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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de septiembre de 1984

 

1. "Celebrons notre foi": Celebramos nuestra fe.

Este es el lema elegido por el Episcopado canadiense para la preparación de la visita del Papa a ese gran país, en los días 9-20 de septiembre.

Quiero agradecer cordialmente a mis hermanos en el Episcopado y también a toda la Iglesia en Canadá la intensa preparación y la invitación que me hicieron. Son muy numerosas las personas y las instituciones a quienes va de modo particular esta gratitud. Tengo presentes en mi pensamiento a todos los que han participado activamente en la preparación y desarrollo del rico programa de la visita.

Al mismo tiempo, quiero manifestar mi gratitud también a las autoridades canadienses, tanto locales como provinciales y federales. Las palabras pronunciadas en el momento de la llegada por la Señora Jeanne Sauvé, Gobernadora general de Canadá, han quedado profundamente grabadas en mi memoria.

2. La exhortación "celebremos nuestra fe" se ha manifestado en todo el programa de la visita, que comenzó en Quebec, primera histórica sede episcopal de Canadá, y terminó en Ottawa, sede actual de las autoridades federales.

Durante los doce días el camino de esta peregrinación ha tenido el siguiente recorrido:

De Quebec fui a Santa Ana de Beaupré, Trois-Rivières, Montreal, St. John's, Moncton, Halifax, Toronto, Midland, Unionville, Winnipeg / San Bonifacio, Edmontón. Hubiera deseado llegar a Fort Simpson, pero la niebla lo impidió. Así, después de un aterrizaje en Yellowknife con la esperanza de que se despejara el cielo, cosa que no sucedido, proseguí a Vancouver y luego a Ottawa-Hull.

3. La idea guía de la visita nos ha permitido hacer referencia a los comienzos de la evangelización y de la Iglesia en Canadá. El lema "Celebremos nuestra fe" encierra un sentimiento de gratitud por esos comienzos que se remontan al inicio del siglo XVII.

Los misioneros, al llegar al continente canadiense, encontraron allí la población india indígena y la religión tradicional que tenía dicha población. Esta recibió con alegría el Evangelio: efectivamente, una parte de tal población pertenece a la Iglesia católica, y otra parte a las varias comunidades de la cristiandad no católica.

Cada una de las comunidades y tribus indias, al acoger a Cristo, conservaron un vínculo con algunas tradiciones y ritos primitivos, en los cuales se pueden encontrar sin dificultad ciertos elementos de la profunda religiosidad natural, de los que hablan los Padres de la Iglesia, y que recuerda también el Concilio Vaticano II.

Bajo este aspecto, ha sido particularmente significativo el encuentro en Hurones, Ontario, en el santuario de los mártires canadienses. Ellos son San Juan de Brébeuf y otros miembros de la Compañía de Jesús, misioneros: juntamente con ellos dieron testimonio de Cristo también numerosos cristianos indígenas.

La fe de la Iglesia en Canadá va unida a este testimonio de sangre, dado en sus orígenes. No menos elocuente testimonio del Evangelio es la indígena india, Beata Catalina Tekakwitha que, por amor a Cristo, eligió la virginidad por el reino de los cielos.

4. Desde estos comienzos de la fe, el camino de la Iglesia en Canadá conduce a una gran "epopeya" misionera, cuyo primer centro fue la sede episcopal de Quebec. Estos hechos encuentran su verificación en los nombres de los Santos y Beatos, que en esta nueva tierra ejercieron, con dedicación total, tareas apostólicas de la Iglesia, tanto con los indígenas, como con los que habían llegado, hacía poco, de Europa. Se sirvieron primero, sobre todo, de la lengua francesa, y luego de la inglesa.

He aquí los nombres de los Santos y Beatos que venera, de modo particular, la Iglesia en tierra canadiense:
— los Mártires jesuitas,
— Santa Margarita Bourgeoys,
— el Beato Francisco de Montmorency-Laval, primer obispo de Quebec,
— la Beata madre María de la Encarnación,
— la joven beata Catalina de Tekakwitha,
— la Beata madre Margarita d'Youville,
— la Beata madre María-Rosa Durocher,
—el Beato hermano Andrés Bessette,
— el Beato Andrés Grasset y madre María Leonia Paradis, a quien tuve la alegría de beatificar en Montreal.

"La epopeya misionera" en tierra canadiense se extendió durante los siglos sucesivos, llegando a latitudes cada vez más lejanas hacia Occidente y hacia el Norte.

