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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 16 de noviembre de 1983

 

1. Le dijo Nicodemo: "¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?" (Jn 3, 4)

La pregunta de Nicodemo a Jesús manifiesta bien la preocupada admiración del hombre ante el misterio de Dios, un misterio que descubre en el encuentro con Cristo. Todo el diálogo entre Jesús y Nicodemo pone de relieve la extraordinaria riqueza de significado de todo encuentro, incluso del encuentro del hombre con otro hombre. Efectivamente, el encuentro es el fenómeno sorprendente y real, gracias al cual el hombre sale de su soledad originaria para afrontar la existencia Es la condición normal a través de la cual es llevado a captar el valor de la realidad, de las personas y de las cosas que la constituyen, en una palabra, de la historia. En este sentido se puede comparar con un nuevo nacimiento.

En el Evangelio de Juan el encuentro de Cristo con Nicodemo tiene como contenido el nacimiento a la vida definitiva, la del reino de Dios. Pero en la vida de cada uno de los hombres, ¿acaso no son los encuentros los que tejen la trama imprevista y concreta de la existencia? No están ellos en la base del nacimiento de la autoconciencia capaz de acción, la única que permite una vida digna del nombre de hombre?

En el encuentro con el otro el hombre descubre que es persona y que tiene que reconocer igual dignidad a los demás hombres Por medio de los encuentros significativos aprende a conocer el valor de las dimensiones constitutivas de la existencia humana, ante todo, las de la religión, de la familia y del pueblo al que pertenece.

2. El valor del ser con sus connotaciones universales —la verdad el bien, la belleza—, se le presenta al hombre encarnado sensiblemente en los encuentros decisivos de su existencia.

En el amor conyugal el encuentro entre el amante y el amado, que tiene su realización en el matrimonio, comienza por la experiencia sensible de lo bello encarnado en la "forma" del otro. Pero el ser, a través de la atracción de lo bello, exige expresarse en la plenitud del bien auténtico. El deseo vivo y desinteresado de toda persona que ama verdaderamente es que el otro sea, que se realice su bien, que se cumpla el destino que ha trazado para él Dios providente. Por otra parte, el deseo de bien duradero, capaz de generar y regenerarse en los hijos, no sería posible, si no se apoyase sobre la verdad. No se puede dar la consistencia de un bien definitivo a la atracción de la belleza sin la búsqueda de la verdad de sí y la voluntad de perseverar en ella.

Y continuando: ¿Cómo podría existir un hombre plenamente realizado, sin el encuentro, que tiene lugar en su intimidad, con la propia tierra, con los hombres que han forjado su historia mediante la oración, el testimonio, la sangre, el ingenio, la poesía? A su vez, la fascinación por la belleza de la tierra natal y el deseo de verdad y de bien para el pueblo que continuamente la "regenera", aumentan el deseo de la paz, única que hace posible la unidad del género humano. El cristiano se educa para comprender la urgencia del ministerio de la paz por su encuentro con la Iglesia, donde vive el Pueblo de Dios, al que mi predecesor Pablo VI definió "...entidad étnica sui géneris".

Su historia desafía al tiempo desde hace ya dos mil años, dejando inalterada su originaria apertura a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello, a pesar de las miserias de los hombres que pertenecen a ella.

3. Pero el hombre, más pronto o más tarde, se da cuenta, en términos dramáticos, de que no posee todavía el significado último de estos encuentros multiformes e irrepetibles, capaz de hacerlos definitivamente buenos, verdaderos y bellos. Intuye en ellos la presencia del ser, pero el ser, en cuanto tal, se le escapa. El bien por el que se siente atraído, la verdad que sabe afirmar, la belleza que sabe descubrir están efectivamente lejos de satisfacerle. La indigencia estructural o el deseo insaciable se detienen ante el hombre aún más dramáticamente, después que el otro ha entrado en su vida. Creado para lo infinito, el hombre se siente por todas partes prisionero de lo finito.

¿Qué camino puede hacer, qué misteriosa salida de su intimidad podrá intentar el que ha dejado su soledad originaria para ir al encuentro del otro, buscando allí satisfacción definitiva? El hombre que se ha comprometido con seriedad genuina en su experiencia humana, se halla situado frente a un tremendo aut-aut: o pedir a Otro, con la O mayúscula, que surja en el horizonte de la existencia para desvelar y hacer posible su plena realización, o retraerse en sí, en una soledad existencial donde se niega lo positivo mismo del ser. El grito de súplica, o la blasfemia: ¡Esto es lo que le queda!

Pero la misericordia con que Dios nos ha amado es más fuerte que todo dilema. No se detiene ni siquiera ante la blasfemia. Incluso desde el interior de la experiencia del pecado, el hombre puede reflexionar siempre y todavía sobre su fragilidad metafísica y salir de ella. Puede captar la necesidad absoluta del Otro, con la O mayúscula, que puede calmar para siempre su sed. ¡El hombre puede encontrar de nuevo el camino de la invocación al Artífice de nuestra salvación, para que venga! Entonces el espíritu se abandona en el abrazo misericordioso de Dios, experimentando finalmente, en este encuentro resolutivo, la alegría de una esperanza "que no defrauda" (Rom 5, 5).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora a todos los peregrinos de lengua española presentes en esta Audiencia, en especial al grupo de Padres Redentoristas que han seguido un curso de historia y espiritualidad de la Orden; también saludo a las otras peregrinaciones procedentes de España y de algunos países latinoamericanos. A todos os imparto de corazón mi Bendición Apostólica.

 



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