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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 11 de septiembre de 1985

 

Dios: espíritu infinitamente perfecto

1. "Dios es espíritu": son las palabras que dijo nuestro Señor Jesucristo durante el coloquio con la Samaritana junto al pozo de Jacob, en Sicar.

A la luz de estas palabras continuamos en esta catequesis comentando la primera verdad del símbolo de la fe: "creo en Dios". Hacemos referencia en particular a la enseñanza del Concilio Vaticano I en la Constitución Dei Filius, capítulo primero: "Dios creador de todas las cosas". Este Dios que se ha revelado a sí mismo, hablando "por los profetas y últimamente... por el Hijo (Heb 1, 1), siendo creador del mundo, se distingue de modo esencial del mundo, que ha creado". Él es la eternidad, como quedó expuesto en la catequesis precedente, mientras que todo lo que es creado está sujeto al tiempo contingente.

2. Porque el Dios de nuestra fe es la Eternidad, es Plenitud de vida, y como tal se distingue de todo lo que vive en el mundo visible. Se trata de una "Vida" que hay que entender en el sentido altísimo que la palabra tiene cuando se refiere a Dios que es espíritu, espíritu puro, de tal manera que, como enseña el Vaticano I, es inmenso e invisible. No encontramos en Él nada mensurable según los criterios del mundo creado y visible ni del tiempo que mide el fluir de la vida del hombre, porque Dios está sobre la materia, es absolutamente "inmaterial". Sin embargo, la "espiritualidad" del ser divino no se limita a cuanto podemos alcanzar según la vía negativa: es decir, sólo a la inmaterialidad. Efectivamente podemos conocer, mediante la vía afirmativa, que la espiritualidad es un atributo del Ser divino, cuando Jesús de Nazaret responde a la Samaritana diciendo: "Dios es espíritu" (Jn 4, 24).

3. El texto conciliar del Vaticano I, a que nos referimos, afirma la doctrina sobre Dios que la Iglesia profesa y anuncia, con dos aserciones fundamentales: "Dios es una única substancia espiritual, totalmente simple e inmutable"; y también: "Dios es infinito por inteligencia, voluntad y toda perfección".

La doctrina sobre la espiritualidad del Ser divino, transmitida por la Revelación, ha sido claramente formulada en este texto con la "terminología del ser". Se revela en la formulación: "Sustancia espiritual". La palabra "sustancia", en efecto, pertenece al lenguaje de la filosofía de ser. El texto conciliar intenta afirmar con esta frase que Dios, el cual por su misma Esencia se distingue de todo el mundo creado, no es sólo el Ser subsistente, sino que, en cuanto tal, es también Espíritu subsistente. El Ser divino es por propia esencia absolutamente espiritual.

4. Espiritualidad significa inteligencia y voluntad libre. Dios es Inteligencia, Voluntad y Libertad en grado infinito, así como es también toda perfección en grado infinito.

Estas verdades sobre Dios tienen muchas confirmaciones en los datos de la Revelación, que encontramos en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Por ahora nos referimos sólo a algunas citas bíblicas, que ponen de relieve la Inteligencia infinitamente perfecta del Ser divino. A la Libertad y a la Voluntad infinitamente perfectas de Dios dedicaremos las catequesis sucesivas.

Viene a la mente ante todo la magnifica exclamación de San Pablo en la Carta a los Romanos: "¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de Conocimiento el de Dios!". "¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién no conoció la mente del Señor?" (Rom 11, 33 s.).

Las palabras del Apóstol resuenan como un eco potente de la doctrina de los libros sapienciales del antiguo Testamento: "Su sabiduría (la de Dios) no tiene medida", proclama el Salmo 146/147, 5. A la sabiduría de Dios se une su grandeza: "Grande es el Señor, y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza" (Sal 144/145, 3). "Nada hay que quitar a su obra, nada que añadir, y nadie es capaz de investigar las maravillas del Señor. Cuando el hombre cree acabar, entonces comienza, y cuando se detiene, se ve perplejo" (Sir 18, 5-6). De Dios, pues, puede afirmar el Sabio: "Es mucho más grande que todas sus obras" (Sir 43, 28), y concluir" "Él lo es todo" (Sir 43, 27).

Mientras los autores "sapienciales" hablan de Dios en tercera persona: "Él", el Profeta Isaías pasa a la primera persona: "Yo". Hace decir a Dios que le inspira: "Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis pensamientos son más altos que los vuestros" (Is 55, 9).

