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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de abril de 1981

 

El "ethos" del cuerpo humano en las obras de la cultura artística

Queridos hermanos y hermanas:

El gozo pascual está siempre vivo y presente en nosotros durante esta solemne octava, y la liturgia nos hace repetir con fervor: "El Señor ha resucitado, como había predicho; alegrémonos todos y exultemos, porque El reina por siempre, aleluya".

Dispongamos, pues, nuestros corazones a la gracia y al gozo: elevemos nuestro sacrificio de alabanza a la víctima pascual, porque el Cordero ha redimido a su grey y el Inocente nos ha reconciliado a nosotros pecadores con el Padre.

Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado y nosotros hemos resucitado con El, por lo cual debemos buscar las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, y debemos además gustar las cosas de arriba, de acuerdo con la invitación del Apóstol Pablo (cf. Col 3, 1-2).

Mientras Dios nos hace pasar, en Cristo, de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, preparándonos a los bienes celestes, nosotros debemos tender a metas de obras luminosas, en la justicia y en la verdad. Es un camino largo éste que debemos recorrer, pero Dios fortifica y sostiene nuestra inquebrantable esperanza de victoria: la meditación del misterio pascual nos acompañe de modo particular estos días.

* * *

1. Reflexionemos ahora —en relación con las palabras de Cristo en el sermón de la montaña— sobre el problema del ethos del cuerpo humano en las obras de la cultura artística. Este problema tiene raíces muy profundas. Conviene recordar aquí la serie de análisis hechos en relación con la referencia de Cristo al "principio", y sucesivamente con la llamada que El mismo hizo al "corazón" humano, en el sermón de la montaña. El cuerpo humano —el desnudo cuerpo humano en toda la verdad de su masculinidad y feminidad— tiene un significado de don de la persona a la persona. El ethos del cuerpo, es decir, la regularidad ética de su desnudez, a causa de la dignidad del sujeto personal, está estrechamente vinculado a ese sistema de referencia, entendido como sistema esponsalicio, en el que el dar de una parte se encuentra con la apropiada y adecuada respuesta de la otra al don. Tal respuesta decide sobre la reciprocidad del don. La objetivación artística del cuerpo humano en su desnudez masculina y femenina, a fin de hacer de él primero un modelo y, después, tema de la obra de arte, es siempre una cierta transferencia al margen de esta originaria y específica configuración suya con la donación interpersonal. Ello constituye, en cierto sentido, un desarraigo del cuerpo humano de esa configuración y su transferencia a la dimensión de la objetivación artística: dimensión específica de la obra de arte o bien de la reproducción típica de las técnicas cinematográficas o fotográficas de nuestro tiempo.

En cada una de estas dimensiones —y en cada una de modo diverso— el cuerpo humano pierde ese significado profundamente subjetivo del don, y se convierte en objeto destinado a un múltiple conocimiento, mediante el cual los que miran, asimilan, o incluso, en cierto sentido, se adueñan de lo que evidentemente existe; es más, debe existir esencialmente a nivel de don, hecho de la persona a la persona, no ya en la imagen, sino en el hombre vivo. A decir verdad, ese "adueñarse" se da ya a otro nivel, es decir, a nivel del objeto de la transfiguración o reproducción artística; sin embargo, es imposible no darse cuenta que desde el punto de vista del "ethos" del cuerpo, entendido profundamente, surge aquí un problema. Problema muy delicado, que tiene sus niveles de intensidad según los diversos motivos y circunstancias tanto por parte de la actividad artística, como por parte del conocimiento de la obra de arte o de su reproducción. Del hecho que se plantee este problema no se deriva ciertamente que el cuerpo humano, en su desnudez, no pueda convertirse en tema de la obra de arte, sino sólo que este problema no es puramente estético ni moralmente indiferente.

