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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 5 de octubre de 1983

 

1. "Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios" (2 Cor 5, 20).

Queridísimos hermanos y hermanas:

Estas palabras del Apóstol Pablo nos hacen pensar espontáneamente en uno de los acontecimientos más importantes de este Año Santo de la Redención, es decir, en la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, que se está celebrando estos días en Roma. Más de 200 Pastores que han llegado aquí de todas las partes del mundo tratan sobre "la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia". La Iglesia tiene la misión de llevar a todos los pueblos la redención, esto es, la reconciliación que el Padre ha ofrecido y sigue ofreciendo a cada uno de los hombres con la muerte y resurrección de su Hijo. El tema y la finalidad del Sínodo están, pues, en plena sintonía con el significado íntimo de la redención y del Año Santo.

Ya en sus documentos preparatorios el Sínodo invita al hombre a buscar las causas profundas de su drama, a tomar conciencia clara de su fragilidad, pero también de su aspiración al bien. Porque —como ha puesto de relieve el Concilio Vaticano II,— "los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre (...). Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad" (Gaudium et spes, 10).

2. Pero el Sínodo no se detiene aquí. Indica además el camino de la liberación de las cadenas del pecado, a la que el hombre aspira interiormente, y remite a la grandeza de la misericordia divina.

Efectivamente, nosotros, pecadores, nos convertimos gracias a la iniciativa de Dios: "Porque, a la verdad, Dios estaba reconciliando al mundo consigo en Cristo" (2 Cor 5, 19). Lo reconocemos humildemente con las palabras de la cuarta plegaria eucarística del Misal Romano: "Cuando por su desobediencia el hombre perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca".

La iniciativa misericordiosa de Dios se renueva continuamente. La voz de Dios interpela a cada uno de los pecadores, como un día a Adán después del pecado: "¿Dónde estás?" (Gén 3, 9). Y el hombre es capaz de escuchar la propia conciencia; si el pecado original dejó en él heridas profundas, sin embargo no ha corrompido su fundamental capacidad de escuchar, con la ayuda de la gracia, y de seguir la voz de la conciencia, de elegir el bien en vez del mal, de decidir como el hijo pródigo: "Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti" (Lc 15, 18).

La iniciativa del amor misericordioso de Dios para con el hombre alienado por el pecado está pidiendo la respuesta del hombre, la conversión, el retorno a Dios, la prontitud para abrazar a los hermanos, para confesar los propios pecados, para reparar sus consecuencias y conformar la propia vida de acuerdo con la voluntad del Padre.

Así, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por obra del Espíritu Santo, el hombre se convierte en "nueva criatura" (2 Cor 5, 17), hombre nuevo (cf. Gál 6, 15), y por medio de la obra de la reconciliación la humanidad misma se convierte en una nueva comunidad humana (cf. Ef 2, 14-18) donde reina abundantemente la paz con Dios y con los hermanos.

3. El Sínodo está llamado a profundizar la importancia de la redención en la misión de la Iglesia y a estudiar los caminos para un cumplimiento cada vez mejor de esta misión. Nuestro Señor, antes de subir al cielo, confió a los Apóstoles y a sus sucesores la misión de anunciar a todas las gentes el Evangelio, que es esencialmente la "buena nueva" de la reconciliación con Dios; de bautizarles para el perdón de los pecados, y de desatar o atar, en nombre de Dios, los pecados: "Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos" (Jn 20, 23; cf. Mt 18, 28).

El Sínodo está estudiando cómo se entiende y se aplica en la Iglesia la fuerza renovadora del sacramento de la penitencia, don que brotó del corazón traspasado del Salvador, un don que ha sido durante siglos, y lo es también hoy, fuente de renovación y de paz interior y exterior, instrumento de maduración y de crecimiento, escuela de santidad, palestra de nuevas vocaciones. De la conversión, que es ratificada y consolidada en este sacramento, toma origen toda verdadera y profunda reforma de las costumbres, de la vida y de la sociedad; aquí se echan las bases para un nuevo orden moral en la familia, en el trabajo, en el sector económico, social y político. Si es verdad que "del corazón del hombre provienen las malas intenciones", también es verdad que este corazón es capaz de escuchar la voz del Padre, de pedir y obtener el perdón, de resurgir a vida nueva, de renovarse a sí mismo y el ambiente que le rodea.

Recemos, pues, todos al Espíritu Santo a fin de que corrobore a los Pastores reunidos en el Sínodo y los guíe en sus deliberaciones. Oremos para que el mismo Sínodo, celebrado este Año Jubilar de la Redención, ayude a todas las conciencias a reavivar el sentido de Dios y del pecado, a captar la grandeza de la misericordia de Dios y la importancia del sacramento de la penitencia para el crecimiento de los cristianos, la renovación espiritual de la Iglesia, la moralización de la sociedad.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

A todos los grupos y personas procedentes de España, de México, de Argentina y de los otros Países de lengua española, doy mi cordial bienvenida a este encuentro. Sé que hay entre ellos sacerdotes, religiosas, jóvenes y miembros de diversas parroquias y asociaciones. A todos se extiende mi recuerdo.

En especial saludo a los peregrinos de Bilbao, Lérida y Sevilla. También a los venidos de Barcelona, que quieren renovar aquí su fe, para ser fermento de caridad hacia todos y de vida cristiana. Pido a Dios que os ayude en ese camino.

 



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