5. En los "pensamientos" de Dios y en su "ciencia y sabiduría" se expresa la infinita perfección de su Ser: por su Inteligencia absoluta Dios supera incomparablemente todo lo que existe fuera de Él. Ninguna criatura y en particular ningún hombre puede negar esta perfección. "¡Oh hombre!. ¿Quién eres tú para pedir cuentas a Dios?. ¿Acaso dice el vaso al alfarero: ¿Por qué me has hecho así?. ¿O es que el alfarero no es dueño de la arcilla?" —pregunta San Pablo— (Rom 9, 20). Este modo de pensar y de expresarse está heredado del Antiguo Testamento: parecidas preguntas y respuestas se encuentran en Isaías (Cf. Is 29, 15; 45, 9-11) y en el Libro de Job (Cf. Job 2, 9-10; 1, 21). El libro del Deuteronomio, a su vez, proclama: "¡Dad gloria a nuestro Dios!. ¡Él es la Roca!". Sus obras son perfectas. Todos sus caminos son justísimos; es fidelísimo y no hay en el iniquidad; es justo y recto" (Dt 32, 3-4). La alabanza de la infinita perfección de Dios no es sólo confesión de la Sabiduría, sino también de su justicia y rectitud, es decir, de su perfección moral.

6. En el Sermón de la Montaña Jesucristo exhorta; "Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48). Esta llamada es una invitación a confesar: "Dios es perfecto!. Es "infinitamente perfecto" (Vaticano I, DS 3001).

La infinita perfección de Dios está constantemente presente en la enseñanza de Jesucristo. Él que dijo a la Samaritana: "Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad..." (Jn 4, 23-24), se expresó de manera muy significativa cuando respondió al joven que se dirigió a Él con las palabras: "Maestro bueno...", diciendo "¿Por qué me llamas bueno?. No hay nadie bueno más que Dios..." (Mc 10, 17-18).

7. Sólo Dios es Bueno y posee la perfección infinita de la bondad. Dios es la plenitud de todo bien. Así como Él "Es" toda la plenitud del ser, del mismo modo "Es bueno" con toda la plenitud del bien. Esta plenitud de bien corresponde a la infinita perfección de su Voluntad, lo mismo que a la infinita perfección de su entendimiento y de su Inteligencia corresponde la absoluta plenitud de la Verdad, subsistente en Él en cuanto conocida por su entendimiento como idéntica a su Conocer y Ser. Dios es espíritu infinitamente perfecto, por lo cual quienes lo han conocido se han hecho verdaderos adoradores: Lo adoran en espíritu y verdad.

Dios, este Bien infinito que es absoluta plenitud de verdad... "est diffusivum sui" (Summa Theol. I, q. 5, a. 4, ad 2). También por esto se ha revelado, a sí mismo: la Revelación es el Bien mismo que se comunica como Verdad.

Este Dios que se ha revelado a Sí mismo, desea de modo inefable e incomparable comunicarse, darse. Este es el Dios de la Alianza y de la Gracia.


Saludos

Con particular afecto saludo a los peregrinos de América Latina y de España aquí presentes.

Mi más cordial saludo también a los religiosos y a las religiosas, de modo especial a las Hermanas Mercedarías de la Caridad, a las Misioneras Franciscanas de María y a las Hermanas Misioneras de Acción Parroquial. Sé que vuestra presencia es expresión de filial adhesión al Sucesor del Apóstol Pedro. Os animo a que mantengáis siempre vivos los ideales de consagración a Dios y de servicio a la Iglesia y a los hermanos, de acuerdo con el carisma de vuestro Instituto.

A los Oficiales, Cadetes y miembros de la Tripulación del buque escuela de la Armada Argentina “Libertad” deseo manifestar ahora mi profunda complacencia por su presencia en este Encuentro.

Siguiendo una costumbre de la marina de vuestra noble Nación, habéis venido esta mañana a demostrar los sentimientos de filial devoción que, al igual que muchos de vuestros compatriotas, sentís por el Papa. Vuestro país, lleno de esperanza, ha comenzado una nueva singladura en el mar de su historia. El pueblo argentino espera de vosotros una colaboración positiva para que los ideales de libertad, reconciliación, amor y paz —dones otorgados por Dios a la persona humana—estén siempre enarbolados en el mástil más alto de la nación Argentina.

A todos los aquí presentes os exhorto con San Pablo: “Tened un mismo sentir, vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz será con vosotros” (2 Cor 13, 11). De corazón os bendigo en el nombre del Señor.



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