2. En nuestros análisis anteriores (sobre todo en relación a la referencia de Cristo al "principio") hemos dedicado mucho espacio al significado de la vergüenza, tratando de comprender la diferencia entre la situación —y el estado— de la inocencia originaria, en la que "estaban ambos desnudos... sin avergonzarse de ello" (Gén 2, 25) y, sucesivamente, entre la situación —y el estado— pecaminoso en el que nació entre el hombre y la mujer, junto con la vergüenza, la necesidad específica de la intimidad hacia el propio cuerpo. En el corazón del hombre sujeto a la concupiscencia esta necesidad sirve, si bien indirectamente, a asegurar el don y la posibilidad del darse recíprocamente. Tal necesidad determina también el modo de actuar del hombre como "objeto de la cultura", en el más amplio significado de la palabra. Si la cultura demuestra una tendencia explícita a cubrir la desnudez del cuerpo humano, ciertamente lo hace no sólo por motivos climáticos, sino también con relación al proceso de crecimiento de la sensibilidad personal del hombre. La anónima desnudez del hombre-objeto contrasta con el progreso de la cultura auténticamente humana de las costumbres. Probablemente es posible confirmar esto también en la vida de las poblaciones así llamadas primitivas. El proceso de afinar la sensibilidad personal humana es ciertamente factor y fruto de la cultura.

Detrás de la necesidad de la vergüenza, es decir, de la intimidad del propio cuerpo (sobre la cual informan con tanta precisión las fuentes bíblicas en Génesis 3), se esconde una norma más profunda: la del don orientada hacia las profundidades mismas del sujeto personal o hacia la otra persona, especialmente en la relación hombre-mujer según la perenne regularidad del darse recíproco. De este modo, en los procesos de la cultura humana, entendida en sentido amplio, constatamos —incluso en el estado pecaminoso heredado por el hombre— una continuidad bastante explícita del significado esponsalicio del cuerpo en su masculinidad y feminidad. Esa vergüenza originaria, conocida ya desde los primeros capítulos de la Biblia, es un elemento permanente de la cultura y de las costumbres. Pertenece al origen del ethos del cuerpo humano.

3. El hombre de sensibilidad desarrollada supera, con dificultad y resistencia interior, el límite de esa vergüenza. Lo que se pone en evidencia incluso en las situaciones que por lo demás justifican la necesidad de desnudar el cuerpo, como por ejemplo, en el caso de las intervenciones o de los exámenes médicos. Especialmente hay que recordar también otras circunstancias, como por ejemplo, las de los campos de concentración o de los lugares de exterminio, donde la violación del pudor corpóreo es un método conscientemente usado para destruir la sensibilidad personal y el sentido de la dignidad humana. Por doquier —si bien de modos diversos— se confirma la misma línea de regularidad. Siguiendo la sensibilidad personal, el hombre no quiere convertirse en objeto para los otros a través de la propia desnudez anónima, ni quiere que el otro se convierta para él en objeto de modo semejante. Evidentemente "no quiere" en tanto en cuanto se deja guiar por el sentido de la dignidad del cuerpo humano. Varios, en efecto, son los motivos que pueden inducir, incitar, incluso empujar al hombre a actuar de modo contrario a lo que exige la dignidad del cuerpo humano, en conexión con la sensibilidad personal. No se puede olvidar que la fundamental "situación" interior del hombre "histórico" es el estado de la triple concupiscencia (cf. 1 Jn 2, 16). Este estado —y, en particular, la concupiscencia de la carne— se hace sentir de diversos modos, tanto en los impulsos interiores del corazón humano, como en todo el clima de las relaciones interhumanas y en las costumbres sociales.

