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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de noviembre de 1983

 

1. "Rorate coeli desuper, et nubes pluant iustum": "Cielos, destilad el rocío y las nubes lluevan al Justo". Con estas palabras que resuenan en el texto del Profeta Isaías, que acabamos de escuchar, la Iglesia abre el tiempo de Adviento, un período de fervor y de espera en el cual nos preparamos a la Navidad del Señor. Durante estas semanas estamos llamados a revivir la expectativa de todos los hombres que, puede decirse, desde los orígenes de la humanidad han dirigido la mirada a la redención y a la salvación.

La experiencia de la fragilidad, de la muerte, y el temor ante los innumerables peligros que amenazan la existencia son comunes a todos los hombres. Por esto, la llamada a la salvación resuena en toda la tierra y se encuentra presente de modo diverso en todas las tradiciones religiosas.

Ahora bien, nosotros sabemos que a este coro inmenso, a estos anhelos suplicantes que suben de toda la historia, les ha dado respuesta el Dios Uno y Trino, que es fuente y autor de la salvación para todos los hombres. La Biblia es el libro que contiene esta respuesta para todos, revelando que Dios es el Amor que viene a nuestro encuentro y se manifiesta en Jesucristo.

2. El Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática sobre la Sagrada Escritura, ha recordado todo esto con palabras sencillas y autorizadas: "Dios, creando y conservando el universo por su Palabra (cf. Jn 1, 3), ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de Sí mismo (cf. Rom 1 19-20); queriendo además abrir el camino de la salvación sobrenatural, se reveló desde el principio a nuestros primeros padres. Después de su caída, los levantó a la esperanza de la salvación (cf. Gén 3, 15) con la promesa de la redención, después cuidó continuamente del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cf. Rom 2, 6-7)" (Dei Verbum, 3).

Este designio asumió una forma histórica concreta. "Hizo primero una alianza con Abraham (cf. Gén 15, 18); después, por medio de Moisés (cf. Ex 24, 8), la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los Profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones... El fin principal de la economía del Antiguo Testamento era preparar la venida de Cristo, Redentor universal, y de su reino mesiánico, anunciarla proféticamente (cf. Lc 24, 44; Jn 5, 39; 1 Pe, 10), representarla con diversas imágenes (cf. 1 Cor 10, 11)" (Dei Verbum, 14, 15).

3. El tiempo de Adviento, en el que hemos entrado, nos llama a vivir con particular intensidad esta espera de la redención y a fijar nuestra mirada tanto en el amor misericordioso de Dios que, fiel a sus promesas, nos sale al encuentro, como en la profunda necesidad de salvación que descubrimos dentro de nosotros. Dirijámonos, pues, al amor misericordioso de Dios y al designio de salvación con que nos llama a Sí: Él quiere hacernos partícipes de su vida divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1, 4), liberándonos de las tinieblas del pecado y resucitándonos para la vida eterna (cf. Dei Verbum, 4). En mi Carta Encíclica "Dives in misericordia" he vuelto a llamar la atención sobre el amor misericordioso de Dios, que ilumina como un sol toda la Biblia, comenzando por el Antiguo Testamento, y se irradia desde allí sobre toda la humanidad.

En este tiempo de Adviento la Iglesia nos invita a implorar la misericordia de Dios, que se nos ha revelado en la persona de Jesucristo Redentor. Por esto. repetimos: "Regem venturum Dominum venite adoremus": venid, vayamos al encuentro del Rey Salvador que viene: adorémoslo: pongámonos ante Él como el enfermo ante el médico, como el pobre ante el que posee la plenitud de los bienes, como el pecador ante la fuente de la santidad y de la Justicia.

Un Salmo conocidísimo, el 50, que la tradición bíblica atribuye a David, "cuando se le presentó el Profeta Natán a causa de su pecado con Betsabé", traza de manera existencial el acontecimiento admirable del encuentro entre la misericordia de Dios y la debilidad congénita del hombre, inclinado al pecado. El reconocimiento humilde y sincero de la propia enfermedad moral se transforma en una súplica confiada, y la esperanza de la regeneración interior es tan viva y cierta, que casi desborda en sentimientos de alegría interior y de acción de gracias: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad, / por tu inmensa compasión borra mi culpa / ... Rocíame con el hisopo y quedaré limpio, / lávame y seré más blanco que la nieve /... Crea en mí un corazón puro, / renuévame por dentro con espíritu firme /... Devuélveme la alegría de tu salvación / afiánzame con espíritu generoso".

Y la experiencia liberadora de la regeneración interior, la experiencia del encuentro con el amor misericordioso de Dios se traduce en propósitos y proyectos de vida nueva, comprometida en el servicio de Dios y en el testimonio de su mensaje entre los hombres: "Enseñaré a los malvados tus caminos, / los pecadores volverán a ti.../ Señor, me abrirás los labios / y mi boca proclamará tu alabanza".

Se delinea aquí todo un programa, capaz de inspirar no sólo el tiempo privilegiado de este Adviento del Año Santo, sino de hacer de nuestra vida entera un tiempo de adviento, en la espera solícita y confiada del gran acontecimiento de nuestro encuentro con el Señor "que, es, que era y que viene" (Ap 1, 8).


Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo a todas las personas y grupos de lengua española; en especial al Consejo General de las Religiosas Mercedarias de la Caridad, al grupo de renovación espiritual de la Compañía de María procedente de América Latina y a las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor que cumplen sus 25 años de profesión. Queridas hermanas: Os saludo con afecto. Renovaos en vuestro propósito de fidelidad al Señor, que sigue esperando vuestra generosidad en el mundo de hoy. No os canséis de dar lo mejor de vosotras mismas a la causa de Cristo y, por El, a la causa de la humanidad. Con mi cordial Bendición.

 



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