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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 23 de noviembre de 1983

 

1. "A éste que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio" (Act 17, 23).

l anuncio explícito de la redención, realizada por Cristo, que Pablo se atreve a hacer en el Areópago de Atenas, en la ciudad donde por tradición se daba el debate filosófico y doctrinal más sofisticado, está entre los documentos más significativos dé la catequesis primitiva.

La espontánea religiosidad de los atenienses es interpretada por Pablo como una profecía inconsciente del verdadero Dios en el que "...vivimos, nos movemos y existimos" (Act 17, 28). De modo análogo, la sed de saber de los atenientes la ve como brote natural en el que puede injertarse el mensaje de verdad y justicia que traen al mundo la muerte, resurrección y parusía de Cristo.

De este modo se pone de relieve la afirmación entrañable a la gran tradición cristiana, según la cual, la venida de la redención es conveniente y razonable para el hombre, que se mantiene abierto a las iniciativas imprevisibles de Dios.

Hay una sintonía profunda entre el hombre y Cristo, el Redentor. Verdaderamente el Dios vivo está cercano al hombre y el hombre, sin conocerlo, lo espera como a aquel que le desvelará el sentido pleno de sí mismo. El Concilio Vaticano II ha vuelto a proponer con vigor este convencimiento de la fe y de la doctrina eclesial cuando, en el precioso párrafo 22 de la Gaudium et spes, afirma: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo... manifiesta plenamente el hombre al propio hombre..."

2. El episodio que cuentan los Hechos de los Apóstoles nos muestra, en la expectativa de los atenienses, la de todos los gentiles. El mismo libro de los Hechos (Act 2, 3; 7; 13; etc.) prueba en los discursos de Pedro, de Esteban, de Pablo, la espera paradigmática y misteriosamente ciega de Israel, el pueblo elegido, preparado desde hacía mucho tiempo a la venida del Redentor, pero incapaz de reconocerlo cuando llega.

La historia humana está impregnada de esta espera, que en los hombres más conscientes se hace grito, súplica, invocación. El hombre, creado en Cristo y para Cristo, sólo en Él puede obtener su verdad y su plenitud. He aquí desvelado el sentido de la búsqueda de la salvación, que subyace en toda experiencia humana. He aquí explicado el anhelo de infinito que, fuera de la misericordiosa iniciativa de Dios en Cristo, quedaría frustrado.

La espera de Cristo forma parte del misterio de Cristo. Si es verdad que el hombre por sí solo, a pesar de su buena voluntad, no puede conseguir la salvación, el que afronta con seriedad y vigilancia su experiencia humana descubre al fin dentro de sí la urgencia de un encuentro que Cristo colma maravillosamente. El que ha puesto en el corazón del hombre el anhelo de la redención, ha tomado también la iniciativa de satisfacerlo.

Las palabras "por nosotros los hombres y por nuestra salvación", con las que el "Credo" nos presenta el significado de la redención de Cristo, asumen, a la luz del misterio de la encarnación, un alcance concreto verdaderamente resolutivo: "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre" (Gaudium et spes, 22).

3. La Tradición cristiana llama misterio sobrenatural a la iniciativa de Cristo, que entra en la historia para redimirla y para indicar al hombre el camino de retorno a la intimidad original con Dios. Esta iniciativa es misterio también porque ni podía pensarla el hombre, en cuanto es totalmente gratuita, fruto de la libre iniciativa de Dios. Y, sin embargo, este misterio tiene la capacidad sorprendente de tomar al hombre en su raíz, de responder a su aspiración de infinito, de colmar la sed de ser, de bien, de verdad y de belleza que lo inquieta. En una palabra, es la respuesta fascinante y concreta, no previsible y mucho menos exigible, y sin embargo presagiada por la inquietud de toda experiencia humana seria.

La redención de Cristo es, pues, razonable y convincente, porque tiene a la vez las dos características de la absoluta gratuidad y de la sorprendente correspondencia a la naturaleza íntima del hombre.

Lo mismo que con los Apóstoles a lo largo de las riberas del "Mar de Galilea", o con todos los que se encontraron con Él —desde la samaritana a Nicodemo, desde la adúltera a Zaqueo, desde el ciego de nacimiento al centurión romano—, así Cristo se encuentra con cada uno de los hombres y de la historia humana. Y como para las personas que aparecen en el Evangelio, así para el hombre de todo tiempo, que tiene la valentía de acogerlo con fe y seguirlo, el encuentro con Cristo representa la oportunidad realmente decisiva de la vida, el tesoro oculto que no puede ser cambiado por nada.

"Señor, ¿a quién iremos?" (Jn 6, 68). Verdaderamente no hay otra "dirección" válida, donde dirigirse para conseguir las "palabras de vida eterna" (ib.), las únicas que pueden apagar el anhelo ardiente del corazón humano.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Antes de terminar quiero saludar con afecto a los grupos de lengua española, venidos de España y de América Latina, de modo particular a la distinguida representación del Parlamento Colombiano y al grupo parroquial de Guatemala; así como a la peregrinación “Europa juvenil” y a las peregrinaciones de las diócesis de Tarragona, Gerona y Cartagena, venidas con motivo del aniversario de mi visita pastoral a España. Agradeciendo vivamente este recuerdo, imparto de corazón a todos mi Bendición Apostólica.

 



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