4. No podemos olvidar esto ni siquiera cuando se trata de la amplia esfera de la cultura artística, sobre todo la de carácter visivo y espectacular, como tampoco cuando se trata de la cultura de "masas", tan significativa para nuestros tiempos y vinculada con el uso de las técnicas de divulgación de la comunicación audiovisual. Se plantea un interrogante: cuándo y en qué caso esta esfera de actividad del hombre —desde el punto de vista del ethos del cuerpo— se pone bajo acusación de "pornovisión", así como la actividad literaria, a la que se acusaba y se acusa frecuentemente de "pornografía" (este segundo término es más antiguo). Lo uno y lo otro se realiza cuando se rebasa el límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal respecto a lo que tiene conexión con el cuerpo humano, con su desnudez, cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o feminidad, —y en último análisis— cuando se viola la profunda regularidad del don y del darse recíproco, que está inscrita en esa feminidad y masculinidad a través de toda la estructura del ser hombre. Esta inscripción profunda —mejor incisión— decide sobre el significado esponsalicio del cuerpo humano, es decir, sobre la llamada fundamental que éste recibe a formar la "comunión de las personas" y a participar en ella.

Al interrumpir en este punto nuestra reflexión, que continuaremos el miércoles próximo, conviene hacer constar que la observancia o la no observancia de estas regularidades, tan profundamente vinculadas a la sensibilidad personal del hombre, no puede ser indiferente para el problema de "crear un clima favorable a la castidad" en la vida y en la educación social.


Saludos

(A los peregrinos de lengua alemana)

"Jesús vive, y con El también vivo yo. Aleluya".

Queridos peregrinos provenientes de los países de lengua alemana:

Os agradezco el hecho de que, en un número tan impresionante, hayáis emprendido el camino hacia Roma; el camino hacia la ciudad de las catacumbas y de los sepulcros de los Apóstoles; el camino hacia esta ciudad con una historia llena de muerte y de vida, de pecado y de santidad; hacia la ciudad de San Pedro y de sus Sucesores.

Saludo a todos los grupos diocesanos, grupos de peregrinación y de estudio, a los grupos de diversas asociaciones y a los grupos parroquiales. Saludó también a los sacerdotes, a los religiosos, a todos los que se preparan a esta vocación y a cuantos, por profesión o buena voluntad, se honran de realizar un servicio inmediato a la Iglesia.

Saludo a los jóvenes de las distintas diócesis, especialmente al numeroso grupo de Ratisbona. En vuestro apretado programa habéis previsto incluso una vigilia de meditación y de oración, así como un encuentro con los jóvenes peregrinos de otros países y con otros jóvenes de esta diócesis de Roma, a mí confiada. Os deseo que, a través de estos encuentros, podáis dar y recibir la alegría de una fe viva en la paz del Señor resucitado, que habita en medio de vosotros.

En este tiempo de Pascua me siento unido a los peregrinos alemanes de un modo singular, pues el pasado noviembre Dios nos bendijo con unos días de encuentro y de fortalecimiento mutuo en la fe, la esperanza y el amor.

Profundamente unido me siento también a los peregrinos de Suiza. Con gran gozo pienso ya desde ahora en los próximos días de reflexión y de renovación común bajo la fuerza de nuestro Señor resucitado, a quien rezamos durante estos cincuenta días santos para que nos envíe su Espíritu.

(A la peregrinación diocesana de la diócesis de Roermond)

Ahora deseo dirigir un saludo particular a la peregrinación diocesana de la diócesis de Roermond. Presididos por su obispo Johannes Gijsen y por sus sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos del Limburgo holandés han venido a Roma a confesar y ahondar su fe en las tumbas de los Apóstoles. Que vuestra estancia en la Ciudad Eterna os infunda gran vigor espiritual para vuestra vida personal y la de vuestra comunidad diocesana, a fin de que la edifiquéis con plena fidelidad al Evangelio del Señor y a su Iglesia. A vosotros y vuestros seres queridos doy cordialmente mi bendición apostólica.

