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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 6 de enero de 1991
Solemnidad de la Epifanía

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. La solemnidad de la Epifanía llama una vez más nuestra atención sobre la vocación universal de los hombres al reino de Cristo. La consagración de trece nuevos obispos procedentes de todas partes del mundo es una confirmación del universalismo del mensaje cristiano. Mientras felicitamos y formulamos votos por los recién consagrados, nos arrodillamos con los magos ante el Niño que está acostado en el pesebre.

Él es el Rey universal que ha venido a la tierra para redimir al hombre. Más allá de las diferencias étnicas, culturales y sociales, Cristo busca al hombre en su naturaleza, en su capacidad de verdad y de bien y en su condición de criatura necesitada de perdón y de salvación. Busca al hombre que, como dice el Concilio Vaticano II, es el único ser al que Dios ha amado por sí mismo (cf. Gaudium et spes, 24). Al encarnarse, el Hijo de Dios "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (ib., 22).

2. A la luz de esta vocación y redención universal se explica —y así se debe leer siempre— la enseñanza constante de la Iglesia que, desde sus orígenes, rechaza el particularismo religioso y se compromete en la evangelización de todas las gentes, poniendo de esa manera las bases de una concepción universalista y unitaria tanto en el plano religioso como en el cultural y social.

También la solidaridad entre los hombres del mundo del trabajo, enseñada por León XIII en la encíclica Rerum novarum, deriva de aquel mensaje cristiano primigenio. Esto no quiere decir que el Papa León ignorara la compleja articulación de ese mundo y los problemas que debía afrontar. Sin embargo, al considerar las diferencias injustas y la disparidad que caracterizan a la realidad obrera, afirmaba que, a la luz del evangelio, no es justo "suponer que una clase social sea enemiga naturalmente de la otra, como si la naturaleza hubiera hecho que los ricos y los proletarios lucharan entre sí en un duelo implacable". Por el contrario, de manera análoga a lo que sucede entre los diversos miembros del cuerpo humano, "la naturaleza quiso que en la sociedad civil esas dos clases se mantuvieran en armonía y, por tanto, en equilibrio... Una tiene necesidad absoluta de la otra". Por su parte, la Iglesia "se propone... acercar nuevamente a las dos clases lo más posible para que se vuelvan amigas".

3. A distancia de cien años, podemos darnos cuenta de la sabiduría con que León XIII enseñaba la paz social contra las teorías de la lucha de clases y del conflicto sistemático y permanente. Después de muchos sufrimientos de los individuos y de los pueblos, se está dando una orientación general hacia nuevas formas de colaboración y de solidaridad. En esta dirección se puede buscar la plena justicia social en el contexto de una auténtica fraternidad humana.

Confiemos hoy, fiesta de la Epifanía, en que por intercesión de la Virgen arraigue entre los hombres este sentimiento de fraternidad universal y dé frutos confortantes de concordia.

* * *

Después del Ángelus

Saludo a los participantes en la simpática manifestación "Vivan los Reyes", que viene festejándose desde hace seis años.

Os doy la bienvenida a este encuentro del Ángelus y os manifiesto mi aprecio por vuestra iniciativa, con la que queréis llamar la atención sobre los aspectos religiosos y las tradiciones folclóricas relacionados con la fiesta de la Epifanía.

Ojalá que la evocación del Niño Jesús hacia el que convergen, comenzando por los Reyes Magos, todos los pueblos, sea para cada uno de nosotros un estímulo que nos lleve a comprender y a acoger a nuestros hermanos de cualquier raza, lengua y cultura a la que pertenezcan.

Os doy las gracias de todo corazón por vuestra significativa presencia y os deseo todo bien.

Un cordial saludo deseo dirigir ahora a todas las personas de lengua española reunidas aquí en la plaza de San Pedro para participar en la filial plegaria dedicada a Nuestra Señora.

Unid vuestras oraciones, queridos hermanos y hermanas venidos de los diversos países de América Latina y de España, para que la Madre de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, sea siempre protectora y guía en la santidad y en el servicio de los nuevos obispos, en cuya ordenación acabamos de participar.

De corazón os imparto mi bendición apostólica, que extiendo a vuestros seres queridos y a cuantos se han unido a nosotros a través de la radio y la televisión.



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