemente y a hacer todo lo posible para que, a través de un auténtico Pacto Educativo Mundial, se pueda inaugurar una era de paz para toda la familia humana. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 31 de octubre de 2019.

 



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