(A la Unión profesional internacional de Ginecólogos y Obstétricos)

Entre los numerosos grupos presentes he visto el de la Unión profesional internacional de Ginecólogos y Obstétricos Tocólogos que van a celebrar su congreso en Roma. Señoras y señores: Los momentos del embarazo y el parto son de tal importancia para las madres, para su salud y sicología, para la vida y el porvenir entero de su hijo, que la sociedad pone grandes esperanzas en los progresos de vuestra ciencia y vuestro arte médico, en vuestros consejos dados con competencia y rectitud moral, a fin de que estas delicadas etapas transcurran en las mejores condiciones a todos los niveles. Los hogares, incluidos los que están afectados de esterilidad curable, esperan mucho de vosotros. Estáis al servicio de la vida esencialmente. Todo cuanto hacéis por proteger la vida humana naciente y favorecer su desarrollo, y ayudar a las madres a este nivel, tiene la bendición de Dios. En este mismo sentido os brindo yo mi aliento.

(Al Movimiento "GEN")

Un saludo afectuoso y lleno de buenos deseos dedico a todos los seminaristas presentes en la plaza de San Pedro, y en particular me complazco en mencionar a los que toman parte en el Congreso de oración y estudio organizado por el Movimiento "GEN" de los Focolares sobre el tema "El sí del hombre a Dios".

Queridos seminaristas: En el gozoso tiempo litúrgico de Pascua al que está vinculado el recuerdo de la institución del sacerdocio, don incomparable del Redentor, os exhorto a entregaros con generosidad creciente a la preparación interior y a la aplicación de las ciencias sagradas a fin de ser un día dignos ministros de Cristo.

Con mi bendición apostólica.

(A una peregrinación militar belga)

Saludo asimismo a los participantes en la 29 peregrinación militar belga. Os felicito por vuestra fidelidad en venir a celebrar la Pascua en Roma junto a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, testigos de la resurrección de Cristo. Pido al Señor os colme de las gracias que necesitáis en la vida familiar y en la educación de los hijos, y en vuestras relaciones profesionales donde debéis ser testimonio del Espíritu de Cristo que habita en vosotros. Os bendigo muy de corazón y también a todos los que amáis.

(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)

Dirijo un saludo gozoso a todos vosotros, queridísimos jóvenes, en quienes veo la primavera y la promesa de la vida. En la lozanía de vuestra edad lleváis encubierto un germen maravilloso de esperanza; vuestra esperanza, la de vuestra familia, la de la Iglesia y sociedad. Os confío el mensaje pascual, que es anuncio de Cristo siempre vivo, dispensador inagotable de luz, vida y paz. Llevad la verdad de Cristo allí donde encontréis tinieblas de error y mentiras de mal; llevad la vitalidad de Cristo resucitado allí donde encontréis cansancio y escepticismo; llevad la paz de Cristo allí donde encontréis egoísmo, desconfianza y rencor. Pero para ser creíbles, sumergíos primero vosotros mismos en la luz, la vida y la paz de Cristo siempre viviente.

Un saludo particularmente cordial deseo dirigiros a vosotros, queridísimos enfermos. Os estoy cercano con mi oración y afecto. Quisiera invitaros a contemplar a Cristo resucitado que ha vencido el sufrimiento o, mejor, que precisamente por medio del sufrimiento nos ha salvado y ha entrado en la vida nueva y perenne de la resurrección. Sacad esperanza siempre nueva de Cristo pascual; unid a su sacrificio vuestro sacrificio diario por el bien de la Iglesia y la humanidad entera. Vuestro dolor no es inútil cuando está unido al de Cristo. Es como la gota de agua que al echarse en el vino de la Santa Misa se transforma en la Sangre preciosa de Cristo para salvación del mundo.