Quiero subrayar los grandes méritos de algunas órdenes y congregaciones religiosas. Junto a los jesuitas, ya mencionados, hay que recordar, entre otros, a los agustinos recoletos, las ursulinas, las hospitalarias agustinas de la Misericordia, la congregación de Nuestra Señora, las religiosas grises de la Caridad, los redentoristas y particularmente a los padres sulpicianos y a los misioneros oblatos de María Inmaculada.

5. En este trasfondo histórico fueron convocados, con el lema "celebremos nuestra fe", todos los que actualmente forman el Pueblo de Dios de la Iglesia canadiense sobre el enorme territorio que va desde el Atlántico hasta el Pacífico.

La Iglesia que vive en esta sociedad, caracterizada por la inmigración de personas provenientes de varias naciones, evoca las múltiples tradiciones culturales y religiosas que componen, en diversos lugares, el organismo vivo de la cristiandad y del catolicismo canadiense.

Esta diversidad y multiplicidad es fuente de enriquecimiento tanto de la sociedad como de la Iglesia. Constituyen un constante desafío a la actividad apostólica y pastoral de esta iglesia. Los contenidos fundamentales de tal desafío han sido formulados por el Concilio Vaticano II.

La profesión de fe que hemos hecho juntos durante la visita a Canadá, ha estado cargada de estos contenidos, remontándose simultáneamente a todo lo que constituye el eterno depósito de la fe en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia. Esto tiene una gran importancia, sobre todo con referencia a la actual secularización, propia de esta sociedad canadiense, rica y avanzada desde el punto de vista de la civilización.

6. A la luz del Vaticano II, la fe de la Iglesia en Canadá tiene una particular dimensión ecuménica, ligada a la pertenencia confesional de los cristianos en este país, donde los miembros de la Iglesia católica constituyen, más o menos, la mitad de la población.

Por esto, también la visita papal a Canadá ha tenido un carácter "ecuménico", que se ha manifestado sobre todo en la oración común con los hermanos separados.

A esta oración común se han unido en algunos lugares (como, por ejemplo, en Toronto) también los creyentes de las religiones no cristianas. El clima social de Canadá es útil para el desarrollo del diálogo con los representantes de todas las religiones, y con los hombres y los ambientes que no se identifican explícitamente con "credo" alguno, pero que, a la vez, tienen una gran estima de la religión y de la cristiandad por motivos, ante todo, de naturaleza ética.

7. "Celebremos nuestra fe". La llamada, que se encierra en estas palabras, a realizar la misión evangélica de la Iglesia, tiene su elocuencia "en el interior" de la misma comunidad católica y, luego, "hacia el exterior".

"En el interior" ("ad intra"), se une directamente con esa llamada el problema de las vocaciones: sobre todo, las sacerdotales y religiosas -masculinas y femeninas- e igualmente con el problema del apostolado de los laicos, que tiene muchas posibles direcciones, tareas y necesidades.

"Hacia el exterior" ("ad extra"), la Iglesia canadiense tiene un vivo sentido de su misión ante los problemas que angustien a toda la humanidad contemporánea. Y si estos problemas parece que afectan menos a la sociedad misma de Canadá, sin embargo, los cristianos en este País son conscientes de que no pueden cerrar los ojos ante las amenazas a la paz del mundo actual.

Estos problemas han estado, pues, presentes también en el programa de la visita pastoral, teniendo un eco muy vivo en la gran opinión pública.

8. Expresando mi gratitud una vez más a todos los que he podido encontrar en el recorrido de mi "peregrinación" a Canadá, quiero, juntamente con ellos y con toda la Iglesia, dar gracias al Buen Pastor, mediante el Inmaculado Corazón de su Madre, por este ministerio, que he podido cumplir, realizando el lema del Episcopado canadiense, contenido en las palabras "Celebremos nuestra fe".


Saludos

Deseo saludar ahora a todos los peregrinos de lengua española, venidos de España y de diversos países de América Latina. En primer lugar, la peregrinación de Medellín, presidida por el Señor Cardenal Arzobispo, la cual después de Roma se dirige a Tierra Santa. Al grupo de la diócesis de Astorga, acompañados por su obispo, venidos aquí para concluir el 75 aniversario de la coronación de la Virgen de la Encina. Al grupo de sacerdotes de la diócesis de Logroño que, acompañados por sus familiares, celebran junto a la tumba de San Pedro su jubileo sacerdotal. También quiero saludar a los nuevos sacerdotes de Osma-Soria y al numeroso grupo de seminaristas de Badajoz. A vosotros sacerdotes y seminaristas os invito a dar gracias a Dios por el don inestimable de vuestra vocación y a ser siempre fieles a ella.

Y a todos vosotros y a vuestras familias os doy de corazón mi bendición apostólica.

 



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