Me dirijo a vosotros ahora, queridos recién casados, que habéis inaugurado una fase nueva de vuestra vida. Vuestra unión ha sido bendecida por Cristo, vuestro amor se ha hecho sacro porque en el sacramento del matrimonio ha quedado injertado en el del mismo Cristo. Si permanecéis bien firmes en Cristo, el fuego de vuestro amor no sólo no se agotará, sino que crecerá siempre. Creced, pues, en este amor que es gozo de comunión de vida perenne, pero que no se mantiene si no es con renuncias y sacrificios. Alimentad este amor con la oración y la práctica sacramental. Defendedlo de las insidias y adulaciones de ciertas corrientes ideológicas de hoy. Hacedlo fecundo transformándoos en colaboradores generosos del Creador en la transmisión de la vida. Os acompañe siempre Cristo resucitado en el camino de la vida nueva que habéis emprendido.

Llamamientos

No puedo dejar de hacer referencia a las noticias dramáticas que desgraciadamente han entristecido la crónica de estos días santos y han turbado la alegría, el sentimiento'- más espontáneo y natural que brota del misterio pascual. Son hechos que conocéis seguramente; pero yo quiero recordarlos para convocaros urgentemente a la oración:

— El día de Pascua estallaron dos bombas en la catedral de Davao (Filipinas); una, debajo del altar cuando iba a comenzar la Santa Misa, y otra en la entrada principal sembrando muertes y pánico entre la multitud: ha habido 15 muertos y centenares de heridos.

— También en Irlanda del Norte se han producido graves choques, que han hecho más tensa y amenazadora la situación.

— Y en fin, en el Líbano se ha reanudado la lucha entre las facciones opuestas con nuevos bombardeos muy intensos en las ciudades principales y, según han comunicado esta misma mañana los obispos de Zahlé, muchas personas han caído muertas o heridas. El aeropuerto de Beirut y las ciudades de Tiro y Sidón están todavía bajo el fuego de la artillería, como si se quisiera reducir a cenizas este país nobilísimo.

Ante lo que está ocurriendo en el Líbano deseo hacer un llamamiento apremiante a las autoridades políticas a nivel nacional e internacional, para que se decidan a actuar resueltamente a fin de hacer cesar estos sucesos dolorosísimos. Para los tres países, siento el deber de condenar con fuerza toda violencia, venga de la parte que viniere. Comprendan finalmente cuál es en verdad la voluntad del Altísimo y cuáles las exigencias de su fe religiosa quienes se profesan creyentes en Dios. A nadie es lícito traicionar esta fe que enseña y ordena constantemente paz, fraternidad, amor mutuo y respeto de la vida.

El dolor del Papa es el dolor de toda la Iglesia y de los hombres de buena voluntad, y se transforma en oración a la que invito calurosamente sobre todo en favor de los inocentes que con demasiada frecuencia son víctimas de estos brotes de odio, y también por los responsables para que tengan luz y actúen por el bien de su nación y de sus hermanos.

¡Inspire la solemnidad de la Pascua pensamientos de paz y no de aflicción! ¡El ejemplo del Redentor divino lance los ánimos al perdón recíproco y a la comprensión mutua!

A lo largo de la Semana Santa he tenido particularmente presente en mis oraciones a las personas que sufren y he recordado en especial a los que han sido víctimas de secuestros y esperan sobresaltados volver a su casa.

Siento el deber de hacerme intérprete una vez más del tormento de las familias que viven días de angustia por el secuestro de un ser querido.

Va mi pensamiento a las dos chicas de Formello, no lejano de Roma, Silvia y Micol Incardona, que fueron raptadas hace más de un mes. Pienso asimismo en una persona de ochenta años y secuestrada en Roma el Viernes Santo, Giovanni Palombini.

En nombre de Dios suplico a los secuestradores que tengan piedad de estas criaturas humanas y quieran escuchar esa chispa de humanidad que no puede haberse apagado en su ánimo, y pongan fin a la penosa soledad de los secuestrados y los devuelvan a sus familiares que les esperan con tanta ansia y zozobra.

Les invito a realizar este gesto por Cristo que abrió los brazos en la cruz al amor y perdón de todos los hombres.

 



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